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Por Luis Aneiros
Que el fútbol profesional es una basura, por innumerables motivos, es una realidad indiscutible. Lejos de ser un deporte, se ha convertido en un instrumento empresarial, político y social con el único objetivo de mantener la atención de los ciudadanos sobre temas muy alejados de nuestras necesidades y de lo que deberían de ser nuestros objetivos. El mundo del fanatismo futbolístico engloba los desahogos de masas de personas que, una vez engullidas, renuncian a su identidad individual para convertirse en un grano de arena manejable, influenciable y manipulable fácilmente. ¿Qué se consigue con eso? Que de agosto a mayo la felicidad de los millones de aficionados al fútbol dependa casi exclusivamente de los resultados de sus equipos. Después llega el verano y ya nos sobran momentos de satisfacción como para pensar en otras cosas. De nuevo agosto, de nuevo la liga, la champions, la copa, la supercopa y todos los eventos que se les hayan ocurrido, y cada semana dependerá otra vez de los goles que se hayan metido de viernes a lunes. Vale… cada uno se entretiene como le viene en gana y gasta sus energías como le parece…
Pero, ¿y los futbolistas? ¿Qué hacen los futbolistas con este fenómeno? Son plenamente conscientes de que sus triunfos son “nuestros” triunfos y de que sus fracasos son “nuestros” fracasos. Y, lo que es peor, se saben creadores de pensamientos, de modos de vida y de ideales. Un futbolista de 25 años multimillonario y con la vida solucionada para siempre, sabe que los aficionados beberán lo que él diga, se vestirán con lo que él diga, llevarán el coche que él diga, y repetirán lo que él diga. Y dejemos a un lado el daño que eso puede representar para un menor que tome como referente deportivo o de vida a un tipo como Dani Alves, Dani Carvajal o Rafa Mir, que de por sí daría para una reflexión aparte. Es la influencia en la masa lo que convierte al fútbol en un problema social.
¿Por qué nos dejamos arrastrar tan fácilmente por soflamas y consignas contrarias al mínimo respeto cuando estamos apretados unos contra otros y formamos una masa? Muy simple y muy preocupante: porque necesitamos la aprobación de quienes nos rodean en ese momento.
El CE Sabadell asciende a segunda división. No a primera, no veremos a sus futbolistas en la mayor categoría posible, no tienen más meta que mantenerse la siguiente temporada en la misma categoría. No irán a la selección, no irán a competiciones europeas, sus jugadores no serán leyenda ni referentes internacionales. Seguirá siendo un club modesto que, con trabajo y sacrificio y un presupuesto bajo, han llegado de nuevo a la segunda división, cinco años después de haber descendido. Nadie pone en duda el valor que todo eso tiene a nivel deportivo, pero… ¿en serio las consignas que lance su portero desde el balcón del ayuntamiento mueven a miles de personas a corear estupideces fascistas?
Diego Fuoli es tan sólo el portero del CE Sabadell. Será mejor o peor en lo suyo, pero no es nada más. Insisto, sin desmerecer su carrera deportiva, no arrastra tras sí millones de seguidores ni contratos estratosféricos. No está entre los personajes más influyentes de su tiempo ni de su deporte. Tiene 10.000 seguidores en Instagram y menos de 3.500 en X. Ni es un referente ni necesita serlo, pero cuando se sube al balcón de un ayuntamiento gobernado por el PSC, decide que es buena idea guiar a quienes le esperan y admiran por su logro deportivo, en una consigna fascista. Él sólo dice “Pedro Sánchez” y una masa de supuestos aficionados de un club deportivo le corean “hijo de puta”. No se oyeron ni pitos ni silbidos ni palabras de desaprobación. Sólo se oyó “hijo de puta”. Eso, y las risas de sus compañeros de equipo, como si fuera un Pepe Reina haciendo chistes malos de “camarero”.
