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El respaldo de Musk a Trump le pasa factura a Tesla: desplome del 71% en beneficios y protestas globales contra su figura
Tesla ha registrado una caída histórica del 71% en sus beneficios en el primer trimestre de 2025: de 1.390 millones de dólares a apenas 409 millones. La caída en ingresos ha sido del 9%. Pero lo que los titulares financieros no siempre explican es por qué: detrás del desplome no solo hay errores estratégicos o competencia china, sino una repulsa global cada vez más fuerte contra la deriva ideológica de Elon Musk.
El CEO de Tesla se ha convertido en un engranaje clave del aparato político de Donald Trump. Su implicación directa en el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), responsable de recortar a machetazos el gasto público, ha desencadenado una oleada de indignación: miles de empleadas y empleados públicos despedidos, programas sociales desmantelados, fondos de salud y educación mutilados. Musk no solo lo ha defendido, sino que lo ha impulsado con entusiasmo.
En una reciente conferencia con inversores, Musk afirmó que reducirá su implicación política para centrarse más en Tesla. Pero en la misma frase reconoció que seguirá dedicando “uno o dos días por semana” a sus tareas en Washington. Es decir: seguirá desangrando lo público mientras intenta salvar su imagen privada. Demasiado tarde.
El mercado no perdona. Las acciones de Tesla han perdido la mitad de su valor desde diciembre. La marca, que durante años se benefició del aura de la innovación y la sostenibilidad, se ha convertido en un símbolo de arrogancia tecnológica, neoliberalismo extremo y desprecio por los derechos sociales. El espejismo se ha roto.
LA CIUDADANÍA ORGANIZADA COMO CONTRAPODER
Las respuestas no se han hecho esperar. En los últimos meses, movimientos como Tesla Takedown, campañas como StopElon.eu o el colectivo Strike for the Public Good han coordinado protestas frente a concesionarios, acciones de boicot, y campañas virales en redes sociales. En más de 250 ciudades se han convocado movilizaciones que combinan la denuncia al modelo empresarial de Musk con el rechazo a su papel político.
En Alemania, las ventas de Tesla se han desplomado un 76,3%. En Francia, activistas colocan pegatinas para tapar el logo de Tesla y mostrar su rechazo sin renunciar a la movilidad eléctrica. En varios países, se han reportado sabotajes a cargadores, pintadas en coches de exposición, manifestaciones en sedes corporativas y campañas de desinversión bursátil.
Musk no ha mostrado ni un ápice de autocrítica. Según él, quienes protestan “son personas que quieren seguir recibiendo ayudas públicas fraudulentas”. El mismo hombre que ha recibido miles de millones en subsidios para sus empresas desde 2008 acusa ahora a la ciudadanía organizada de defender privilegios. El cinismo es marca de la casa.
A nivel económico, la situación de Tesla es delicada. Su vehículo estrella, el Cybertruck, ha visto cómo sus ventas se desplomaban un 50% en solo tres meses. La compañía ha tenido que ofrecer descuentos de hasta 8.500 dólares para intentar darles salida. Los beneficios del trimestre solo se han salvado gracias a los 595 millones obtenidos por la venta de créditos de emisiones a otras marcas… justo esos créditos que Trump quiere eliminar.
Mientras tanto, la promesa de un coche eléctrico barato sigue siendo humo. Tesla asegura que llegará a mediados de año, pero no ha mostrado ni un prototipo. Y el supuesto futuro de la empresa —los “Cybercabs” autónomos— está a años luz de materializarse. Waymo y otras empresas ya operan en cuatro ciudades con cientos de miles de trayectos semanales. Tesla, ni siquiera cerca.
El mito de Elon Musk, como el de tantos millonarios presentados como visionarios, se resquebraja cuando su arrogancia empieza a tener consecuencias reales. Su alianza con Trump no es solo ideológica: es una apuesta por un modelo de sociedad autoritario, antisocial y tecnocrático. Por eso el boicot duele: porque pone en jaque el relato de impunidad que lo protegía.
Tesla sigue siendo la automotriz más valiosa por capitalización bursátil, pero sus cimientos tiemblan. Cuando una empresa depende de la figura de un hombre que se cree por encima del bien y del mal, basta un espejo para empezar a destruir el imperio.
El capitalismo no teme las pérdidas. Teme el rechazo.
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