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El presidente del Real Madrid anunció elecciones, negó rumores sobre su salud y convirtió más de una hora de comparecencia en un ataque frontal contra periodistas, árbitros, rivales y cualquiera que cuestione su relato.
UN PRESIDENTE CONTRA TODOS
Florentino Pérez convocó de urgencia una rueda de prensa el 12 de mayo para anunciar elecciones en el Real Madrid. Ese era, en teoría, el motivo institucional. Pero la comparecencia acabó pareciéndose bastante más a una descarga de poder que a una explicación ante las socias y socios del club. Durante una hora y cinco minutos, el presidente habló de todo: de peleas entre jugadores, del caso Negreira, de periodistas concretos, de rumores sobre su salud, de la UEFA, de África, de ABC, de José María García y de candidatos que, según él, “amagan” pero no se presentan.
La escena fue extraña. Muy extraña. Un presidente de uno de los clubes más ricos y poderosos del planeta presentándose como víctima permanente de una conspiración casi total. El hombre que manda en el club más influyente del fútbol europeo apareció denunciando que quieren “matarlo” políticamente, que le han “robado” Ligas, que los medios fabrican caos y que deberá ser expulsado “a tiros” si alguien pretende sacarlo del cargo.
El momento de la pelea entre Valverde y Tchouaméni sirvió para abrir una grieta en el decorado. Florentino no negó el episodio. Lo normalizó. Dijo que no era la primera vez que “se pegan dos jugadores”, que “se han pegado todos los años”, que “se pegan todos los días” y que en sus 26 años no recuerda una temporada sin peleas entre futbolistas. El problema, para él, no parecía ser la violencia dentro del vestuario. El problema era que alguien lo hubiera contado. La filtración, según su lógica, era peor que la reyerta.
Ahí está buena parte del asunto. No se trataba de explicar. Se trataba de controlar el relato. El fútbol moderno no solo vende partidos. Vende reputación, silencio, obediencia, escenografía. Y cuando la escenografía se rompe, el poder no suele preguntarse qué ha fallado. Busca culpables. Periodistas, filtradores, árbitros, rivales, opinadores. Todos menos la propia estructura.
El caso Negreira ocupó otra parte central del discurso. Florentino afirmó que podría haber ganado 14 Ligas, pero que la mitad se las habían “robado”. Recordó que solo ha ganado siete Copas de Europa y siete Ligas, como si ese balance fuera una especie de penuria deportiva. También habló de un vídeo con 18 puntos supuestamente quitados esta temporada y de un dossier de 600 páginas que el club enviará a la UEFA. La denuncia puede tener recorrido jurídico o deportivo, pero el tono escogido fue el de una guerra total. Una guerra en la que el Real Madrid aparece siempre como damnificado, incluso cuando lo preside una de las figuras más poderosas del capitalismo español.
EL FÚTBOL COMO IMPERIO Y COMO COARTADA
Florentino cargó contra el Barcelona, contra el arbitraje y contra la UEFA, pero también aprovechó para rescatar el discurso de la Superliga. Dijo que habían ganado en el TJUE y vinculó ese proyecto con una promesa casi humanitaria: que “los niños de África puedan ver el fútbol gratis”. La frase merece detenerse. Porque el fútbol gratis para niñas y niños pobres suena precioso hasta que se coloca al lado del negocio real: derechos audiovisuales, plataformas, fondos, patrocinios, marcas globales y clubes convertidos en corporaciones sentimentales.
El capitalismo del fútbol siempre habla de infancia cuando quiere proteger balances. Habla de afición cuando discute cuotas de mercado. Habla de socios cuando pelea por patrimonio. Habla de tradición mientras empuja el deporte hacia un modelo donde todo se compra, todo se explota y todo se convierte en contenido. Hasta la épica.
También hubo un episodio con tintes machistas cuando, al dar paso a una periodista de ESPN, Florentino dijo: “Esa niña, que pregunte, que sois todos muy feos”. No es una anécdota menor. En una sala de prensa profesional, llamar “niña” a una periodista adulta no es simpatía castiza. Es una forma de colocarla por debajo. Otra vez el poder hablando desde arriba, como si el entorno le perteneciera.
Después llegó la parte más personal. Florentino negó tajantemente sufrir un cáncer terminal. Aseguró que su salud es perfecta y relató que amistades le habían llamado por rumores sobre una enfermedad. Ahí tenía razón en algo básico: especular con enfermedades graves para atacar a alguien es miserable. Punto. Pero incluso esa denuncia acabó mezclada con otro ajuste de cuentas, con referencias a China, a su empresa y a que el año pasado había crecido un 65%. Todo entraba en la misma máquina discursiva. Salud, negocios, fútbol, prensa, enemigos. Todo.
ABC recibió una parte especialmente larga del ataque. De los 65 minutos de comparecencia, dedicó unos 15 minutos a cargar contra el medio y contra periodistas concretos. Recordó que su padre leía ABC, que estaba suscrito desde hacía años y que ahora se daba de baja “por honrar” a su padre. También vinculó a Vocento con Relevo, habló de 25 millones perdidos y acusó a redactores de antimadridismo. Sacó el móvil. Buscó noticias. Señaló nombres. Una escena incómoda. No por falta de derecho a la crítica, sino por la desproporción del lugar desde el que se ejerce.
Florentino también recuperó su llegada al club en el año 2000, cuando dijo haber avalado “ciento setenta y tantos millones” para que pudieran cobrar Roberto Carlos o Illgner. Recordó los 66 títulos ganados entre fútbol y baloncesto. Insistió en que el Madrid pertenece a sus socias y socios. Pero ese discurso choca con la imagen de un club donde la democracia interna parece más liturgia que disputa real. Si hay elecciones, que las haya. Si hay candidaturas, que puedan competir. Sin épica de propietario ofendido.
La rueda de prensa dejó una fotografía brutal del fútbol contemporáneo: poder económico hablando como víctima, periodismo tratado como enemigo, mujeres periodistas infantilizadas, peleas normalizadas y una institución gigantesca presentada como fortaleza asediada. La gran locura no fue que Florentino hablara demasiado; fue que durante más de una hora enseñó cómo razona el poder cuando confunde crítica con traición.
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