¿Qué es preocupante de todo esto? Pues lo primero, evidentemente, que el portero de un equipo que está celebrando los triunfos de su equipo con su afición haya considerado que era un buen momento para hacer propaganda de ultraderecha, aprovechando la euforia y el ambiente de celebración. Lo segundo, que sus compañeros no hayan manifestado su disconformidad con lo sucedido. Lo tercero, la tibia reacción del club, que de principio sólo lamentó los hechos y tardó demasiado en decidir una sanción que a día de hoy todavía se desconoce. Pero, como siempre, lo más preocupante es nuestra escasa capacidad como ciudadanos. Diego Fuoli tiene derecho legal a ser un facha. Porque la democracia permite que alguien sea un fascista, aunque el fascismo no permita que alguien sea demócrata. Pero yo no creo que sus compañeros sean fascistas, ni mucho menos que la inmensa mayoría de los presentes en aquella plaza sean fascistas. Es más, tengo la absoluta seguridad de que pocos de aquellos vociferantes se sentirían cómodos llamando hijo de puta a Pedro Sánchez de manera individual, aunque no fueran simpatizantes del personaje político. ¿Por qué, entonces, nos dejamos arrastrar tan fácilmente por soflamas y consignas contrarias al mínimo respeto cuando estamos apretados unos contra otros y formamos una masa? Muy simple y muy preocupante: porque necesitamos la aprobación de quienes nos rodean en ese momento. Porque es más sencillo gritar “hijo de puta” que preguntarle al de al lado por qué lo grita él. Porque creemos que no tiene importancia, que es tan sólo un motivo de risa, que cuando volvamos a nuestras casas seremos los de siempre, los que enseñamos a nuestros hijos educación, respeto, valores…
Diego Fuoli no es nadie. Es tan sólo un portero de un equipo de segunda división. Es alguien que ha sabido meter su mensaje fascista donde no debía, porque sabía que tendría una respuesta. Han sido sus segundos de gloria, de sentirse importante. Diego Fuoli no me importa lo más mínimo. Me importan los miles de sabadellenses que se dejaron llevar y pusieron por encima de sus valores y sus ideas la euforia del momento. Me preocupa que sea más importante corear la consigna de moda sin importar su significado que el respeto y la mínima educación.
Celebraciones deportivas, fiestas populares, discotecas, conciertos, y por supuesto mítines… Miles, posiblemente millones, de personas han coreado “Pedro Sánchez, hijo de puta” a lo largo de nuestra geografía, como si corear eso los identificara de alguna manera, como si su identidad y su imagen de sí mismo se reafirmaran de alguna manera repitiendo lo que en su día Ayuso dijo en el Congreso de los diputados. Sin distinción de edad, clase social ni raza o religión. Saltamos, levantamos las manos y gritamos “hijo de puta” porque eso nos hace mejores. Ese el triunfo del fascismo. Reducirnos a cuerpos con banda sonora, unirnos bajo el insulto, la ignorancia, la falta de reflexión y de identidad propia.
En España no habrá un gran cambio. No será una catarsis ni una revolución. Nos están degradando como ciudadanos poco a poco, a base de consignas y de desgastar nuestra calidad democrática. Con pequeños personajes incitando a coros multitudinarios, con políticos mediocres sentados en sillones que les quedan grandes, pero que conocen el abc del insulto de memoria. Con las urnas como venganza en lugar de esperanza. El fascismo ya no avanza a base de golpes de estado, sino que está penetrando gracias a futbolistas, a programas con himenópteros parlanchines, tertulias “con la mesa más plural”, magazines de tarde e influencers que juegan videojuegos en directo. Son los antisistema de hoy, con los bolsillos llenos y el apoyo de las grandes empresas. Con las vidas resueltas y a los que algún día tendrás que pagarles el alquiler o la hipoteca. Y con los que celebrarás con insultos que tu equipo asciende a segunda, que eso merece comportarse como un descerebrado.
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Opinión | Diego Fuoli en El Hormiguero: un sueño fascista
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Opinión | Diego Fuoli en El Hormiguero: un sueño fascista
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