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El Gobierno español quiere extender a toda la UE el veto contra Itamar Ben Gvir tras el vídeo humillando a activistas detenidos en la flotilla rumbo a Gaza. El problema es que, mientras Europa sigue hablando de “preocupación” y “condenas”, Israel lleva meses actuando como un Estado que sabe perfectamente que nadie piensa detenerlo de verdad.
Pedro Sánchez ha anunciado este 20 de mayo que llevará a Bruselas una propuesta para imponer sanciones europeas contra el ministro de Seguridad Nacional israelí, Itamar Ben Gvir. Lo hace después de difundirse un vídeo que resume bastante bien el momento político y moral que atraviesa Occidente: activistas internacionales esposados, arrodillados, retenidos tras la interceptación de una flotilla humanitaria en aguas internacionales… y un ministro ultraderechista paseándose entre ellos agitando una bandera israelí como si estuviera celebrando una victoria militar.
No era una escena improvisada. Era propaganda. Humillación convertida en espectáculo.
Ben Gvir acompañó el vídeo con un mensaje todavía más explícito: “Así es como recibimos a los que apoyan el terrorismo. Bienvenidos a Israel”. En las imágenes se ve cómo agentes sujetan por la cabeza y fuerzan a arrodillarse a una activista esposada después de gritar “Palestina libre”. No hablamos de combatientes armados. No hablamos de milicianos. Hablamos de civiles. Activistas internacionales. Gente que intentaba llegar a Gaza mientras la Franja sigue sometida al hambre, al asedio y a la destrucción sistemática.
Y aun así, la reacción europea vuelve a moverse en el terreno cómodo de las declaraciones solemnes. De los comunicados. De las sanciones individuales. Siempre individuales. Como si el problema fuera únicamente Ben Gvir y no el proyecto político y militar del que forma parte.
Porque a estas alturas ya resulta difícil fingir que Itamar Ben Gvir es una anomalía dentro del Gobierno israelí. No lo es. Es una consecuencia lógica de años de impunidad absoluta. De décadas enteras permitiendo colonización ilegal, castigos colectivos, apartheid denunciado por organizaciones internacionales y bombardeos sobre población civil mientras Europa seguía firmando acuerdos comerciales y comprando tecnología militar israelí.
Las imágenes del ministro israelí Ben Gvir humillando a los miembros de la flotilla internacional en apoyo a Gaza son inaceptables.
— Pedro Sánchez (@sanchezcastejon) May 20, 2026
No vamos a tolerar que nadie maltrate a nuestros ciudadanos. En septiembre anuncié la prohibición de acceso al territorio nacional de este miembro…
EUROPA SIGUE ACTUANDO COMO SI TODO FUERA UNA EXCEPCIÓN
José Manuel Albares calificó las imágenes de “monstruosas” e “indignas” y convocó a la encargada de negocios israelí, Dana Erlich, para exigir disculpas formales. Sánchez recordó que España ya prohibió en septiembre la entrada de Ben Gvir en territorio español y ahora quiere elevar ese veto al conjunto de la Unión Europea.
Bien. Correcto. Pero muy insuficiente.
Porque el problema no es solo que Ben Gvir entre o no entre en Europa. El problema es que Israel sigue teniendo relaciones preferentes con la Unión Europea mientras incumple de forma sistemática el derecho internacional. Sigue comprando y vendiendo armamento. Sigue participando en programas europeos. Sigue comerciando con normalidad. Sigue actuando con la tranquilidad de quien sabe que, pase lo que pase, las consecuencias reales nunca llegan.
Ahí está el verdadero escándalo.
Europa sancionó a Rusia en cuestión de días. Congeló activos, expulsó bancos del sistema SWIFT, cerró espacios aéreos, impulsó embargos energéticos y convirtió las sanciones en un instrumento político inmediato. Con Israel, en cambio, todo son matices diplomáticos, cautela y equilibrios imposibles. Incluso cuando ministros israelíes llaman abiertamente a destruir Gaza o celebran públicamente la humillación de civiles detenidos.
Y esa diferencia ya empieza a ser obscena.
No porque el caso ruso no mereciera sanciones. Las merecía. Sino porque la doble vara de medir ha terminado por destruir cualquier credibilidad moral europea en materia de derechos humanos. El mensaje que recibe el resto del mundo es devastador: el derecho internacional depende de quién sea el aliado.
SI EL GOBIERNO QUIERE SER CREÍBLE, TENDRÁ QUE IR MUCHO MÁS LEJOS
La pregunta ya no es si Ben Gvir merece sanciones. La pregunta es por qué la UE mantiene relaciones privilegiadas con un Gobierno donde figuras como Ben Gvir no solo tienen poder, sino capacidad para marcar la agenda política y militar.
Porque las imágenes de Ashdod no aparecen de la nada. Son la consecuencia de una dinámica que lleva meses radicalizándose ante la pasividad internacional. Bloqueos a la ayuda humanitaria. Ataques contra hospitales. Bombardeos sobre campos de refugiados. Periodistas asesinados. Cooperantes muertos. Hambre usada como arma de guerra. Y ahora también activistas internacionales detenidos y exhibidos públicamente como trofeos políticos.
Todo esto ocurre mientras Europa sigue negociando como si estuviera ante un socio democrático normalizado.
Si el Gobierno español realmente quiere abrir una nueva etapa, tendrá que empezar a plantear cosas mucho más incómodas dentro de la UE: suspensión del acuerdo de asociación con Israel, embargo integral de armas, bloqueo comercial a empresas vinculadas con los asentamientos ilegales y sanciones económicas reales. No simbólicas. Reales.
Porque llega un momento en que las palabras dejan de servir.
Y quizá ese momento pasó hace ya bastante tiempo.
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