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Hace no demasiado, Palestina era un recuerdo vibrante en la mente colectiva, un terruño disputado, una tierra que ha sido testigo del paso de las civilizaciones, de las revoluciones y de las ocupaciones. Sin embargo, en pleno siglo XXI, parece que hemos olvidado la urgencia de responder a una de las preguntas más antiguas de nuestra era contemporánea: ¿Por qué España, y, en extensión, la Europa «ilustrada», sigue sin reconocer al Estado palestino?
Es tiempo de que España, y Europa en su conjunto, asuman un papel activo y decisivo en este histórico desafío.
Las respuestas se encuentran oscurecidas en los pasillos diplomáticos y en las resoluciones de la ONU que, en ocasiones, parecen más ejercicios retóricos que compromisos tangibles. La posición sobre el ataque indiscriminado de Israel sobre Palestina se ha transformado en un debate complejo que ha generado discrepancias en las negociaciones políticas, incluso al interior de coaliciones gubernamentales. Mientras las y los políticos debaten, la gente sufre, vive y muere. La historia nos demanda una solución, una respuesta.
DOS PUEBLOS, UN MISMO DERECHO
Debemos recordar que en la historia universal, la legitimidad de un estado no se ha basado en la aprobación de terceros, sino en la inalienable autodeterminación de las y los pueblos que lo habitan. Entonces, ¿por qué debería Palestina ser la excepción? España ha manifestado en repetidas ocasiones su trabajo conjunto con la Unión Europea y la comunidad internacional para restaurar la perspectiva política hacia la solución de los dos Estados. Pero las palabras deben ser respaldadas por acciones claras y definitivas.
«La memoria política, en ocasiones, parece ser tan volátil como la vida en zonas de conflicto».
La guerra y los enfrentamientos no cesan. Los bombardeos sobre población civil y las medidas extremas como el corte de suministros esenciales para la vida de los habitantes palestinos son una realidad. Es inaceptable que mientras algunos líderes europeos expresen su preocupación por conflictos en otras regiones, muestren una actitud pasiva o incluso complaciente ante la crisis en Palestina.
España, en un acto de voluntad política, ya se posicionó en 2014 cuando la mayoría de la Cámara Baja aprobó una iniciativa que instaba al Gobierno a reconocer a Palestina. Sin embargo, ese impulso inicial parece haberse disipado en el vórtice de la geopolítica y los intereses de las potencias dominantes. La memoria política, en ocasiones, parece ser tan volátil como la vida en zonas de conflicto.
La urgencia se palpa en el aire, la historia nos mira con expectación. Y mientras la diplomacia tantea sus siguientes pasos, las y los ciudadanos deben alzar su voz en un unísono clamor: ¡Reconoced ya el Estado palestino! La justicia, la equidad y el respeto a la historia así lo exigen. Es tiempo de que España, y Europa en su conjunto, asuman un papel activo y decisivo en este histórico desafío.
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