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Miguel Lago, el humorista que confunde el sarcasmo con la insensibilidad. En su último monólogo viral, decide hacer mofa del incidente que vivió Óscar Puente en el AVE. Pero, ¿dónde está el límite entre el humor y la falta de empatía? «Vamos a hablar de ese ‘pequeño’ percance en el AVE con Óscar Puente», comienza Lago. Para él, trivializar el acoso es simplemente otro día en la oficina. Pero, ¿es esto lo que queremos? ¿Un humor donde se ridiculice el acoso y se lo reduzca a una simple anécdota para unos cuantos retuits y likes?
Lago, conocido por sus apariciones en programas como El Hormiguero o Y ahora Sonsoles, y famoso por su personaje recurrente facha, ultracapitalista y faltón, parece que ha sido devorado por su ficción. Recordemos que este es el mismo humorista que se burló de Pilar Lima, candidata de Unidas Podemos a la alcaldía de Valencia, por ser una lesbiana sorda y feminista. Y sí, también es el mismo que denunció el acoso que sufría su hija en el colegio. ¿Doble moral, quizás?
Esta semana, su monólogo sobre el incidente de Óscar Puente ha causado revuelo. Pero, ¿qué hay de gracioso en el acoso? ¿Qué hay de humorístico en un tren que sale con 45 minutos de retraso debido a un acto de violencia? Es aún más alarmante cuando recordamos que el agresor tiene un historial de violencia. Pero para Lago, parece que todo es material de comedia, incluso el acoso.
El acoso es una realidad que afecta a muchas personas, independientemente de su edad, género, raza o estatus social. Es una manifestación de poder y control que puede tener consecuencias devastadoras para las víctimas. No es un tema para tomar a la ligera o para convertirlo en el chiste del día.
Miguel Lago, con su plataforma y alcance, tiene la responsabilidad de ser consciente del impacto de sus palabras. Cada vez que hace chistes sobre temas tan serios como el acoso, está enviando un mensaje peligroso: que está bien trivializar el sufrimiento de otros. En lugar de usar su voz para elevar y educar, opta por el camino fácil del humor insensible, olvidando que detrás de cada «broma» hay personas reales que viven esas experiencias.
Además, actitudes como la de Lago dan alas a la extrema derecha, que a menudo se alimenta de la minimización y ridiculización de problemas serios. Al trivializar el acoso, indirectamente se está validando la retórica de aquellos que buscan deslegitimar y silenciar a las víctimas. Es una pendiente resbaladiza que solo refuerza las narrativas tóxicas y daña a las comunidades ya marginadas.
En una sociedad que lucha por ser más inclusiva y empática, es esencial que figuras públicas como Lago reconozcan el daño que pueden causar con sus palabras y acciones. El humor puede ser una herramienta poderosa para abordar temas difíciles y promover el cambio, pero solo si se hace con respeto y comprensión. Es hora de que los humoristas, y todos nosotros, reflexionemos sobre dónde trazamos la línea entre el humor y el respeto.
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