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La batalla por Makerfield no va solo de un escaño. Va de saber si la izquierda británica todavía recuerda para quién nació o si va a seguir pidiendo perdón por existir.
EL TRANSPORTE PÚBLICO CONTRA EL PAÍS PRIVATIZADO
Andy Burnham lleva una abeja en la solapa. No es un detalle simpático. Es política condensada en un pin. La abeja representa Manchester, su memoria industrial, su orgullo colectivo y esa idea tan sencilla que el neoliberalismo lleva décadas intentando ridiculizar: que la gente vive mejor cuando lo común funciona. La red Bee, ese sistema de autobuses y tranvías bajo control público y coordinado, se ha convertido en su bandera. Y por eso molesta.
En casi toda Inglaterra, el transporte fue triturado por el dogma privatizador de Margaret Thatcher. Empresas distintas, billetes que no sirven de una línea a otra, servicios caros, rutas mal conectadas y barrios abandonados al coche como única salida. Manchester ha empezado a desandar ese desastre. Londres nunca sufrió del todo ese experimento salvaje. Casualidad, dicen. Qué casualidad tan céntrica. Westminster no se atrevió a romper su propia casa, pero sí permitió que Manchester, Newcastle o Birmingham se tragaran la receta del mercado como si fuera medicina.
Lo que Burnham vende como éxito local es, en realidad, una acusación nacional: si el transporte público puede funcionar en Manchester, entonces el fracaso del resto no era inevitable. Era político.
El alcalde de Manchester, nacido en Liverpool y convertido en voz del norte inglés, quiere usar esa experiencia como trampolín. Primero debe ganar este jueves el escaño de Makerfield, una zona rural entre Manchester y Liverpool. Después pretende forzar unas primarias laboristas contra Keir Starmer este verano. No es poca cosa. Starmer dirige un Gobierno paralizado por la guerra interna de un laborismo que llegó al poder prometiendo orden y ahora parece no saber qué hacer con el país que heredó.
Makerfield pertenece al Greater Manchester, pero no vive como si estuviera en el centro de la fiesta. Allí la red de autobuses llega, sí, pero la desconexión sigue marcando la vida cotidiana. Muchas y muchos vecinos dependen del coche. No por capricho, sino porque durante décadas se les dijo que lo público era caro mientras se les obligaba a pagar privadamente cada abandono.
El rival de Burnham es Robert Kenyon, candidato de Reform, el partido de extrema derecha de Nigel Farage. Reform no aparece de la nada. Crece donde el sistema deja ruinas y luego señala a las personas migrantes para que nadie mire hacia arriba. En Wigan, la localidad más grande de la zona, el golpe fue brutal: en las elecciones locales de mayo, los laboristas perdieron ante Reform 24 de los 25 concejales en disputa. Esa cifra debería estar escrita en todas las paredes de la sede laborista. No como advertencia electoral. Como acta de defunción de una forma de hacer política desde despacho.
Burnham llega con unos 10 puntos de ventaja en las últimas encuestas frente a Kenyon, pero nadie debería confundir ventaja con tranquilidad. La brecha de género pesa tras los comentarios machistas del candidato de Reform sobre una presentadora de televisión y sobre el derecho al aborto. También pesa su incoherencia sobre el Brexit, que criticó en una zona donde casi el 70% votó a favor de salir de la Unión Europea en 2016. Pero la extrema derecha no necesita coherencia. Le basta con rabia, televisión y un enemigo vulnerable.
CUANDO LA AUSTERIDAD SIEMBRA, FARAGE RECOGE
El Brexit ya no tiene el mismo brillo. La promesa se oxidó. Pero los fantasmas siguen ahí. Control, inmigración, abandono, miedo. Makerfield apenas tiene población migrante: más del 90% de sus habitantes nació en el país y el 97% se define como “blanca británica”. Aun así, la inmigración pesa en la conversación. Pesa porque la política reaccionaria no trabaja con realidades, sino con imágenes. Un bote cruzando el canal de la Mancha puede agitar más votos que una biblioteca cerrada. Un refugiado detenido por un apuñalamiento en Belfast puede ser usado para incendiar barrios enteros, aunque el hecho ocurra a cientos de kilómetros.
