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Bendodo dice que “no se debe mezclar el deporte con otras cuestiones” tras el gesto del jugador del Barça. El problema es que el PP lleva años usando fútbol, banderas, himnos, selecciones y leyes deportivas como campo de batalla política.
EL PROBLEMA NO ERA EL DEPORTE
Elías Bendodo ha decidido dar una lección de neutralidad deportiva a Lamine Yamal. El vicesecretario de Política Autonómica y Municipal y Análisis Electoral del PP afeó el 12 de mayo que el jugador del Barça ondeara una bandera palestina durante la celebración del título de Liga 2025/2026. “No puedo estar a favor”, dijo. Y remató con la frase de siempre: “no se debe mezclar el deporte con otras cuestiones”. La frase suena limpia. Casi institucional. Pero no lo es. Es una forma elegante de decir que hay banderas que molestan y banderas que se toleran.
Porque Lamine Yamal no insultó a nadie. No llamó a la violencia. No pidió privilegios para ningún Gobierno. No hizo propaganda de una empresa armamentística ni se puso al servicio de una campaña electoral. Ondeó una bandera palestina. Una bandera. Y eso bastó para que el PP activara el viejo manual de la derecha española: cuando una causa incomoda, se la llama “política”; cuando conviene al nacionalismo propio, se la llama “normalidad”.
Bendodo añadió que “hay muchos aficionados del Barça que no están de acuerdo”. Puede ser. También hay muchos que sí. Aina Vidal, coportavoz de En Comú, habló de “gran orgullo” como culé y defendió que aparezcan referentes del fútbol que lleven “por bandera la solidaridad y el amor por un pueblo que está siendo asesinado”. Ahí está la diferencia. Para unas personas, el gesto de Yamal fue solidaridad. Para el PP, fue una falta de protocolo emocional. Palestina no cabe en su palco.
CUANDO LA BANDERA ES ESPAÑOLA, ENTONCES SÍ
El problema del PP no es mezclar deporte y política. El problema del PP es quién lo mezcla y para qué. En 2018, Pablo Casado avaló que se requisaran camisetas amarillas a seguidores del Barça en una final de Copa del Rey. Lo justificó porque, según él, había que evitar “la utilización política” del fútbol. Hasta ahí, el sermón de siempre. Pero en la misma intervención destacó que muchos aficionados del Barça llevaban banderas de España, y lo presentó como una prueba de que el deporte estaba por encima de la confrontación política. Curioso concepto de neutralidad: camiseta amarilla, política; bandera española, convivencia.
No fue un accidente. En 2010, tras el Mundial ganado por la selección española, Soraya Sáenz de Santamaría usó el triunfo deportivo para hablar del Gobierno. Dijo que España necesitaba “más equipos como este” en el Ejecutivo, convirtió a la selección en metáfora política del mérito y el esfuerzo, bromeó con que “ayer nos dio suerte el azul” y defendió que la bandera española debía usarse “con total normalidad”. De nuevo: ahí sí se podía mezclar. Porque la mezcla era la suya.
Y antes, en 2009, Esteban González Pons proclamó desde el PP que “la política nunca debe mezclarse con el deporte” a raíz de la pitada al himno en la Copa del Rey. Pero su intervención no se quedó en el balón. Habló de partidos catalanes y vascos, de la Casa Real, del Rey, del himno, de la Constitución, de democracia y de libertad de expresión. Es decir: convirtió un partido de fútbol en un mitin sobre España. Con toga simbólica y todo.
EL DEPORTE COMO TRINCHERA TERRITORIAL
La contradicción se vuelve todavía más obscena cuando se mira la Ley del Deporte. En 2022, el Grupo Popular llamó a la norma “la Ley del Deporte de los independentistas”. Su portavoz de Deportes, Javier Merino, dijo que el PP no podía votar a favor de una ley “independentista” porque creía “en el deporte español”. También reprochó al Gobierno pactar con PNV y Bildu y defendió que la única selección de pelota debía ser la española. Eso no era hablar de deporte. Era convertir el deporte en frontera nacional.
En 2025, el PP volvió a hacerlo con su llamada Ley Feijóo del Deporte. La vendió como una norma para devolver “la unidad, seriedad e igualdad” perdidas por el supuesto “pago político de Sánchez al independentismo”. Y el discurso fue todavía más claro: “Nosotros escogemos España, escogemos principios y defendemos cada federación, cada selección, a nuestros deportistas y nuestra bandera”. No hay que interpretar demasiado. Lo dijeron ellos. Deporte, selección, bandera y nación en el mismo paquete.
La cosa llegó incluso a la Federación de Pelota. Vicente Azpitarte vinculó la presencia internacional de la selección autonómica de pelota de Euskadi con “corrupción política y económica”, acusó al Gobierno de alterar “el orden hasta en el deporte” y acabó metiendo en el mismo razonamiento presupuestos, PNV, Bildu, legislatura y Mesa del Congreso. Todo por una cuestión deportiva. Todo muy neutral, sí. Neutral como una trinchera.
Y si hace falta bajar al terreno simbólico, ahí está el PP vasco criticando en 2019 una campaña contra la Eurocopa en Bilbao porque, según denunció, se “pisoteaba” la imagen de Sergio Ramos y se atacaba a un profesional “por el mero hecho de formar parte de la selección española”. También anunció iniciativas institucionales para apoyar la celebración del torneo y la presencia de la selección. Otra vez el fútbol como campo de disputa nacional. Otra vez el deporte mezclado con identidad, territorio y relato político.
PALESTINA NO CABE EN SU NEUTRALIDAD
Por eso la frase de Bendodo no se sostiene. No estamos ante un partido que defienda la pureza del deporte frente a la política. Estamos ante un partido que quiere decidir qué símbolos pueden entrar en el deporte y cuáles deben quedarse fuera. La bandera española entra. El himno entra. La monarquía entra. La selección como idea de España entra. La batalla contra el independentismo entra. Palestina, no.
Y ahí está el verdadero escándalo. No en el gesto de Lamine Yamal, sino en la reacción del PP. Un futbolista joven levanta una bandera palestina durante una celebración y Génova habla como si se hubiera profanado un templo. Pero cuando el deporte sirve para envolver España en rojo y amarillo, para atacar al independentismo, para disputar leyes o para agitar la unidad nacional, entonces ya no hay problema. Entonces el deporte educa, une, representa, emociona y vertebra.
La neutralidad que pide el PP no es neutralidad. Es obediencia simbólica. Es pedir silencio a quien señala el genocidio y aplauso a quien ondea la bandera correcta. Es decirle a Lamine Yamal que se limite a jugar, a correr, a marcar y a vender camisetas. Que no mire al mundo. Que no tenga memoria. Que no tenga empatía pública.
Pero el fútbol nunca ha estado fuera de la sociedad. Nunca. Lo saben los clubes, lo saben las aficiones y lo sabe perfectamente el PP. Por eso se enfadan tanto cuando alguien rompe el decorado. Lamine Yamal no mezcló el deporte con la política. Solo recordó algo mucho más incómodo: que el deporte ya estaba lleno de política, pero algunos solo se escandalizan cuando aparece Palestina.
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