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No vi a un presidente defendiendo al Real Madrid. Vi a un hombre de poder recordándole a una periodista cuál cree que es su sitio.
Por Javier F. Ferrero
Hay momentos en los que el poder se explica solo. No necesita informes, ni biografías, ni grandes análisis. Basta una frase. Una frase dicha con naturalidad, casi con desgana, como quien no cree estar diciendo nada grave porque lleva demasiado tiempo rodeado de gente que jamás le interrumpe.
Florentino Pérez dijo, hablando de una periodista de ABC, que era “una mujer que no sé si sabe de fútbol”. Y yo creo que ahí está todo. No en el fútbol. No en el Real Madrid. No en ABC. No siquiera en la crítica concreta que hubiera escrito María José Fuenteálamo. Está todo en esa forma de señalar. En ese “una mujer”. En esa duda sembrada como quien deja caer una piedra desde un balcón y luego finge no saber dónde ha caído.
A mí me interesa poco la liturgia blanca. Me interesa mucho más lo que revela. Porque lo que vimos el 12 de mayo no fue una defensa institucional del club más poderoso del planeta. Fue otra cosa. Fue la pedagogía del mando. Fue un señor acostumbrado a que su palabra pese más que las preguntas, más que las columnas, más que las dudas, más que las mujeres que escriben sobre fútbol sin pedir permiso a ningún patriarca de palco.
Florentino no discutió una idea. Desautorizó una presencia.
Y eso es más grave.
Porque cuando un hombre poderoso quiere desacreditar a otro hombre suele llamarlo ignorante, vendido, manipulador, enemigo, torpe o incompetente. Pero cuando quiere desacreditar a una mujer, demasiadas veces le basta con recordar que es mujer. No hace falta desarrollar demasiado. El machismo funciona así: deja caer la categoría y espera que el prejuicio haga el resto.
“Una mujer que no sé si sabe de fútbol”.
Traducido: qué hace esta aquí. Qué hace opinando. Qué hace escribiendo. Qué hace juzgando lo que, según esa vieja imaginación masculina, pertenece a los hombres que mandan, a los hombres que compran, a los hombres que firman contratos, a los hombres que hablan de estadios, de deuda, de Champions, de árbitros, de reformas, de grandeza, de historia.
Yo no sé si Florentino sabe mucho de fútbol. Sé que sabe mucho de poder. Sabe construirlo, conservarlo, administrarlo y blindarlo. Sabe convertir una presidencia en una especie de monarquía empresarial. Sabe rodearse de silencio reverencial. Sabe presentarse como víctima cuando alguien le cuestiona. Sabe hablar de campañas organizadas, de medios hostiles, de conspiraciones y de enemigos. Eso también es poder: no solo mandar, sino decidir qué críticas son legítimas y cuáles son ataques personales.
Pero hay algo que el poder nunca soporta bien. La mirada libre.
Y mucho menos si esa mirada viene de una mujer.
NO ERA FÚTBOL, ERA CLASE, GÉNERO Y PALCO
No compro la excusa del calentón. No compro eso de que “Florentino es así”. No compro la indulgencia automática que se concede a los intocables cuando se les escapa por la boca lo que otros llevan años tragando en privado. A los poderosos siempre se les interpreta. A las mujeres se les juzga. A ellos se les contextualiza. A ellas se les examina.
Qué curioso.
Si una periodista escribe algo incómodo, debe demostrar que sabe de fútbol. Si un presidente convierte una rueda de prensa en una descarga contra medios y profesionales, se analiza su estrategia. Si una columnista responde, tendrá que medir cada palabra para no parecer dolida, histérica, oportunista o resentida. Si él señala, es temperamento. Si ella se defiende, será ego.
Ese es el campo inclinado donde se juega de verdad este partido.
Y por eso este episodio me parece mucho más político que deportivo. Porque el fútbol, en España, no es solo fútbol. Es identidad, negocio, masculinidad, propaganda, dinero, televisión, obra pública, periodismo domesticado, emociones colectivas y mucho poder sin fiscalizar. El palco no es una metáfora. El palco es una estructura. Ahí se sientan quienes no necesitan gritar porque todo el mundo sabe que pueden llamar después.
Florentino Pérez lleva décadas representando una figura muy española y muy capitalista: el gestor elevado a padre, el empresario convertido en institución, el dirigente que confunde eficacia con autoridad moral. Esa figura no acepta bien la crítica porque no se ve a sí misma como parte del problema. Se ve como solución permanente. Como estabilidad. Como orden. Como grandeza.
Y cuando alguien toca esa imagen, aparece el gesto feo. No siempre brutal. A veces basta la condescendencia. “Esa niña”. “Una mujer”. “No sé si sabe”. Frases pequeñas, sí. Pero las frases pequeñas son las que sostienen edificios enormes. El machismo de despacho no siempre golpea la mesa. A veces sonríe, baja la voz y te expulsa del debate con una duda envenenada.
Lo peor no es que Florentino dijera eso. Lo peor es que demasiada gente habrá pensado que no era para tanto. Que el fútbol siempre fue así. Que tampoco hay que ponerse así. Que igual la periodista no sabía. Que igual Florentino tenía razón en el fondo aunque se expresara mal.
Ahí está el barro.
Porque el machismo casi nunca sobrevive solo por los machistas convencidos. Sobrevive por la legión de justificadores blandos. Por los que piden calma justo después del desprecio. Por los que separan artificialmente la frase del sistema que la hace posible. Por los que llaman “polémica” a lo que es una jerarquía hablando en voz alta.
Yo no voy a fingir neutralidad. No me sale. Me repugna esa arrogancia de los hombres que han acumulado tanto poder que ya no distinguen entre responder y aplastar. Me repugna esa España de palco donde el dinero compra no solo influencia, sino también paciencia social. Me repugna que una periodista tenga que salir a demostrar que sabe, que escribe, que piensa, que existe profesionalmente, mientras un presidente puede convertir una comparecencia en un tribunal personal contra quienes le incomodan.
Y me repugna, sobre todo, que el fútbol siga funcionando como una coartada sentimental para tapar formas muy viejas de dominación. Porque aquí no se estaba defendiendo al Real Madrid. Se estaba defendiendo un orden. Un orden donde unos hombres hablan desde arriba y otras personas deben agradecer que se les conceda la palabra.
María José Fuenteálamo no necesitaba el permiso de Florentino para escribir. Ninguna periodista lo necesita. Ninguna mujer necesita pasar un examen de fútbol ante un señor que habla como si el conocimiento llevara corbata, despacho y palco VIP.
A veces el problema no es que una mujer no sepa de fútbol. A veces el problema es que un hombre poderoso no soporta que una mujer sepa leerlo a él.
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