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Ayer, en el 45 aniversario del asesinato de Valentín, el Tribunal Supremo ratificó la sentencia de los seis de La Suiza, también compañeros de la CNT, por participar en piquetes informativos
Angelo Nero
Era un 25 de junio de 1979 y Valentín González Ramírez todavía tenía 20 años, le faltaba una semana para cumplir los 21, pero un policía nacional, Jesús Herraiz Requena, le disparó a bocajarro un pelotazo de goma, y ya no pudo soplar más velas. El mismo día que anunciaban el nuevo disco de Miguel Ríos, “Los viejos rockeros nunca mueren”, aunque el granadino hacía solo unas semanas que habia cumplido 35, este joven afiliado al Sindicato de Transportes de la CNT, secundaba, junto a su padre, una huelga de los trabajadores de la descarga del Mercado de Abastos de Valencia.
El derecho a huelga apenas tenía dos años y cuatro meses, después de cuarenta años de prohibición, y Valentín y medio millar de sus compañeros salieron a la calle con los zapatos nuevos de la democracia a reclamar, entre otras cosas, los salarios adeudados, formando un piquete informativo a la entrada del mercado.
Como el derecho a huelga todavía era menor de edad los policias nacionales que tenían el uniforme todavía a estrenar, -ya que un año antes todavía eran miembros de la Policía Armada franquista, los “grises”- quizás no sabían de derechos, y menos aún aquellos que pilotaban la Transición, esa truco del franquismo de “cambiar todo para que no cambie nada”, como el gobernador civil de Valencia, José María Fernández del Río quien, según todos los indicios, fue el que ordenó la carga brutal contra los trabajadores de la colla, donde fue asesinado Valentín Gónzalez. El gobernador civil todavía estuvo tres años más en su cargo, y fue cesado tras el golpe militar del 23-F, durante el cual declaró el estado de sitio en la ciudad del Turia.
La policía había cambiado de uniforme, pero seguía siendo la misma -ese mismo día 43 ayuntamientos navarros pedían la retirada de las Fuerzas de Orden Público-. Los políticos habían cambiado de partido -el de Fernández del Río, la UCD-, pero seguían siendo (muchos de ellos) los mismos. Y los muertos, como en el 36, también eran los mismos. La CNT puso miles de muertos en la defensa de la república, y miles de muertos también en la represión de la dictadura franquista, hasta practicamente hacerlo desaparecer.
Pero la CNT resurgió con fuerza tras la muerte del tirano, se opuso al sindicalismo conciliador que firmó los Pactos de la Moncloa, y en enero de 1978 tenían cien mil afiliados, cuando se produjo el montaje policial del Caso Scala que intentó acabar con la línea más combativa del movimiento obrero en el estado español. Lo consiguieron, de alguna forma, por las buenas -dopando a otros sindicatos más dóciles- o por las malas, como con el pelotazo que le reventó la vena aorta a Valentín González Ramírez, veinte primaveras que se desangraron en aquel 25 de junio de 1979 a las puertas del mercado de Valencia.
Los compañeros de Valentín dibujaron su silueta con tiza, en el lugar donde la policía acabó con su vida, hicieron un llamamiento a la huelga general, y Valencia estuvo paralizada durante dos días, siendo la mayor movilización popular que hasta el momento, casi medio millón de personas recorrieron los diez kilómetros que separaban el hospital del cementerio.
Ayer, en el 45 aniversario del asesinato de Valentín, el Tribunal Supremo ratificó la sentencia que condena a seis de sus compañeros de la CNT a penas de tres años y medio de prisión cada uno por participar en piquetes informativos, durante el conflicto laboral en la pastelería La Suiza, de Xixón, lo que supone su ingreso en prisión. 1936, 1979, 2024, la criminalización del sindicalismo combativo no cesa. “Esto es grave por un sencillo motivo: desde ahora, cualquier persona que se manifieste contra una empresa puede encontrarse en la misma situación. Hacer sindicalismo no es delito, aunque la sentencia hecha pública por el Tribunal Supremo lo ponga en duda”, destacaron desde el histórico sindicato anarquista.
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