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Spanish Revolution cumple 15 años. Y quizá lo más extraño de todo es que seguimos aquí. Molestando.
NACIMOS CUANDO TODO PARECÍA INTOCABLE
Hay algo que todavía me impresiona cuando pienso en aquellos días de mayo de 2011. La sensación de ruptura. De grieta. Como si de repente miles de personas hubieran decidido dejar de fingir que el sistema funcionaba.
Yo recuerdo perfectamente el ambiente de aquellos días. El hartazgo. La rabia acumulada tras la crisis de 2008. Familias perdiendo sus casas mientras se rescataba a bancos con dinero público. Jóvenes condenados a emigrar o a aceptar trabajos basura como si fueran un privilegio. Políticos hablando un idioma completamente ajeno a la vida real de la gente.
Y luego pasó. El 15M.
Las plazas se llenaron y algo cambió para siempre. No porque de repente llegara una revolución mágica. No. Ojalá hubiera sido tan sencillo. Cambió porque muchísima gente dejó de sentirse sola. Porque durante unos días se rompió el relato dominante. Porque se señaló a quienes mandaban de verdad.
Recuerdo también cómo reaccionaron muchos medios. Primero con burla. Después con miedo. Luego con intentos desesperados de vaciar de contenido todo aquello. El manual habitual. Cuando la protesta cuestiona las bases económicas del sistema, el poder mediático entra en pánico.
Spanish Revolution nació ahí. En medio de ese caos hermoso. Sin grandes estructuras. Sin dinero. Sin un plan perfecto. Solo con una obsesión: contar lo que otros no querían contar y hacerlo desde el lado de la gente común, no desde los despachos del poder.
Han pasado 15 años y todavía me sigue pareciendo increíble haber sobrevivido a todo esto.
Porque no ha sido fácil. Nada fácil.
Hacer periodismo crítico en España significa aceptar una realidad bastante incómoda: si no obedeces ciertas líneas invisibles, pagas un precio. Hay puertas que no se abren. Hay campañas de desprestigio. Hay presiones. Hay silencios interesados. Y luego está algo todavía más peligroso: la tentación de volverte cómodo.
La comodidad mata más medios que la censura.
QUINCE AÑOS DESPUÉS, EL PODER SIGUE SIENDO EL MISMO
A veces me preguntan si mereció la pena. Yo creo que sí. Aunque haya días agotadores. Aunque el algoritmo premie basura y odio mientras castiga análisis o memoria histórica. Aunque el ecosistema mediático esté cada vez más controlado por intereses empresariales gigantescos.
Porque si algo he aprendido en estos años es que el problema nunca fue únicamente un partido político concreto. El problema es una estructura entera que convierte derechos en mercancía y periodismo en relaciones públicas.
Lo vimos durante la crisis financiera. Lo vimos durante la pandemia. Lo seguimos viendo ahora con la vivienda, con Palestina, con el crecimiento de la extrema derecha o con la privatización constante de lo público.
Hay una parte del poder que tolera perfectamente la crítica superficial. Incluso la necesita para aparentar pluralidad. Lo que no soporta es que señales las relaciones entre dinero, medios y política. Ahí empiezan los problemas.
Y precisamente por eso creo que Spanish Revolution sigue molestando quince años después.
Porque no aceptamos que bombardear civiles pueda presentarse como “defensa”. Porque seguimos diciendo que la vivienda no puede ser un casino para fondos buitre. Porque hablamos de precariedad mientras otros venden emprendimiento motivacional para sobrevivir cobrando miserias. Porque señalamos a quienes usan el miedo y el odio para hacer negocio político.
A veces pienso que el mayor triunfo del sistema ha sido convencer a mucha gente de que nada puede cambiar. Ese cinismo permanente. Esa resignación convertida en identidad política. “Todos son iguales”. “No sirve para nada”. “La gente no se moviliza”.
Mentira.
El 15M demostró precisamente lo contrario. Demostró que cuando la gente deja de aceptar ciertas reglas, el poder tiembla. Lo hizo entonces y podría volver a hacerlo.
Claro que también hubo errores. Muchísimos. Sería absurdo negarlo. Hubo ingenuidad política. Hubo egos. Hubo quienes acabaron demasiado cerca de aquello que decían combatir. El sistema sabe absorber rebeldías y convertirlas en producto institucional. Lo hace constantemente.
Pero incluso así, el 15M dejó una huella enorme. Cultural. Política. Mediática.
Sin aquel movimiento probablemente no existirían muchas de las conversaciones públicas que hoy parecen normales. Hablar de desahucios, de puertas giratorias, de fondos de inversión, de precariedad estructural o de manipulación mediática era mucho menos habitual antes de aquellas plazas.
Y sí, también cambió mi vida.
Spanish Revolution me ha dado momentos increíbles y otros durísimos. He visto campañas de odio organizadas. He visto cómo determinados poderes intentaban desgastar, ridiculizar o aislar cualquier voz incómoda. He visto cómo algunos medios se convertían directamente en brazos propagandísticos de intereses económicos y políticos.
Pero también he visto algo mucho más importante. Gente organizándose. Personas ayudando económicamente a medios independientes cuando nadie apostaba por ellos. Redes de apoyo mutuo. Audiencias que entienden que defender un periodismo libre no es consumir contenido, sino sostener una herramienta colectiva.
Quince años después sigo creyendo lo mismo que entonces: el problema nunca fue que fuéramos demasiado radicales. El problema es que hay demasiada gente poderosa acostumbrada a no ser cuestionada.
Y quizá por eso todavía intentan que nos callemos.
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