Este medio se sostiene gracias a su comunidad. APOYA EL PERIODISMO INDEPENDIENTE .
Cuatro trabajadores pasaron 15 días encerrados a 300 metros de profundidad mientras el empresario Fernando Martínez Blanco seguía sin pagarles las 13 nóminas adeudadas. Ahora recorrerán Asturies a pie para exigir algo tan básico como cobrar por su trabajo.
Hay imágenes que explican mejor un país que cien discursos institucionales. Cuatro mineros saliendo de una explotación de carbón después de 15 días encerrados a 300 metros de profundidad, abrazándose con sus familias mientras reclaman que les paguen lo que les deben. Eso. Esa es la fotografía real de la precariedad en España. No los anuncios del IBEX, no las campañas de “marca país”, no los ministros hablando de récords económicos.
Los trabajadores de Mina Miura abandonaron este miércoles el encierro en la explotación de Tormaleo, en Ibias, pero no abandonan la lucha. Ni pueden. Porque cuando te deben 13 nóminas, lo que está en juego ya no es solo el empleo. Es la comida. El alquiler. La dignidad. La supervivencia de familias enteras en una comarca castigada desde hace años por la despoblación y la destrucción industrial.
Mañana iniciarán una marcha de aproximadamente 160 kilómetros hasta Oviedo/Uviéu. Seis días caminando para reclamar algo que debería provocar un escándalo nacional inmediato: que un empresario cumpla sus compromisos y pague salarios atrasados. Así de simple. Así de obsceno.
300 METROS BAJO TIERRA MIENTRAS EL EMPRESARIO DESAPARECE
Los nombres de los trabajadores son Santiago González, Héctor Pérez, José María Pérez Pereira y Héctor López. Han pasado dos semanas bajo tierra entre humedad, frío y agotamiento físico. Esperando una reacción. Una solución. Un gesto mínimo de responsabilidad empresarial. Nada.
Ni un euro.
Mientras ellos permanecían encerrados en la mina, el empresario Fernando Martínez Blanco seguía acumulando promesas vacías y silencio. Los mineros ya hablan abiertamente de un “empresario a la fuga”. Y cuesta discutirles el término cuando la realidad es esta: trabajadores sin cobrar durante más de un año y una empresa paralizada mientras el propietario incumple sistemáticamente lo prometido.
Porque esa es otra. Según denuncian los propios trabajadores, Martínez Blanco adquirió los derechos mineros el pasado octubre comprometiéndose a asumir las deudas salariales pendientes y a reactivar la actividad. No ha cumplido ni una cosa ni la otra.
Ni salarios. Ni empleo. Ni futuro.
A cambio, cartas ambiguas hablando de un posible ERTE que ni siquiera los trabajadores consideran fiable. El portavoz de los mineros, José María Pérez Pereira, llegó a reconocer públicamente que no descartan que todo vuelva a ser “una mentira”. Cuando la plantilla ya no cree absolutamente nada de lo que sale de la empresa, el problema no es de comunicación. El problema es estructural.
Y también político.
Porque los mineros salieron de la bocamina rodeados de vecinos, familiares, sindicatos y representantes institucionales. Muchos aplausos. Muchas fotos. Mucha declaración solemne. Pero ellos mismos lanzaron un aviso incómodo: no quieren apoyos “testimoniales”. Quieren soluciones reales. Quieren que las administraciones “remen al unísono”. Quieren dejar de escuchar palabras vacías mientras sus cuentas bancarias siguen a cero.
CAMINAR HASTA OVIEDO PARA RECORDAR QUE SIN OBREROS NO HAY COMARCA
La marcha comenzará en la Campa de Tormaleo y terminará el próximo 13 de mayo frente a la Junta General del Principado de Asturias. Allí quieren aumentar la presión institucional y social. Porque entienden perfectamente algo que demasiada gente en los despachos olvida: cuando desaparece una mina en una comarca como el suroccidente asturiano, no desaparece solo una empresa. Desaparece tejido social. Comercio. Juventud. Vida.
Por eso la rabia de los trabajadores no se limita al impago. Va mucho más allá. Hablan de empresarios “piratas”. De especulación con el sufrimiento de las familias. De impunidad.
Y cuesta no darles la razón.
Hay algo profundamente indecente en un sistema donde los trabajadores tienen que encerrarse bajo tierra y después caminar durante seis días para reclamar salarios que ya han ganado con su esfuerzo. Como si cobrar fuese un privilegio y no un derecho básico. Como si quienes levantan sectores enteros con su cuerpo tuviesen que mendigar lo que se les debe.
Pérez Pereira fue especialmente claro al reclamar que la explotación pase a manos de “empresarios dignos” capaces de mantener los empleos y sacar adelante una actividad que, según defienden los propios trabajadores, siempre fue rentable. La frase tiene más carga política de lo que parece. Porque desmonta uno de los grandes relatos del capitalismo contemporáneo: esa idea de que si una empresa fracasa siempre es culpa de los costes laborales o de los trabajadores. Aquí no. Aquí los trabajadores siguen defendiendo la mina mientras denuncian la irresponsabilidad de quien la controla.
Ellos siguen ahí. El empresario no.
Las miradas de los cuatro mineros al salir del encierro lo decían todo. Cansancio. Rabia. Desgaste. Pero también orgullo. El orgullo de quienes saben que su lucha es legítima. Y necesaria.
