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Entre los escombros todavía aparecen cuerpos vivos, pero el desastre ya ha dejado al desnudo una verdad insoportable: no todas las vidas pesan igual cuando llega la catástrofe.
LA ESPERANZA BAJO LOS ESCOMBROS
Venezuela sigue buscando vida cuando ya han pasado más de cien horas desde el doble terremoto que el miércoles 24 de junio golpeó el norte del país y dejó una cifra oficial de 1.719 personas fallecidas, 5.034 heridas y casi 47.000 desaparecidas. La aritmética del horror cambia por horas. Sube. Se corrige. Vuelve a subir. Y detrás de cada número hay una casa hundida, una familia esperando, una voz que quizá ya no responde. Según las últimas informaciones, el balance supera los 1.700 muertos y los 5.000 heridos, mientras los equipos de rescate trabajan en una carrera cada vez más cruel contra el tiempo. (El País)
Pero incluso ahí, debajo del cemento, aparece una grieta de esperanza. Belkys Barreto, de 60 años, fue rescatada tras permanecer casi cien horas enterrada bajo los cascotes. Su imagen se ha convertido en algo más que una noticia: es la prueba de que todavía puede haber vida donde el poder suele darlo todo por perdido demasiado pronto. Cerca de ella, las y los rescatistas también lograron sacar con vida a un padre y a su hijo. No son milagros. Son trabajo, oído, técnica, insistencia y una obstinación muy humana contra la muerte.
Aaron Levi, de 21 años, resistió 106 horas atrapado. Durante 43 horas, equipos procedentes de El Salvador trabajaron sin descanso hasta conseguir sacarlo vivo junto a una niña. La Cadena SER lo identificó como Aaron Levi y situó su rescate en la parroquia de Caraballeda, en La Guaira, una de las zonas más golpeadas por los seísmos. (Cadena SER) Cuando un joven sale vivo después de más de cuatro días sepultado, no estamos ante una anécdota emotiva: estamos ante una acusación contra cada minuto perdido.
También fue rescatado un niño de 11 años, en estado de shock. Y una mujer con su bebé de apenas 18 días, protegidos por una de esas cámaras de aire que se forman al azar entre muebles, vigas y estructuras partidas. El azar salva. La pobreza mata. Conviene decirlo así, sin barniz. Porque un terremoto no distingue por clase social, pero los edificios sí. Los barrios sí. Los materiales sí. La planificación urbana también. Las placas tectónicas se mueven; el abandono lo deciden las élites.
La imagen de La Guaira es la de una devastación casi obscena. Hoteles y bloques de apartamentos convertidos en polvo. Edificios que siguen en pie, pero sin paredes, agrietados, inhabitables. Familias durmiendo fuera, gente buscando nombres en listas, personas esperando una llamada que no llega. Y ahí, como una bofetada, los yates y las embarcaciones de lujo del puerto deportivo permanecen como símbolo perfecto de este mundo podrido: lujo flotando junto a barrios derrumbados. El capitalismo no provoca el terremoto, pero decide quién vive sobre hormigón frágil y quién amarra su fortuna en el puerto.
RÉPLICAS, CALOR Y UN PAÍS DESBORDADO
La NASA calculó, en una primera evaluación rápida y experimental con imágenes satelitales, que el doble terremoto pudo dejar 58.870 edificios dañados o destruidos en la región afectada. La estimación se realizó con datos de radar del satélite Sentinel-1, dentro del programa europeo Copernicus, y corresponde al paso satelital del 25 de junio, a las 10:16 GMT. La propia NASA advierte de que se trata de un producto preliminar, elaborado pocos días después del desastre y todavía no validado. (NASA Earthdata GIS)
La herida, además, sigue moviéndose. El lunes 29 de junio, un sismo de magnitud 4,6 volvió a sacudir el norte de Venezuela, con epicentro a 27 kilómetros al norte de Caraballeda, en La Guaira, y una profundidad de 10 kilómetros, según el Servicio Geológico de Estados Unidos. No se reportaron nuevos daños inmediatos, pero el miedo regresó de golpe. Como si se hubiera ido alguna vez. (The Guardian)
La población lleva días conviviendo con más de 400 réplicas. En Caracas y otras zonas se mantienen medidas de prevención: no usar ascensores, cortar el gas natural en áreas vulnerables, evitar estructuras dañadas. Parece sencillo escrito desde lejos. No lo es cuando tu casa está rajada, cuando no sabes si volver a entrar a por documentos, medicinas, comida o una foto. No lo es cuando cada vibración del suelo convierte el cuerpo entero en alarma.
Y luego está el calor. 30 grados, humedad alta y cadáveres en las calles. Esa combinación convierte las labores de rescate en una operación física y emocionalmente insoportable. En Corales, Javier Erken, integrante del grupo de 40 bomberos peruanos que llegó el viernes 26 de junio, explicó a EFE que en las últimas horas habían rescatado a una mujer de 60 años atrapada en un edificio de seis pisos. También señaló lo que casi nunca cabe en los discursos oficiales: la temperatura deshidrata al personal y acelera la descomposición de los cuerpos.
El olor a muerte atraviesa incluso las mascarillas. Esa frase debería bastar para avergonzar a cualquier gobierno, a cualquier institución internacional, a cualquier mercado que tarda segundos en mover capitales y días en mover ayuda suficiente. Porque cuando se trata de rescatar bancos, bombardear países o blindar fronteras, la maquinaria global funciona con precisión militar. Cuando se trata de salvar personas pobres bajo escombros, todo son demoras, protocolos, ruedas de prensa y mapas preliminares.
Las y los rescatistas siguen trabajando con perros, cámaras, sensores y silencio. Silencio para escuchar golpes. Silencio para detectar una voz. Silencio para intentar separar la vida del ruido del derrumbe. Es una escena dura, pero también profundamente política. Porque la emergencia no termina cuando se apagan las cámaras. Después vendrán las enfermedades, los campamentos, la falta de agua, la reconstrucción, los contratos, las empresas esperando su parte, los buitres de siempre oliendo dinero donde otras personas solo huelen pérdida.
Venezuela necesita ayuda, no propaganda. Necesita maquinaria, hospitales de campaña, equipos de rescate, agua potable, refugios seguros, atención psicológica, alimentos, medicinas y coordinación real. Necesita que las víctimas no sean convertidas en decorado de la disputa geopolítica ni en excusa para el saqueo. La solidaridad no puede ser una foto: tiene que ser una obligación material.
Bajo los escombros todavía puede haber alguien respirando, y cada segundo que se pierde pesa como una losa sobre quienes siempre llegan tarde cuando la vida de las y los de abajo está en juego.
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