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“—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.” (Don Quijote, capítulo III).
Por Luis Aneiros
Desde el fin de la dictadura hasta nuestros días, los españoles convivimos con fantasías democráticas, avances sociales de gomaespuma, modernización envuelta en papel de periódico y un bienestar enmarcado en las pulgadas de los televisores de cada uno. Y, en el fondo, ¿qué más se podía esperar? Nunca hubo una preocupación real por mostrarnos en qué debería de consistir vivir en democracia, asumir el protagonismo de nuestra historia y trabajar de verdad en el desarrollo de los avances que se suponía que nos iba a traer la nueva etapa que estaba por llegar. Doy por supuesto que quien me haga el honor de leer esto está al tanto de los intereses que movían a los políticos de la época, del papel de la UCD, del rey Juan Carlos y del PSOE de Felipe González, así que me ahorraré una innecesaria explicación. Pero lo que es un hecho es que en esos primeros 18 años en España no se movió un solo dedo para cambiar nuestro fondo, nuestras ambiciones. González dejó el gobierno sin haber convertido las instituciones franquistas en instituciones democráticas. Las estructuras eran las mismas, las autoridades judiciales y policiales habrían cambiado como mucho algunos nombres, pero no el espíritu, en los colegios no se enseñaba (ni lo hacen a día de hoy) qué fue y qué representó la dictadura. Y desde esa base corrompida se fueron añadiendo generaciones y generaciones de desinformados, de manipulados y, por consiguiente, de desinteresados.
Cada español tiene el derecho de votar a quién le parezca mejor, sin duda alguna. Y sus motivaciones son personales e íntimas. Pero sería deseable tener la seguridad de que cada voto es fruto de la reflexión, de la búsqueda de lo mejor para todos.
Nada cambió en ese sentido durante las sucesivas legislaturas de Aznar o Zapatero. Importantes cambios en lo económico con la entrada de España en la UE (entonces Comunidad Económica Europea) y en lo social con los avances feministas o de derechos LGTBI, no iban acompañados de una evolución de nuestra cultura democrática. Qué son y para qué sirven el Congreso de los diputados, el Senado, el Tribunal Constitucional, el Defensor del pueblo… En qué consiste la separación de poderes, a dónde acudir cuando consideramos que nuestros derechos no han sido respetados, ni hasta donde llegan las atribuciones de un representante de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado. Reconozcámoslo, desconocemos por completo esos y otros aspectos fundamentales para vivir en una democracia. Han hecho todo lo que estaba en sus manos para que nos convirtiéramos en analfabetos políticos, pero han puesto todo su empeño, eso sí, en que calaran en nuestras cabezas las ideas de que “no nos interesa la política, todos estos son iguales, lo mejor es no meterse en esos líos y los extremos se tocan”. Y con esa escasa cultura política llegamos a estos últimos años, en los que la siempre presente, pero bien escondida, sombra del fascismo vuelve a asomar sin ningún pudor, y con la complicidad de partidos, medios de comunicación y algunos sectores de los que deberían de ser los garantes del cumplimiento de la ley. Y se presentan a elecciones y logran una representación importante, decisoria en los distintos gobiernos autonómicos formados en los últimos meses, y posiblemente en el próximo gobierno central. No me cabe la más mínima duda de que este resurgimiento y ascenso de la ultraderecha es consecuencia directa de la dejadez de nuestros gobiernos. De todos, sin excepción. Alguno por miedo, alguno por despreocupación, y algunos otros porque simplemente eran quienes incubaban este fenómeno y lo creían controlado para su único beneficio.
Pero, ¿dónde queda nuestra responsabilidad? ¿Qué parte de todo esto es culpa de una ciudadanía que no logra entender que todo es política, que cada aspecto de nuestras vidas es consecuencia directa de una decisión política, que votar nunca debe de ser un ejercicio de venganza, de rencor o de desesperación, sino de apoyo a unas ideas, unos objetivos? Cuando uno escucha a la gente opinar sobre estos temas, las sensaciones son muy preocupantes. Se repiten eslóganes vacíos, argumentos repetidos para diluir las ideologías, actitudes de violencia verbal y descalificaciones que se convierten en la canción del verano. Y con esas convicciones se deciden gobiernos.
¿Qué excusa tiene un asalariado padre de familia, con un sueldo de 1.200€ al mes, trabajando 40 horas semanales, o más, para depositar su confianza en fuerzas políticas que lo desprecian y que cortarán toda posibilidad de mejora en su vida? ¿La corrupción, en serio?
Y con unas contradicciones de difícil explicación.
España ha llegado a un 82% de índice de aceptación de la diversidad sexual en 2021. Fue el tercer país del mundo en legalizar el matrimonio igualitario, con una aceptación en 2005 del 67% de la población, y un claro aumento de esa aceptación desde ese año hasta ahora. El nivel de vacunación de nuestros hijos es de los más altos del planeta, un 95%. El 84% está de acuerdo con la idea de que es bueno que una sociedad esté formada por gente de diferentes razas, religiones y culturas. La sanidad pública, así como la educación, son consideradas por los españoles como un pilar básico de nuestro bienestar. El cambio climático preocupa a 8 de cada 10 españoles. Y podríamos continuar relatando cómo para la ciudadanía temas como las políticas de dependencia o los bajos salarios son de suma importancia. ¿Cómo se explica entonces que un 50% de votantes muestre su preferencia por partidos que, de una manera abierta y sin disimulo alguno, manifiestan su postura contraria a mantener o, en su caso, mejorar todos estos aspectos? Sus programas son públicos, sus declaraciones también, y en medios de comunicación de máxima audiencia. Su animadversión hacia todo aquello que suene a avance social, a igualdad de oportunidades y de derechos en los colectivos que no respondan a su idea de lo que es un “español de bien”, su incomodidad con la cultura o la ciencia, y su apoyo a personajes portadores de mensajes peligrosos y con actitudes fascistas, no están escondidos. No es necesaria una investigación exhaustiva para descubrir sus intenciones elitistas, clasistas, machistas y de desprecio por el medio ambiente. Encendemos un televisor y los tenemos ahí, de frente, presumiendo de su ignorancia y de su odio, con la revancha y el llamamiento al desorden como únicos argumentos. ¿Qué excusa tiene un asalariado padre de familia, con un sueldo de 1.200€ al mes, trabajando 40 horas semanales, o más, para depositar su confianza en fuerzas políticas que lo desprecian y que cortarán toda posibilidad de mejora en su vida? ¿La corrupción, en serio?
Cada español tiene el derecho de votar a quién le parezca mejor, sin duda alguna. Y sus motivaciones son personales e íntimas. Pero sería deseable tener la seguridad de que cada voto es fruto de la reflexión, de la búsqueda de lo mejor para todos. Y es totalmente comprensible el voto egoísta, el de quien busca mejorar su situación personal, aunque no se corresponda con el bien general. Pero lo que no es sencillo de entender es el voto perjudicial, incluso para el propio individuo que lo realiza. Reclamar una asistencia sanitaria de calidad mientras se coloca en el gobierno a quien lleva años desmantelando lo público, es irresponsable. Reclamar una actuación eficiente ante una catástrofe natural, mientras se vota a quien niega el cambio climático y sus consecuencias, es indudablemente un error. Ser mujer y votar a quien dice que tiene miedo a meterse contigo en un ascensor, es inexplicable.
Nadie puede decir a quién se debe votar. Pero los que realmente madrugamos cada mañana deberíamos de saber a quién no. Sancho Panza tenía razón. No son gigantes, son molinos. Y no podremos vencerlos si no sabemos contra quien estamos luchando.
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