Porque cuando normalizamos que una plantilla pase más de un año sin cobrar, cuando aceptamos que las comarcas obreras se vacíen mientras algunos empresarios desaparecen dejando deudas detrás, lo que se está hundiendo no es solo una mina. Es la idea misma de justicia social.
Firma para apoyar la campaña para que los mineros obtengan justicia: https://resist.es/peticiones/firma-para-pago-inmediato-trabajadores-de-mina-miura/
Este periodismo no lo financian bancos ni partidos
Lo sostienen personas como tú. En un contexto de ruido, propaganda y desinformación, hacer periodismo crítico, independiente y sin miedo tiene un coste.
Si este artículo te ha servido, te ha informado o te ha hecho pensar, puedes ayudarnos a seguir publicando.
Cada aportación cuenta. Sin intermediarios. Sin líneas rojas impuestas. Solo periodismo sostenido por su comunidad.
Related posts
SÍGUENOS
Luciana Gatti entra en política porque el Congreso brasileño está legislando la catástrofe
Luciana Gatti lleva más de 30 años estudiando la Amazonia y los gases que aceleran el calentamiento global. Es investigadora principal del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, el INPE, y coordina su Laboratorio de Gases de Efecto Invernadero. No es una tertuliana reciclada, una celebridad buscando foco ni una profesional de la política fabricada en un despacho. Es una científica que ha dedicado décadas a medir cómo uno de los mayores reguladores climáticos del planeta está dejando de funcionar.
Ahora ha decidido presentarse al Congreso.
Gatti anunció el 13 de julio su precandidatura a diputada federal por São Paulo dentro del Partido Socialismo y Libertad, el PSOL. Las candidaturas deberán registrarse oficialmente antes del 15 de agosto y la primera vuelta de las elecciones brasileñas se celebrará el 4 de octubre. Su objetivo es llevar la ciencia al lugar donde se aprueban las leyes que están acelerando el desastre. Porque publicar investigaciones sirve de poco cuando quienes legislan las ignoran, las niegan o directamente trabajan para las empresas responsables.
Ecuador abandona la Amazonia al oro ilegal y deja solos a quienes la protegen
La Amazonia ecuatoriana está siendo devorada por la minería ilegal mientras el Estado llega tarde, responde a medias o directamente mira hacia otro lado. Retroexcavadoras, dragas, campamentos clandestinos y grupos armados avanzan sobre territorios indígenas y áreas protegidas. Frente a ellos, 598 guardaparques abandonados a su suerte, sin capacidad legal para incautar maquinaria y sin medios para enfrentarse a organizaciones que llevan fusiles.
En el Parque Nacional Sumaco Napo-Galeras, varios trabajadores fueron interceptados durante una inspección por hombres fuertemente armados que afirmaron proporcionar seguridad a los mineros. Les quitaron los teléfonos, el GPS y la cámara. Quienes debían representar la autoridad ambiental terminaron desarmados, retenidos y obligados a explicar qué hacían dentro del espacio que estaban protegiendo. Los delincuentes pedían cuentas a los guardaparques y no al revés.
Ayuso convierte la cultura madrileña en un photocall pagado con dinero público
La política cultural de Isabel Díaz Ayuso tiene una regla bastante sencilla: para las creadoras y creadores corrientes existen formularios, convocatorias, límites presupuestarios y meses de espera; para las celebridades dispuestas a promocionar Madrid y posar junto al poder aparecen patrocinios millonarios, espacios públicos y contratos diseñados específicamente para ellas.
No es mecenazgo. Tampoco es una defensa desinteresada de la cultura. Es dinero público utilizado para comprar prestigio, propaganda turística y fotografías institucionales. La obra artística queda reducida a soporte publicitario y las administraciones se comportan como una agencia de representación financiada por las y los contribuyentes.
Nacho Cano fue durante años el mejor ejemplo de este modelo. Ahora Woody Allen recoge el testigo con un proyecto que recibirá 3 millones de euros de la Comunidad y del Ayuntamiento de Madrid. Dos nombres famosos, dos operaciones presentadas como apoyo cultural y una misma lógica: socializar el coste para que el beneficio político y empresarial quede en pocas manos.
15.000 personas ya han visto cómo la fe se convierte en poder
El último ReportajeSR analiza cómo determinados sectores del evangelismo conservador dejaron de limitarse a los templos para convertirse en una maquinaria política al servicio de la extrema derecha. De Trump a Bolsonaro, de Milei a Vox: redes comunitarias, guerras culturales, dinero, medios y religión convertidos en infraestructura electoral.
Presentado por Léa Gugelmann, el reportaje ya ha superado las 15.000 visualizaciones desde su estreno. Porque para entender el auge de la extrema derecha no basta con mirar a sus candidatos: también hay que observar quién construye sus discursos, moviliza sus bases y presenta el autoritarismo como una misión divina.
Vídeo | Sadismo en primera persona
Un turista graba el encierro de San Fermín como si estuviera en una atracción. Adrenalina, golpes, risas y animales convertidos en decorado para conseguir un vídeo viral. No está viviendo una tradición: está consumiendo sufrimiento como entretenimiento.
Además, corre con una cámara cuando está prohibido hacerlo, poniendo en peligro a quienes tiene alrededor. La turistificación añade otra capa de irresponsabilidad a una barbaridad ya normalizada: venir, beber, molestar, jugar con la vida ajena y marcharse con unos cuantos clics. El sadismo también se graba en primera persona.
Seguir
Seguir
Seguir
Subscribe
Seguir