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La OMS declara la emergencia internacional por un brote con 246 casos sospechosos, 80 muertes y una cepa sin vacuna aprobada, mientras la desigualdad sanitaria vuelve a dictar quién vive con protocolos y quién muere esperando ayuda.
CUANDO LA SALUD GLOBAL LLEGA TARDE
La Organización Mundial de la Salud ha declarado la emergencia de salud pública internacional por el brote de ébola causado por el virus Bundibugyo en la República Democrática del Congo y Uganda. No es una fórmula burocrática. Es una alarma. Y llega cuando la provincia de Ituri ya acumula 246 casos sospechosos y 80 muertes hasta el 16 de mayo, según los datos recogidos en el texto base y confirmados por la OMS. La propia organización habla de un “evento extraordinario” por el riesgo de propagación internacional, la incertidumbre sobre el alcance real del brote y la necesidad de una respuesta coordinada.
La palabra clave aquí no es solo ébola. Es abandono. Porque cuando un virus aparece en un territorio atravesado por la pobreza, la guerra, la movilidad forzada y la fragilidad sanitaria, el problema no empieza con el primer positivo. Empieza mucho antes. Empieza cuando los sistemas públicos de salud son tratados como gasto prescindible. Empieza cuando las grandes potencias miran a África como cantera, mercado o tablero geopolítico, pero no como lugar donde viven millones de personas con derecho a hospitales, laboratorios, profesionales protegidos y tratamientos.
La OMS fue alertada el 5 de mayo por un brote de alta mortalidad en la zona sanitaria de Mongbwalu, en Ituri. El 14 de mayo, el Instituto Nacional de Investigación Biomédica de Kinshasa analizó 13 muestras de sangre procedentes de Rwampara. El 15 de mayo, 8 dieron positivo por enfermedad causada por el virus Bundibugyo, una especie de ébola. Ese mismo día, las autoridades congoleñas declararon oficialmente el 17º brote de enfermedad por ébola en el país desde 1976. La cifra debería avergonzar a quienes han convertido la salud global en un sistema de parches, ruedas de prensa y solidaridad con cuentagotas.
Hay un dato especialmente duro: se han notificado muertes de trabajadoras y trabajadores sanitarios en un cuadro compatible con fiebre hemorrágica viral. Es decir, quienes cuidan también caen. Quienes deberían estar protegidos acaban pagando la factura de la falta de equipos, de la inseguridad, de los centros informales y de esa precariedad estructural que nunca aparece en los discursos elegantes sobre cooperación internacional. La salud global no falla por falta de comunicados, falla por falta de justicia material.
La mayoría de los casos sospechosos tienen entre 20 y 39 años, y las mujeres representan más del 60%. Ese dato no es menor. Habla de transmisión en los hogares, de cuidados, de exposición cotidiana y de una realidad que se repite: cuando todo se rompe, son las mujeres quienes suelen sostener la vida con el cuerpo. Las cuidadoras, las enfermeras y enfermeros, las madres, las vecinas. Después llegan los informes y llaman a eso “riesgo asociado a la transmisión doméstica”. Sí. Pero detrás hay trabajo invisible, desigualdad y una carga que el sistema reparte siempre hacia abajo.
UNA CEPA SIN VACUNA Y UN MUNDO CON PRIORIDADES PODRIDAS
La cepa Bundibugyo es especialmente preocupante porque, a diferencia de la cepa Zaire, no cuenta con vacunas ni tratamientos específicos aprobados. La OMS recuerda que los brotes anteriores de esta cepa tuvieron tasas de letalidad de entre el 30% y el 50%, y Médicos Sin Fronteras sitúa la letalidad estimada entre el 25% y el 40%. El texto base recoge una tasa general de mortalidad del ébola de entre el 60% y el 80%, atribuida a la OMS. En cualquier caso, el mensaje es brutal: no estamos ante una gripe con mala prensa. Estamos ante una enfermedad grave, de transmisión por fluidos corporales, que puede devastar comunidades enteras si la respuesta llega tarde.
La OMS ha pedido reforzar vigilancia, laboratorios, prevención de infecciones, aislamiento y tratamiento de pacientes. También desaconseja cerrar fronteras o imponer restricciones generales a viajes y comercio, porque pueden ser contraproducentes. Lo sensato no es levantar muros para tranquilizar conciencias europeas. Lo sensato es financiar sistemas sanitarios, formar personal, garantizar equipos, rastrear contactos, asegurar funerales seguros y responder con rapidez. Pero eso exige una palabra que incomoda mucho: dinero. Y otra que incomoda más: redistribución.
La información debe manejarse con rigor. El texto base recogía un caso adicional confirmado en Kinshasa, pero la OMS actualizó después ese punto y señaló que la prueba confirmatoria del caso reportado el 16 de mayo dio negativo para Bundibugyo, por lo que no se considera confirmado. En Uganda sí se notificaron 2 casos confirmados en Kampala los días 15 y 16 de mayo, entre personas que viajaban desde la República Democrática del Congo, y uno de ellos falleció. No es un matiz menor. En una emergencia sanitaria, la precisión salva. La propaganda, el alarmismo y la improvisación matan.
¿Y España? El Ministerio de Sanidad considera que el riesgo de transmisión en la población española es “muy bajo”, pero desaconseja viajar a las zonas afectadas. También pide a quienes regresen que vigilen su estado durante 21 días. Si aparecen fiebre brusca, debilidad intensa, dolor de cabeza, dolor muscular o de garganta, vómitos, diarrea, erupciones o hemorragias, la instrucción es clara: aislarse inmediatamente, informar al 112 y no acudir a urgencias ni a centros sanitarios sin aviso previo. Esto no es pánico. Es protocolo.
Conviene decirlo sin rodeos: cuando una epidemia golpea Europa, se habla de seguridad nacional. Cuando golpea África, demasiadas veces se habla de “riesgo de importación”. Esa mirada es obscena. La vida de una persona en Ituri no vale menos que la vida de una persona en Madrid, Bruselas o París. Lo que cambia no es el valor de la vida. Cambia el valor que el capitalismo asigna a cada territorio según su utilidad económica.
La emergencia del ébola en la República Democrática del Congo y Uganda no pide caridad. Pide responsabilidad política. Pide cooperación real. Pide sistemas públicos fuertes. Pide que las vacunas, los tratamientos y los laboratorios no dependan de si un mercado resulta rentable. Porque un mundo que deja a los pueblos pobres enfrentar solos las epidemias no está desprevenido: está organizado para abandonarles.
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