29 Jun 2026

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València, Desokupa y pisos turísticos: la ciudad convertida en una máquina de expulsar gente
POLÍTICA ESTATAL

València, Desokupa y pisos turísticos: la ciudad convertida en una máquina de expulsar gente 

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Una propietaria multada con 10.000 euros, unos inquilinos sin contrato desde 2024, un piso turístico ilegal en Booking y una empresa de desalojos como síntoma de una ciudad entregada al negocio inmobiliario.

EL PISO TURÍSTICO COMO ESCENA DEL CRIMEN URBANO

El caso parece una anécdota grotesca, casi una caricatura de la València especulativa. Pero no lo es. Es una radiografía. Una propietaria extranjera de un piso en Benicalap, situada en Estados Unidos. Una pareja de Letonia y Estados Unidos que ocupaba la vivienda en régimen de alquiler. Una inspección de la Policía Local. Dos trabajadores de Desokupa dentro del inmueble. Un anuncio en Booking. Una multa de 10.000 euros. Y, al fondo, la misma pregunta de siempre: quién manda realmente en la ciudad cuando la vivienda deja de ser un derecho y se convierte en caja registradora.

Según publicó elDiario.es, la Policía Local inspeccionó a finales de febrero un piso turístico en Benicalap y levantó acta por funcionar sin licencia. El inmueble figuraba en el registro autonómico desde 2018, pero carecía de título habilitante y de informe de compatibilidad urbanística. En mayo, el Ayuntamiento cerró el trámite y notificó a la propietaria una sanción de 10.000 euros por falta grave.

Hasta ahí, nada nuevo en una ciudad donde el turismo ilegal ya no entra por la ventana, entra por la puerta grande. Lo escandaloso llega después. La propietaria recurrió la sanción alegando que no controlaba la vivienda, que la pareja inquilina la realquilaba irregularmente desde el inicio, que el contrato era de solo 11 meses y que desde 2024 intentaba recuperar el piso sin éxito. Es decir, una cadena de irregularidades sobre otra cadena de irregularidades. El capitalismo inmobiliario no es un desorden: es un sistema que vive del desorden.

La escena de marzo tiene algo de esperpento. Durante la segunda semana de ese mes, una mujer con pasaporte letón llamó a la Policía Local porque no podía entrar en el domicilio donde residía. Dentro estaban la propietaria y dos hombres de la empresa “Desokupa 24 horas”, que se identificaron ante los agentes. Según explicaron, habían sido contratados porque la dueña sospechaba que los inquilinos realquilaban el piso a turistas. ¿Cómo entraron? Al parecer, alquilándolo por Booking y obteniendo el código de acceso.

No es una película mala. Es València en 2026.

Dentro del piso, los agentes encontraron pocas pertenencias personales, tres habitaciones —una de ellas instalada en el comedor—, cerraduras electrónicas individuales con código, toallas enrolladas sobre la cama y otras guardadas en un armario. No hacía falta demasiada imaginación para entender qué tipo de uso se estaba dando a la vivienda. Aquello no parecía un hogar. Parecía una pequeña fábrica de rentas.

Y esa es la palabra que incomoda: fábrica. Porque la vivienda turística ilegal no surge de la nada. Surge de una ciudad empujada a convertirse en escaparate, de barrios tratados como mercancía, de vecinas y vecinos convertidos en figurantes de un decorado para visitantes, fondos, plataformas y propietarios ausentes. Benicalap no es una excepción pintoresca. Es otra pieza del tablero.

València tiene ya 25 barrios saturados de apartamentos turísticos, mientras la normativa todavía permite 32.423 plazas más en el resto de la ciudad. No es un accidente administrativo. Es una puerta abierta. Una alfombra roja. Un modelo.

DESOKUPA, MULTAS QUE VUELAN Y UNA CIUDAD QUE SE VACÍA

Cuatro días después de la intervención, el representante legal de la propietaria pidió al Ayuntamiento las actas policiales y toda la documentación relacionada con la vivienda para recurrir la multa. La dueña sostenía que la pareja permanecía en el piso sin consentimiento, que hacía un uso indebido del inmueble y que la recuperación se produjo “con intervención de la Policía Local y de una empresa de recuperación de inmuebles ocupados”. También afirmó que las vecinas y vecinos hablaban de otras denuncias por turistas estafados.

El Ayuntamiento estudió la documentación y actuó con una velocidad llamativa. Casi milagrosa. El 1 de junio, retiró la sanción a la propietaria al entender que no estaba en posesión de la vivienda y abrió la puerta a sancionar a la inquilina. La Policía Nacional, mientras tanto, analiza las diligencias.

Aquí está el retrato completo. Una ciudad donde un piso puede estar registrado desde 2018, funcionar sin los permisos necesarios, acabar ofertado en Booking, acumular habitaciones con cerraduras electrónicas y terminar con Desokupa dentro del inmueble. Luego la multa cambia de dirección. La responsabilidad se desplaza. La maquinaria sigue.

Conviene no perderse en el sainete. El problema no es solo quién realquiló, quién llamó a quién o quién introdujo el código en la cerradura. El problema es que la vivienda se ha convertido en un campo de batalla entre rentistas, plataformas, fondos y empresas de desalojo, mientras las y los trabajadores miran los alquileres como quien mira una condena. La ciudad ya no expulsa con tanques; expulsa con anuncios, cerraduras digitales y contratos temporales.

Desokupa aparece aquí como síntoma de época. No como solución. Su presencia en conflictos de vivienda revela hasta qué punto se ha normalizado la privatización de la presión, el espectáculo del desalojo, la idea de que donde debería haber juzgados, garantías y mediación pública puede entrar una empresa con estética de fuerza de choque. Después se le pone un nombre amable: “recuperación de inmuebles”. Qué manera tan elegante de vestir una brutalidad social.

Y mientras tanto, los grandes movimientos siguen su curso. El mismo marco urbano que permite estos casos también convive con fondos que desalojan edificios y hasta una escuela infantil en València para convertirlos en hotel. La ciudad no se está transformando sola. La están transformando. Con permisos, vacíos legales, operaciones privadas, silencios públicos y una idea obscena: que todo metro cuadrado debe rendir, aunque para rendir tenga que expulsar.

Las administraciones suelen llegar tarde. Inspeccionan cuando el daño ya está hecho. Multan cuando la vivienda ya ha dejado de ser vivienda. Recurren cuando el conflicto ya estalla. Y luego se sorprenden de que el mercado haga lo que el mercado siempre hace cuando se le deja gobernar: devorar. Primero devora el centro. Luego los barrios. Después la paciencia de las vecinas y vecinos. Al final, devora hasta el lenguaje. Ya no hay especulación, hay “inversión”. Ya no hay expulsión, hay “dinamización”. Ya no hay turistificación, hay “oportunidad”.

La pregunta no es si este caso es raro. La pregunta es cuántos casos parecidos no llegan a una noticia, no terminan en acta policial, no dejan rastro más allá de una finca con maletas entrando y saliendo. Porque detrás de cada piso convertido en negocio hay alguien que no puede vivir en su barrio. Detrás de cada cerradura electrónica hay una puerta menos para quien necesita casa. Detrás de cada multa retirada o redirigida hay un sistema entero intentando que nadie mire al centro del problema.

València no tiene una crisis de vivienda: tiene una ofensiva inmobiliaria organizada contra quienes viven de su trabajo.

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