Burnham lo sabe. Y aquí empieza el problema. El dirigente que muchos presentaban como el ala izquierda laborista ha prometido más mano dura contra la inmigración “de cualquier tipo”. También ha enfriado su deseo de que Reino Unido vuelva a la Unión Europea, entre otras cosas por la libre circulación. Mala señal. Cuando la izquierda acepta el marco de la extrema derecha, la extrema derecha ya ha ganado medio debate. Luego solo falta decidir quién grita más fuerte.
Makerfield arrastra una historia pesada. Zona minera, orgullo obrero, memoria industrial y pobreza. George Orwell retrató Wigan en El camino a Wigan Pier en 1937, con esa mezcla incómoda de dignidad y miseria que el poder siempre intenta convertir en postal. Desde los años 50 del siglo XX, el cierre de minas fue dejando la región sin grandes empleadores más allá de los servicios públicos. Después llegaron los recortes, la precariedad y esa palabra tan limpia con la que se maquilló el saqueo: austeridad.
Las y los jóvenes sin empleo digno. Clubs juveniles cerrados por falta de dinero municipal. Viviendas mal aisladas. Supermercados de mala calidad. Salud pública deteriorada. Facturas de comida y luz disparadas. No es una anécdota local. Es el inventario de un país roto fuera de Londres. Sarah Longlands, directora ejecutiva de CLES, habla de problemas acumulados durante 10 o 15 años. Y señala lo que demasiadas veces se oculta: los gobiernos conservadores de David Cameron aplicaron recortes municipales del 40% y 50%. Eso no es contabilidad. Es violencia administrativa.
La extrema derecha no crea el dolor, pero lo alquila barato y lo convierte en combustible electoral.
El Manchester de Burnham tiene luces. Fue elegido alcalde en 2017 y logró reducir inicialmente el número de personas que dormían en la calle con más alojamientos públicos. Pero el deterioro volvió. En los últimos cuatro años, el número de personas sin hogar ha subido otra vez. Las personas que duermen en la calle se han doblado desde 2021 y la cifra ya se acerca a la que había cuando llegó al poder. Conviene decirlo entero. La empatía no basta si no derrota estructuras. La escucha no sustituye a la vivienda.
Burnham habla de “manchesterismo” como proyecto para devolver servicios esenciales a manos públicas. Suena bien. Suena necesario. Pero incluso ahí hay grietas. Parte del crecimiento de Manchester se apoya en alianzas público-privadas heredadas del blairismo y continuadas por gobiernos conservadores. O sea, ese modelo tan británico de socializar el relato y privatizar el margen. La ciudad avanza, sí, pero no todo avance llega a la periferia. No todo brillo calienta las casas.
Aun así, Burnham tiene algo que Starmer parece haber perdido en algún pasillo de Westminster: contacto humano. Las personas entrevistadas en la zona lo describen como alguien que escucha, que se acerca, que se interesa incluso cuando no hay cámara evidente. Deborah Mattison, estratega laborista, lo resume sin adornos: si gana, será por lealtad personal hacia él. Pero ganar Makerfield no lo convierte automáticamente en primer ministro. Starmer tendría que decidir si resiste o se marcha. El partido tendría que atreverse a votar algo más que miedo.
La lección es bastante menos cómoda de lo que querría el laborismo. No se combate a Reform con discursos tecnocráticos ni con mano dura contra quienes menos poder tienen. Se combate reconstruyendo lo público, devolviendo poder a los territorios, financiando ayuntamientos, abriendo centros juveniles, aislando viviendas, bajando facturas, garantizando transporte, cuidando la salud pública y tratando a las personas trabajadoras como ciudadanía adulta, no como una masa que solo existe el día de las urnas.
La izquierda no pierde solo cuando la extrema derecha sube. Pierde antes, cuando deja de estar. Cuando abandona el barrio. Cuando habla raro. Cuando cree que la gestión sin conflicto reemplaza a la política. Cuando mira a Westminster y se olvida de Wigan.
Si la izquierda abandona el territorio, el fascismo alquila el dolor y cobra entrada en la puerta.
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