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La derecha agita el caos eléctrico y ferroviario para incendiarlo todo y presentarse como bombero.
El apagón eléctrico que dejó a oscuras varios puntos del Estado y la interrupción ferroviaria que afectó a miles de personas han sido el nuevo altar sobre el que PP y Vox se arrodillan para rezar su plegaria favorita: España se descompone. El problema no es técnico, ni siquiera político. Es narrativo. Porque cuando no hay alternativa que ofrecer, el siguiente paso es gritar que todo está roto y que solo tú puedes salvar los pedazos. El caos es rentable para quien no quiere gobernar, sino mandar.
Isabel Díaz Ayuso lo resumió con su habitual desparpajo de coaching neoliberal: “Todo es un caos”. No importa que las causas del apagón sean aún inciertas, ni que el sabotaje en la red ferroviaria esté siendo investigado por la Policía. Tampoco que los técnicos hayan restablecido el servicio en pocas horas o que el sistema eléctrico haya demostrado una resiliencia considerable. La consigna es clara: si España no arde, hay que prenderle fuego con titulares.
PP y Vox se han lanzado a esta cacería con entusiasmo previsible. La derecha ha aprendido de Trump, Bolsonaro y Meloni que cuando no puedes convencer, debes colapsar. El apagón y los trenes han sido usados como arma arrojadiza, no como asuntos de interés público que requieren responsabilidad institucional. Mientras Feijóo acusa al Gobierno de “inoperancia”, guarda un silencio cómplice ante el robo de cable que originó los retrasos en los trenes. Prefiere usar la metralla que condenar a quien la lanza.
El PSOE lo ha dicho sin medias tintas: carroñeros. Y no les falta razón. En lugar de condenar el sabotaje, lo usan para reforzar su relato de país fallido. No hay una sola propuesta seria para mejorar los servicios, reforzar las infraestructuras o protegerlas de ataques. Solo hay oportunismo.
LA ESTRATEGIA DEL DERRUMBE: TODO MAL PARA QUE VENGA LO PEOR
Como explicó la politóloga Carmen Lumbierres, la percepción del funcionamiento de los servicios públicos es clave en la opinión ciudadana sobre la democracia. Y eso lo saben quienes han convertido los telediarios en parte de su campaña electoral. Cuando la ultraderecha insiste en que España es un estercolero ingobernable, no describe una realidad, sino que siembra la idea de que no merece ser gobernada. Lo siguiente, claro, es reclamar mano dura, recortes de libertades y orden sin derechos.
No es casual que Vox hable de “servicios del tercer mundo”. No es una descripción: es un deseo. Porque esa es la España que quieren. La España donde solo quienes pagan tienen derechos. Donde la inmigración es un enemigo interno y el Estado solo sirve para blindar fronteras y reprimir protestas. La ultraderecha no necesita que las cosas funcionen. Necesita que parezca que no funcionan. Por eso incluso han llegado a insinuar que el apagón fue provocado por el Gobierno para tapar escándalos, como ha hecho sin pruebas Santiago Abascal. La lógica es delirante, pero eficaz: si todo es posible, nada importa. Y si nada importa, todo vale.
Como señaló el consultor Jordi Sarrión-Carbonell, el desgaste del Gobierno puede beneficiar a Vox si el PP no logra presentarse como alternativa. Y Feijóo, cada vez más atrapado en su impotencia, parece decidido a empujar al país al hartazgo para recoger los restos que deje la tormenta. Ya no finge moderación. Ya no habla de gestión. Solo grita con los suyos que España no funciona, aunque las cifras económicas digan lo contrario.
En 2024, según el FMI, España fue la economía desarrollada que más creció. Pero eso no sirve a la oposición. Necesitan pintar un país fallido, desintegrado, colapsado. Como en la famosa viñeta de Hermano Lobo en 1975: “O nosotros o el caos”. Y el pueblo responde: “El caos, el caos”. Pero resulta que ellos también son el caos.
Este es el juego peligroso de quienes están dispuestos a dinamitar la convivencia si con ello ganan una urna. El PP ya no es oposición: es una fábrica de bulos y desesperanza. Y Vox, su ala más ruidosa, solo necesita que todo se desmorone para justificar su cruzada.
El Gobierno, por su parte, trata de mantenerse a flote. Pedro Sánchez ha intentado contrarrestar el ruido con datos, con calma, con gestión. Pero en una sociedad agotada por las crisis encadenadas y una oposición que no descansa ni ante un sabotaje, el terreno se vuelve resbaladizo. El relato del desastre no necesita pruebas, solo repetición.
España no está en el caos. Pero hay quien está muy interesado en que lo parezca. Porque si hay miedo, hay votos para la reacción. Y si hay hartazgo, hay mercado para los autoritarios.
Esta no es una guerra por la electricidad, ni por los trenes. Es una guerra por el relato. Y la derecha ha decidido que el cortocircuito es su mejor bandera. Aunque nos deje a oscuras.
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