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La desintegración del Gobierno no ha debilitado a Wilders, que lidera las encuestas mientras el discurso xenófobo se normaliza en medios y partidos tradicionales
DE LAS PATRULLAS CIUDADANAS AL TERRORISMO ANTIFASCISTA
En un país con más de 840 pasos fronterizos, donde el mito del control se estrella contra la geografía y la historia, la ultraderecha ha decidido tomarse la justicia por su mano. Hombres con chalecos amarillos patrullan las carreteras de Países Bajos en busca de migrantes, alentados por el propio Geert Wilders, que celebra sus acciones como “fantásticas iniciativas ciudadanas”. Lo que antes sería considerado un acto de coacción hoy se vende como patriotismo.
Desde la caída del Gobierno en junio de 2025, provocada por la retirada del propio Wilders de la coalición que él mismo impulsó, el país vive un clima de tensión alimentado desde la tribuna parlamentaria y los platós de televisión. Ataques a sedes de partidos progresistas, periodistas agredidos, disturbios en La Haya y la irrupción de neonazis en actos políticos han dejado claro que la violencia ya no es un síntoma, sino un método.
Aun así, el fracaso del primer Gobierno ultraderechista no ha castigado al líder del PVV. Las encuestas lo sitúan como favorito, y su bloque ideológico –un revoltijo que va desde granjeros reaccionarios hasta fundamentalistas religiosos que excluyen a mujeres de sus listas– podría alcanzar el 40 % de los votos. La promesa del odio funciona mejor que la gestión.
La ultraderecha neerlandesa ha aprendido bien la lección del trumpismo: culpar a los más vulnerables de los efectos de un sistema que los excluye. Su narrativa es simple, efectiva y falsa. La “islamización”, la “invasión migrante” y las “fronteras abiertas” son fantasmas fabricados para tapar las verdaderas causas de la crisis social: especulación inmobiliaria, salarios estancados y recortes públicos.
Y mientras las y los racistas se sienten legitimados para hostigar a quien consideren “extraño”, el Parlamento ha declarado “terrorista” al movimiento antifascista. No hay organización, ni estructura, ni pruebas. Solo un mensaje: quienes se oponen al odio serán perseguidos.
LA CRISIS DE VIVIENDA COMO ARMA POLÍTICA
La escena en Venlo, ciudad fronteriza con Alemania, resume el nuevo rostro de Europa. Un DJ anima una protesta antimigración con ritmos veraniegos mientras cientos de personas, alentadas por políticos ultras, gritan contra el plan de acoger a 600 personas refugiadas en un convento abandonado. No hay soluciones. Solo culpables.
La ultraderecha culpa de la crisis de vivienda a quienes más la sufren. Mientras los alquileres suben, las rentas caen y las grandes empresas inmobiliarias multiplican beneficios, Wilders y sus aliados señalan a las familias refugiadas como responsables de un problema estructural. El discurso cala especialmente en regiones empobrecidas, lejos del centro económico del país, donde el abandono político ha dejado un vacío que el odio sabe ocupar.
La cineasta Lidija Zelovic, refugiada bosnia afincada en Ámsterdam, lo explica con claridad: “El sistema y los líderes oportunistas convierten a gente buena en gente malvada”. Su documental Home Game traza un paralelismo entre la fragmentación étnica de la antigua Yugoslavia y la deriva actual de Países Bajos. Cuando se repite que alguien es diferente, acaba creyéndolo. Y cuando se normaliza la discriminación, lo siguiente es la exclusión.
Mientras tanto, la izquierda parece incapaz de contrarrestar este relato. Zelovic lanza una advertencia que debería resonar más allá de Ámsterdam: “La izquierda fracasa al no escuchar qué lleva a tanta gente a entregarse al extremismo. No vale con analizar, hay que escuchar”.
Las elecciones del 29 de octubre se presentan como un plebiscito sobre el futuro de un país que fue símbolo de tolerancia y hoy se asoma al abismo del autoritarismo. El centrista Henri Bontenbal (CDA) podría intentar formar Gobierno, pero necesitará apoyos de fuerzas como JA21, que defiende la “remigración” –eufemismo para deportar a quienes no logren integrarse–.
Europa asiste, una vez más, a su propio espejo. El miedo ha reemplazado al contrato social. La mentira se ha vuelto programa político. Y en las urnas de Países Bajos se decidirá si el fascismo vuelve a gobernar con traje y urnas, o si alguien todavía se atreve a decir basta.
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