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La izquierda tiene muchos defectos. Pero la derecha ultra sigue empeñada en convertir las redes sociales en un lodazal donde hasta una mujer con cáncer recibe burlas por taparse la cabeza.
La campaña andaluza ha vuelto a dejar una escena bastante miserable. No por lo que hizo Teresa Rodríguez, sino por la reacción de quienes convierten cualquier fotografía en una excusa para insultar, humillar o vomitar odio ideológico. La coportavoz de Teresa Rodríguez publicó este domingo 17 de mayo una imagen ejerciendo su derecho al voto junto a su hija. Aparecía con la cabeza cubierta por una kufiya palestina. Bastó eso. Una tela. Un símbolo. Una mujer votando.
Y llegó la jauría habitual.
“Ahora ya con el burka puesto”, escribió un usuario en X. Otro preguntó “¿de qué vas disfrazada?”. Ese nivel político. Ese nivel humano. La obsesión enfermiza de cierta ultraderecha con el cuerpo de las mujeres, con cómo visten, con qué símbolos usan y con cualquier gesto que huela a solidaridad internacionalista. Porque la kufiya no era solo una prenda para ellos. Era Palestina. Y eso les irrita especialmente.
Llevo una kufiya que le he cogido prestada al pueblo palestino para no quemarme la cabeza porque después de la quimio me he quedado sin pelo, querido señor indocumentado. Besis pic.twitter.com/fVpJoKEr5q
— Teresa Rodríguez 🇵🇸 ۞ (@TeresaRodr_) May 17, 2026
Rodríguez respondió sin dramatismo y con una contundencia que dejó al tuitero retratado: “Llevo una kufiya que le he cogido prestada al pueblo palestino para no quemarme la cabeza porque después de la quimio me he quedado sin pelo, querido señor indocumentado. Besis”.
No hizo falta mucho más.

EL ODIO COMO FORMA DE HACER POLÍTICA
Lo verdaderamente obsceno no es solo el comentario inicial. Es la naturalidad con la que parte de la conversación pública española ha asumido que insultar a mujeres políticas, burlarse de enfermedades o atacar cualquier gesto de empatía hacia Palestina forma parte del paisaje normal. Como si fuese simple “debate duro”. Como si la deshumanización constante no tuviera consecuencias.
Porque el usuario no frenó ahí. Tras la respuesta de Rodríguez, volvió con otro mensaje cargado de racismo, machismo y propaganda colonial: “Mucho pueblo palestino pero de Andalucía siempre nos situamos en la traición. Le hacéis la campaña al PSOE. Andalucía os importa una soberana mierda. Pd. En Palestina, la mujer, a lo único que puede aspirar, es a limpiar palominos de su marido”.
La frase parece sacada de un foro ultra de 2012. Pero no. Es la conversación política cotidiana en España en 2026. Una mezcla de islamofobia barata, odio ideológico y ese paternalismo occidental que instrumentaliza los derechos de las mujeres únicamente cuando sirve para atacar a pueblos árabes o musulmanes. Nunca cuando hay que denunciar las violencias propias. Nunca cuando las víctimas están en Gaza bajo las bombas israelíes. Ahí desaparece de repente el supuesto feminismo civilizatorio.
Y mientras tanto, una mujer explicando públicamente que está pasando un cáncer. Porque sí, fue así como muchas personas se enteraron de que Teresa Rodríguez está recibiendo tratamiento de quimioterapia. No mediante un comunicado. No mediante una entrevista lacrimógena cuidadosamente preparada. Lo contó respondiendo a un insulto.
Eso también dice bastante de la época.
CUANDO LA POLÍTICA SE CONVIERTE EN ACOSO ORGANIZADO
Hay algo especialmente sucio en cómo determinados sectores intentan deshumanizar a figuras de izquierdas. No basta con criticar propuestas políticas. Necesitan ridiculizar cuerpos, enfermedades, aspecto físico o vida personal. Lo hemos visto durante años con ministras, periodistas, activistas y diputadas. Una maquinaria constante. Agotadora. Muy rentable para quienes viven de fabricar indignación.
Porque detrás de muchos de estos perfiles no hay simplemente “usuarios enfadados”. Hay un ecosistema entero alimentado por tertulias, pseudomedios ultras y dirigentes políticos que llevan años legitimando el insulto como herramienta política. Luego se sorprenden cuando las redes parecen un vertedero.
La imagen de Teresa Rodríguez votando con una kufiya era, en realidad, bastante sencilla. Una mujer intentando protegerse la cabeza del sol después de perder el pelo por la quimioterapia. Punto. Pero incluso eso acaba convertido en un campo de batalla ideológico porque hay gente incapaz de ver humanidad cuando delante tiene a alguien de izquierdas.
Quizá por eso impactó tanto la respuesta. Porque durante unos segundos rompió el personaje que algunos intentan construir sobre las figuras políticas. Recordó algo básico: detrás de las cuentas de X hay personas. Personas que enferman. Personas con hijos e hijas. Personas cansadas de tener que soportar una brutalidad constante disfrazada de libertad de expresión.
Rodríguez, que fue candidata a la Junta de Andalucía en las primarias de 2022 y consiguió dos escaños con Adelante Andalucía, recibió también mensajes de apoyo. Uno de los más comentados fue el de Borja Sémper, que superó un cáncer de páncreas y escribió: “Solo me sale afecto y mis mejores deseos para Teresa Rodríguez y su familia”.
Un gesto humano. Simple. Normal. Y precisamente por eso casi parece excepcional en un clima político convertido demasiadas veces en una competición para ver quién humilla más rápido y más fuerte.
Mientras tanto, en las redes seguirá habiendo quien se burle de una kufiya sin entender nada. Ni de Palestina. Ni del cáncer. Ni de la decencia mínima que debería exigirse a una sociedad que presume de democrática.
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