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El director mexicano, ganador de 4 Premios Oscar, vuelve a hacer las maletas tras 25 años en Estados Unidos y señala lo que demasiadas élites prefieren maquillar: el país que vendía libertad está fabricando desarraigo, miedo y persecución.
EL CINEASTA QUE HOLLYWOOD PREMIÓ Y EL PAÍS QUE AHORA EXPULSA
Alejandro González Iñárritu no habla desde la queja cómoda de quien mira el mundo por la ventana de un hotel de lujo. Habla desde una herida antigua, la del migrante. Y esa herida, aunque el capitalismo intente taparla con premios, alfombras rojas y discursos de superación personal, sigue ahí. El director mexicano, ganador de 4 Premios Oscar, acaba de lanzar una frase que vale más que muchas columnas de análisis sobre la decadencia moral de Estados Unidos: “Voy a volver a hacer las maletas, se acabó la fiesta. Ya no hay sueño americano, ahora es pesadilla”.
La frase no es solo una ocurrencia brillante. Es una sentencia. Y duele precisamente porque la pronuncia alguien que fue aplaudido por la misma maquinaria cultural que ahora convive, sin despeinarse demasiado, con políticas antimigratorias cada vez más brutales. Hollywood le dio estatuillas. Estados Unidos le dio prestigio. Pero el país real, el país bajo la administración Trump, le devuelve el viejo mensaje de siempre: puedes ser útil, puedes ser brillante, puedes enriquecer nuestra cultura, puedes ganar premios para nuestra industria. Pero nunca olvides que sigues siendo migrante.
Entre la gala de 2014 y la gala de 2019, los cineastas mexicanos recogieron 5 estatuillas en categorías principales frente a una sola lograda por un realizador estadounidense. Ese dato debería haber servido para desmontar el racismo cultural que presenta a México como problema y a Estados Unidos como solución. Pasó lo contrario. El talento migrante se celebra cuando produce beneficios, pero se sospecha de él cuando reclama derechos.
Iñárritu fue una de las grandes figuras de esa etapa. En dos galas consecutivas recibió 3 Oscar a título individual. Primero, por ‘Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia)’, película de 2014, con la que ganó Mejor director y Mejor guion original. La cinta también se llevó el premio a Mejor película. Al año siguiente, volvió a imponerse como Mejor director por ‘El renacido’, estrenada en 2015, la película que permitió a Leonardo DiCaprio levantar, por fin, su Oscar a Mejor actor principal.
La historia es casi obscena. El sistema premia a quien convierte la precariedad humana en arte, pero castiga a quienes viven esa precariedad fuera de la pantalla. Aplauden al mexicano cuando sube al escenario. Lo convierten en símbolo de diversidad cuando les conviene. Lo invitan a hablar cuando su prestigio mejora la foto. Pero cuando el clima político se endurece, cuando la frontera vuelve a ser una cicatriz abierta y el migrante vuelve a ser convertido en enemigo interno, la fiesta termina. Lo dice él mismo. Se acabó la fiesta.
EL DESARRAIGO NO CABE EN UNA ALFOMBRA ROJA
En una entrevista en Radio Euskadi, durante su paso por España, Iñárritu habló también de sus orígenes vascos. Contó que uno de sus ancestros, Silverio Iñárritu, nació en 1842 en Gordejuela, Vizcaya, y que salió de allí con 25 años, hacia 1860 y tantos, rumbo a Veracruz. Allí se casó con Refugio Méndez, una mujer veracruzana. De esa historia viene él. De esa mezcla. De ese viaje. De esa marcha forzada o elegida, pero marcha al fin.
No es un detalle menor. Es el corazón de todo. La biografía de Iñárritu desbarata la fantasía reaccionaria de las identidades puras, esas que la ultraderecha vende como si los pueblos no hubieran sido siempre caminos, huidas, barcos, trenes, hambre, trabajo y esperanza. Sus ancestros salieron de Euskadi hacia México. Él salió de México hacia Estados Unidos. Ahora, tras 25 años viviendo allí, vuelve a moverse. Otra vez la maleta. Otra vez el no saber dónde poner el suelo.
Y lo explica con una imagen brutal: el migrante queda como quien está en el agua buscando el fondo y no lo encuentra nunca. Esa frase contiene más verdad política que todos los discursos patrióticos de quienes jamás han tenido que cruzar una frontera con miedo, con papeles dudosos, con acento señalado o con la sospecha pegada al cuerpo. Quien migra pierde una parte de su casa y no siempre encuentra otra. Eso no lo arreglan los Oscar, ni las cuentas corrientes, ni las portadas de revista.
La derecha suele responder a estas voces con su cinismo habitual: “pero es rico”, “pero es famoso”, “pero vive bien”. Como si el racismo preguntara primero por la cuenta bancaria. Como si el desarraigo desapareciera al entrar en una mansión. Como si el mensaje político no fuera precisamente ese: ni siquiera el éxito absoluto te libera del estigma cuando el poder decide convertir tu origen en frontera.
La administración Trump ha vuelto a poner en el centro una idea vieja y venenosa: Estados Unidos como fortaleza, el migrante como amenaza, la diversidad como decoración aceptable solo mientras no cuestione el orden. Esa es la gran estafa del sueño americano. Te prometen movilidad social y te entregan vigilancia. Te venden libertad y te dan miedo. Te dicen que todo depende de tu esfuerzo, pero luego levantan muros, redadas, discursos de odio y leyes hechas para recordar quién manda.
Iñárritu no está hablando solo de sí mismo. Está hablando de millones de personas. De quienes cruzan continentes para trabajar limpiando casas, recogiendo fruta, cuidando criaturas, levantando edificios o sosteniendo industrias enteras. De las trabajadoras y trabajadores migrantes que no reciben premios, que no conceden entrevistas, que no tienen agencia de representación ni alfombra roja. Ellas y ellos también han comprobado que el sueño americano era muchas veces una campaña publicitaria con policías en la puerta.
Y conviene decirlo claro: Estados Unidos lleva décadas alimentándose de la fuerza, la cultura y el trabajo migrante mientras fabrica relatos para despreciar a quienes lo hacen posible. Eso no es contradicción. Es capitalismo en estado puro. Extraer, usar, rentabilizar y luego señalar. El migrante como mano de obra cuando conviene. El migrante como chivo expiatorio cuando la desigualdad estalla.
Por eso la frase de Iñárritu golpea. Porque no viene de los márgenes invisibles, sino del centro mismo del escaparate. Porque la dice alguien que ganó, que triunfó, que fue reconocido, que encarnó la versión luminosa de la promesa. Y aun así mira alrededor y dice: esto ya no es un sueño, es una pesadilla.
La maleta de Iñárritu no es solo la de un cineasta cansado. Es el certificado de defunción de una mentira nacional.
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