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La seguridad sigue encabezando las preocupaciones, la economía no despega y las primeras grandes reformas favorecen al gran capital mientras el desgaste del Gobierno ya es visible.
José Antonio Kast llegó a La Moneda prometiendo un giro radical. Durante la campaña aseguró que devolvería la seguridad a las calles, reactivaría una economía estancada, reduciría el peso del Estado y pondría fin a lo que definía como el desorden heredado. El mensaje era sencillo, casi publicitario: bastaba con cambiar de gobierno para que Chile volviera a funcionar.
Han pasado poco más de 100 días desde su investidura, el 11 de marzo, y el contraste entre el discurso y la realidad empieza a ser difícil de ignorar. No porque todos los problemas puedan resolverse en tres meses. Sería absurdo exigirlo. Lo llamativo es que el Gobierno ya ha empezado a asumir que algunas de sus principales promesas no se cumplirán mientras las prioridades legislativas avanzan en otra dirección.
La política tiene algo de espectáculo. Las campañas aún más. Pero cuando la propaganda choca con los datos, la propaganda deja de ser suficiente.
SEGURIDAD: MUCHO DISCURSO, EL MIEDO SIGUE AHÍ
La seguridad fue el gran motor electoral de Kast. Delincuencia, inmigración y orden público aparecieron una y otra vez en sus discursos. Era la promesa que justificaba todo lo demás.
Sin embargo, las encuestas muestran que la delincuencia continúa siendo la principal preocupación para el 51,3% de la población chilena. El miedo no ha desaparecido. Sigue instalado. Incluso después de meses de anuncios, endurecimiento del discurso y presentación de nuevas medidas legislativas. (El País)
Eso explica también otro fenómeno. La confianza en el presidente comienza a erosionarse. Diversos sondeos sitúan la aprobación del Gobierno entre el 30% y el 41%, mientras la desaprobación oscila entre el 45% y el 56%, dependiendo de la encuesta. No es un desplome histórico. Pero sí un desgaste sorprendentemente rápido para un Ejecutivo que todavía se encuentra en su inicio. (El País)
La paradoja resulta evidente. Kast ganó prometiendo resolver precisamente aquello que continúa encabezando las preocupaciones ciudadanas.
ECONOMÍA: LAS PROMESAS EMPIEZAN A CHOCAR CON LOS NÚMEROS
La segunda gran bandera era el crecimiento económico. Chile volvería a crecer con fuerza, aseguraba el nuevo Ejecutivo. Llegaría la inversión. Volverían los empleos. El país recuperaría competitividad.
Los propios ministros han tenido que rebajar esas expectativas. El Gobierno ha reconocido que no alcanzará su objetivo de crecer al 4% al final del mandato y también ha admitido que el equilibrio fiscal prometido será más difícil de lograr de lo previsto.
Mientras tanto, el mercado laboral continúa mostrando señales preocupantes. Las previsiones apuntan a un desempleo que podría acercarse al 10%, acompañado por una elevada informalidad y una economía que acumula varios meses de debilidad.
Aun así, la principal apuesta económica del Ejecutivo no ha consistido en reforzar el gasto social ni en impulsar grandes inversiones públicas. Ha sido una ambiciosa reforma tributaria favorable a las empresas.
La denominada Ley para la Reconstrucción Nacional propone reducir el impuesto de sociedades del 27% al 23%, facilitar la repatriación de capitales, acelerar permisos para inversiones y aprobar diversos incentivos fiscales. El Gobierno sostiene que esa receta atraerá inversión y creará empleo. La oposición, por el contrario, denuncia que supone un importante alivio fiscal para las grandes empresas sin garantías de que esa rebaja termine beneficiando al conjunto de la ciudadanía. Incluso el Fondo Monetario Internacional y el Consejo Fiscal Autónomo han expresado reservas sobre el impacto de la iniciativa en las cuentas públicas.
No deja de resultar significativo que, mientras se pide paciencia para comprobar si las rebajas fiscales acabarán generando riqueza, los efectos inmediatos recaigan sobre unos ingresos públicos que financian servicios esenciales.
EL RELATO YA NO BASTA
Durante las primeras semanas, el Gobierno intentó mantener el tono de campaña permanente. Emergencia nacional. Mano dura. Reconstrucción. Cambio histórico.
Pero gobernar obliga a enfrentarse con una realidad bastante menos obediente que un eslogan.
Las diferencias entre el Partido Republicano y sus socios de Chile Vamos ya han provocado tensiones públicas, reproches cruzados y dificultades para coordinar una mayoría estable. Las primeras fracturas internas han aparecido mucho antes de lo que el Ejecutivo esperaba.
Fuera del Parlamento tampoco todo ha sido tranquilidad. Las protestas estudiantiles contra los recortes y contra la orientación económica del Gobierno se han convertido en la primera gran movilización social del mandato, reflejando que una parte importante del país no comparte el rumbo elegido.
No significa que el Gobierno haya fracasado. Sería precipitado afirmarlo. Pero sí significa algo más incómodo para cualquier dirigente que construyó su liderazgo prometiendo soluciones rápidas: la realidad empieza a discutirle el relato.
Porque una cosa es ganar unas elecciones prometiendo que todo cambiará en cuestión de semanas. Otra muy distinta es demostrarlo cuando los indicadores siguen enviando señales contradictorias, cuando la inseguridad continúa encabezando las preocupaciones ciudadanas y cuando las primeras grandes reformas parecen beneficiar antes a quienes más tienen que a quienes esperaban un cambio en su vida cotidiana.
La propaganda puede ganar elecciones. Los hechos son bastante menos dóciles.
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