La camioneta que iba a conquistar el futuro se acumula en aparcamientos. Ahora Musk se las compra a sí mismo para maquillar cifras.
DE LA UTOPÍA TECNOLÓGICA AL DESASTRE INDUSTRIAL
El Cybertruck nació como el juguete favorito de un multimillonario con complejo de dios. Elon Musk lo presentó en 2019 prometiendo que sería “el vehículo del futuro”: indestructible, ecológico y “capaz de flotar brevemente como un barco”. Lo que nadie imaginó es que terminaría siendo el Titanic eléctrico de Tesla.
Hecho del mismo acero inoxidable que las naves de SpaceX y diseñado con líneas rectas imposibles de moldear, el vehículo debía simbolizar la revolución del transporte. Pero se convirtió en una pesadilla de producción, un catálogo de defectos, retrasos y promesas incumplidas. En cinco años, ha pasado de ser la estrella del catálogo a una vergüenza logística con ruedas.
Tesla planeaba vender 250.000 unidades en 2025. Después rebajó la cifra a 120.000. La realidad es que hasta septiembre solo ha vendido 16.097, según Cox Automotive. Es un 39% menos que el año anterior. Ni siquiera la prórroga de ayudas públicas a los vehículos eléctricos —que impulsó un 40% las ventas del resto de modelos en EE.UU.— logró salvar al Cybertruck, que se estrelló en el mercado como un cohete sin combustible.
La empresa ha tenido que llamar al taller ocho veces a los compradores por fallos de fábrica. Ni es antibalas ni flota. Y para colmo, está prohibido en la Unión Europea: su carrocería de acero afilado incumple las normas de seguridad y aumenta el riesgo de lesiones graves en peatones. En Alemania, incluso el Ejército estadounidense tuvo que renunciar a importar el vehículo para sus soldados, porque —según el Ministerio de Transporte alemán— “se desvía significativamente de los requisitos legales”.
Lo que debía ser un símbolo de poder tecnológico es hoy un monumento a la soberbia empresarial. Tesla, otrora emblema de la innovación verde, ha terminado convertida en una fábrica de chatarra de lujo con aspiraciones fascistoides.
EL COCHE DEL TRUMPISMO Y LA FUGA DE TESLA HACIA SÍ MISMA
Ante la falta de compradores, Musk ha recurrido a su truco favorito: comprarse a sí mismo. Miles de Cybertruck se acumulan en aparcamientos de Texas y en parkings de supermercados cercanos a concesionarios. Imágenes por satélite confirman que el modelo estrella se está pudriendo al sol. Para disimular, SpaceX y xAI, las otras empresas del magnate, han comenzado a adquirirlos.
El ingeniero jefe de Tesla, Wes Morill, intentó venderlo como un sueño cumplido: “Me encanta ver que las flotas de SpaceX están siendo reemplazadas por Cybertruck. Esto siempre fue parte del sueño”. Lo que no dijo es que se trata de un intento desesperado de vaciar almacenes.
Tesla y SpaceX no han respondido a las preguntas de los medios. La única respuesta llegó de xAI: “Los medios tradicionales mienten”, escribió por correo electrónico. Un mensaje que refleja el mismo desprecio por la prensa y la rendición de cuentas que su fundador practica a diario.
El episodio resume la nueva deriva de Musk: un tecnócrata paranoico que usa su imperio para sostener su propio relato. Cuando las cifras se hunden (los beneficios de Tesla cayeron un 40% en 2025), la solución no es reconocer errores, sino crear una realidad paralela.
En marzo, Musk llevó su camioneta blindada hasta la Casa Blanca para posar junto a Donald Trump, en una imagen que selló simbólicamente el matrimonio entre la tecnolatría y el autoritarismo. El Cybertruck, aparcado frente al Despacho Oval, fue presentado como “el coche de los patriotas”. Así, Tesla enterró definitivamente su vieja imagen progresista para convertirse en el coche oficial del trumpismo.
Lo que iba a ser una revolución eléctrica terminó siendo un culto personal.
El futuro que Musk prometió no llegó. Solo su sombra, hecha de acero afilado, deuda y arrogancia.
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