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El jefe de la FIFA ha convertido el fútbol mundial en una maquinaria de dinero, propaganda y obediencia ante Putin, las monarquías del Golfo y Trump.
LA FIFA YA NO ORGANIZA FÚTBOL: LO EXPRIME
Gianni Infantino llegó a la cima del fútbol mundial sobre los escombros de la vieja FIFA. No cayó del cielo. Apareció en el momento exacto. En mayo de 2015, la policía suiza entró en el hotel Baur au Lac de Zúrich y abrió la gran grieta del Fifagate. En diciembre de 2015 llegó otra redada. Joseph Blatter acabó fuera. Michel Platini también. Y el 26 de febrero de 2016, aquel hombre conocido por sacar bolas en los sorteos de la Champions se sentó en el trono.
Diez años después, el resultado es bastante claro: la FIFA no se ha regenerado, se ha sofisticado. Ha cambiado el perfume, no el negocio. Antes olía a soborno viejo. Ahora huele a palco presidencial, acuerdo petrolero, entrada imposible y foto sonriente con dirigentes que entienden el deporte como propaganda de Estado.
El Mundial empezó el 11 de junio en Ciudad de México. Infantino lo miraba desde el palco, casi como quien contempla una finca propia. La organización, que se presenta como entidad sin ánimo de lucro, prevé facturar 11.236 millones de euros en este ciclo de 4 años. Un 73% más que en el ciclo anterior. Sin ánimo de lucro, dicen. Con una cara de cemento armado.
El fútbol popular, ese que llenaba plazas, bares, patios de colegio y estadios de barrio, ha sido convertido en un producto de lujo. La Copa del Mundo ya no se vende como fiesta global, sino como escaparate para patrocinadores, fondos, televisiones, casas de apuestas y élites políticas necesitadas de blanqueo. El pueblo pone la pasión. La FIFA pone la caja registradora.
Los derechos televisivos del Mundial se han vendido por 4.264 millones de dólares. Es un 36% más que en Rusia 2018 y un 24% más que en Qatar 2022. La pelota rueda, sí. Pero rueda sobre una alfombra de dinero cada vez más gruesa, cada vez más indecente.
Y luego están las entradas. Ahí el saqueo ya ni se disimula. Los partidos de fase de grupos cuestan entre un 47% y un 74% más. Los asientos más baratos superan los 200 dólares. En eliminatorias, los billetes sencillos suben un 250%. En cuartos, un 300%. Para la final, todas las entradas cuestan más de un 300% que antes: la más barata, 4.000 dólares; la más cara, 10.000 dólares.
La FIFA también ha bendecido los precios dinámicos. Es decir, cuanto más quiere la gente ver fútbol, más se le aprieta el cuello. Y ha creado una web de reventa donde cobra un 15% al vendedor y otro 15% al comprador. Negocio en la venta. Negocio en la reventa. Negocio en la ansiedad. Negocio en la nostalgia. Negocio hasta en el último asiento.
EL BALÓN COMO COARTADA DEL AUTORITARISMO
Infantino no solo ha monetizado el Mundial. Lo ha puesto de rodillas ante el poder. Ante Putin. Ante Qatar. Ante Arabia Saudí. Ante Trump. No es una deriva casual. Es una forma de gobierno. La FIFA se presenta como neutral cuando hay que hablar de derechos humanos, pero siempre encuentra tiempo para abrazar al poder que paga.
Con Rusia fue complaciente. Con Qatar, también. Con Arabia Saudí, más todavía. La elección de Arabia Saudí como sede del Mundial de 2034 encaja demasiado bien en esa FIFA que dice unir al mundo mientras entrega su principal escaparate a Estados que compran reputación internacional a golpe de megaproyecto deportivo. El balón como detergente. El estadio como lavado de cara.
La alianza con Aramco, la petrolera estatal saudí, resume la época. Una organización que vende diversidad, infancia, paz y comunidad termina asociada a uno de los mayores gigantes fósiles del planeta. Luego sacan campañas bonitas. Sonríen niños y niñas. Hablan de futuro. Pero el mensaje real es otro: la crisis climática puede esperar si el cheque llega a tiempo.
El caso Trump es todavía más obsceno. En agosto de 2025, Infantino le ofreció la Copa del Mundo en el Despacho Oval. La imagen lo decía todo. No hacía falta subtítulo. El presidente de la FIFA entregando el símbolo del fútbol global a un dirigente que ha usado la frontera, el miedo y el racismo como herramientas políticas. Después, cuando Estados Unidos impidió la entrada a un árbitro somalí, Infantino pidió “relajarse”. Relajarse. Esa palabra tan útil cuando la violencia institucional la sufren otros.
Con Gaza, la hipocresía alcanza un nivel casi grotesco. Infantino repite que la FIFA no puede resolver problemas geopolíticos. Lo dice para no incomodar. Para no señalar. Para no manchar la alfombra. Pero luego firma con el Board of Peace para Gaza creado y presidido por Trump, el mismo Trump que fantaseó con levantar una “Riviera” sobre las ruinas de la Franja. A un territorio devastado por el genocidio se le ofrecen 50 mini canchas, campos, una academia y un estadio nacional de 20.000 asientos. Como si el problema fuera la falta de césped. Como si el hambre, las bombas y los cadáveres pudieran taparse con porterías nuevas.
Mientras tanto, Infantino vive en la cumbre. Su sueldo base asciende a 3,3 millones de dólares y su bonus a 2,78 millones, tras una subida del 33%. El fútbol se encarece para las familias mientras su presidente se premia a sí mismo. Qué casualidad. Las y los aficionados pagan más. Las televisiones pagan más. Los patrocinadores mandan más. Y la FIFA presume de éxito financiero, como si convertir una pasión colectiva en un producto para ricos fuera una hazaña y no una derrota.
Los estatutos de la FIFA fijan un máximo de 12 años y 3 mandatos para cualquier presidencia. Infantino ya ha encontrado su truco: sostiene que sus primeros años, de 2016 a 2019, no cuentan porque completaban el mandato interrumpido de Blatter. Así que mira ya hacia 2027 como quien no quiere soltar el sillón. El poder, cuando se acostumbra al mármol, siempre encuentra una rendija.
Infantino no ha secuestrado el fútbol con botas ni con goles. Lo ha hecho con sonrisas, reglamentos, cenas, patrocinios y reverencias. Ha convertido la FIFA en una agencia de relaciones públicas del dinero global. Y cuando el fútbol deja de pertenecer a la gente, ya no queda deporte: queda una caja fuerte con himno.
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