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Por Javier F. Ferrero
Estados Unidos reduce su implicación directa, pero mantiene a Europa dentro de una arquitectura militar diseñada para impedirle pensar por sí misma.
Hay una forma muy europea de llamar responsabilidad a la obediencia. Consiste en aceptar una orden, envolverla en comunicados solemnes, ponerle palabras como “autonomía”, “seguridad” o “disuasión”, y después presentar la factura a la ciudadanía como si fuera una conquista democrática. Eso es exactamente lo que vuelve a ocurrir con la OTAN. Estados Unidos reduce parte de su implicación directa en la defensa europea, pero no su capacidad de mando. Se retira lo justo para que Europa pague más. Se queda lo suficiente para que Europa no decida.
No estamos ante el abandono de Europa por parte de Trump. Esa lectura es demasiado simple, casi cómoda. Estamos ante algo peor: la reorganización del vasallaje. Washington ya no quiere cargar con todos los costes del imperio atlántico, pero tampoco quiere perder el control político, militar y estratégico que ese imperio le garantiza. Europa no está comprando independencia. Está pagando una dependencia más cara.
La cifra lo explica mejor que cualquier discurso. La mayoría de socios europeos de la OTAN (con la excepción de España) se han comprometido a elevar el gasto militar hasta al menos el 5% del PIB en 2035, cuando la media actual ronda el 2,3%. Traducido al lenguaje de la vida cotidiana: hospitales que seguirán esperando, escuelas que seguirán parcheando goteras, servicios públicos que seguirán agotando a las trabajadoras y trabajadores, y presupuestos sociales obligados a competir contra una industria armamentística que siempre tiene prioridad cuando el miedo se convierte en política de Estado.
Lo obsceno no es solo gastar más. Lo obsceno es gastar más para seguir bajo tutela. La OTAN ha conseguido convertir una retirada parcial estadounidense en una exigencia de rearme europeo. La potencia imperial reduce capacidades convencionales, y la respuesta de sus aliados no es preguntarse qué tipo de seguridad necesitan sus pueblos, sino correr a llenar el vacío con más dinero, más armas, más obediencia y más propaganda.
Mark Rutte lo ha dicho con la frialdad administrativa de quien sabe que está vendiendo sumisión con vocabulario de gestión. Estados Unidos tiene obligaciones en todo el mundo. Europa y Canadá deben asumir más peso en lo convencional. Pero lo nuclear, lo decisivo, lo último, lo que ordena la jerarquía real de la Alianza, sigue bajo el paraguas estadounidense. Ahí está la trampa. A Europa se le permite pagar el edificio, pero no tener las llaves del sótano.
LA AUTONOMÍA QUE NACE ARRODILLADA
Cada vez que Bruselas habla de autonomía estratégica, conviene mirar qué intereses se mueven debajo de la alfombra. Porque una autonomía construida dentro de la OTAN, tutelada por el Pentágono y subordinada al escudo nuclear de Estados Unidos no es autonomía. Es una franquicia militar con himno propio. Puede cambiar el uniforme, puede multiplicar los presupuestos y puede fabricar más drones, tanques o munición. Pero si la decisión última sigue fuera, el relato de soberanía es solo una decoración cara.
Francia ha intentado abrir el debate con su propio paraguas nuclear. Emmanuel Macron ofrece una alternativa europea, o al menos una pieza para discutirla. Rutte, rápido, le resta importancia. El mensaje es transparente: se puede hablar de Europa, pero no demasiado. Se puede invocar la defensa europea, pero sin poner en cuestión al verdadero garante del orden atlántico. La libertad europea, nos dicen, depende del arsenal estadounidense. Y ahí la palabra libertad empieza a sonar como una broma pronunciada desde una sala blindada.
La comparación de capacidades también revela la dimensión del problema. Francia cuenta con menos de 300 ojivas nucleares. China ronda las 600. Rusia y Estados Unidos superan las 5.000 cada uno. Pero el debate no debería limitarse a quién tiene más capacidad para destruir el mundo varias veces. La pregunta política, la pregunta moral, la pregunta que casi nadie quiere formular en los despachos, es otra: por qué la seguridad de millones de personas debe seguir organizada alrededor de la amenaza de exterminio.
Yo no compro esa pedagogía del miedo. No acepto que nos llamen ingenuas e ingenuos por desconfiar de una arquitectura que lleva décadas confundiendo paz con equilibrio del terror. La OTAN no ha venido a proteger una Europa democrática, social y soberana. Ha venido a disciplinarla. Ha venido a fijar sus límites. Ha venido a recordarle que puede tener Parlamento, moneda, bandera y tratados, siempre que no olvide quién custodia el botón final.
La paradoja es brutal. Europa afirma que debe militarizarse para no depender de Estados Unidos, pero lo hace dentro de una estructura que garantiza esa dependencia. Se rearma para ser adulta, pero sigue pidiendo permiso al tutor. Habla de soberanía mientras acepta que la estrategia nuclear, el centro duro de la seguridad, permanezca bajo mando ajeno. Es la independencia del inquilino que paga la reforma de una casa que nunca será suya.
Y mientras tanto, la industria militar sonríe. Porque detrás de cada cumbre, de cada rueda de prensa y de cada frase solemne sobre amenazas globales hay contratos, beneficios, cadenas de suministro, fondos públicos, empresas privadas y accionistas. El rearme europeo no cae del cielo. Sale de algún sitio. Sale del trabajo de las mayorías. Sale de la sanidad, de la educación, de la vivienda, de los cuidados y de la transición ecológica que siempre dicen no poder financiar con suficiente ambición. Para las enfermeras y enfermeros hay límites presupuestarios. Para las maestras y maestros hay prudencia fiscal. Para las personas jóvenes que no pueden emanciparse hay paciencia. Para los fabricantes de armas hay urgencia histórica.
No es casualidad que el lenguaje de época haya cambiado. Ya no se habla de paz, sino de preparación. Ya no se habla de diplomacia, sino de resiliencia. Ya no se habla de justicia internacional, sino de capacidades. El capitalismo de guerra necesita que la ciudadanía deje de imaginar seguridad como vida digna y empiece a imaginarla como gasto militar permanente. Necesita que aceptemos el collar porque nos han convencido de que fuera del collar solo existe el abismo.
Yo creo exactamente lo contrario. El abismo es este. Una Europa que se endeuda moral y materialmente para sostener una arquitectura imperial en crisis. Una Europa que llama responsabilidad a obedecer a Trump, libertad a depender del arsenal estadounidense y autonomía a multiplicar el presupuesto de la OTAN. Una Europa que se arma hasta los dientes porque no se atreve a hacerse la pregunta más peligrosa de todas: qué pasaría si dejara de necesitar amo.
La cadena ya no se esconde. Ahora nos piden que la financiemos y demos las gracias por el brillo del metal.
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