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El presidente argentino pasa de la soberbia a la súplica: su economía depende ya de Washington.
EL MITO DE LA MOTOSIERRA Y SU FRACASO
Durante meses, Javier Milei fue el fetiche de la ultraderecha global. El liberticida argentino blandía una motosierra para simbolizar su cruzada contra el Estado social. Se le aplaudía en Wall Street y se le veneraba en París, donde hasta el hijo de Sarkozy le dedicaba entrevistas melosas. Su relato parecía inquebrantable: devaluación del peso en diciembre de 2023, caída abrupta de la inflación y un supuesto “milagro” económico.
En agosto de 2025 la inflación interanual bajó al 33,6 %, frente al 209 % de un año antes. Pero ese espejismo ocultaba una realidad más cruda. El PIB seguía por debajo de los niveles de 2022, las inversiones extranjeras nunca llegaron y la industria se desplomó un 4,3 % entre diciembre de 2024 y junio de 2025. Las exportaciones pasaron de representar el 22,4 % del PIB en 2024 al 21,8 % en 2025.
El modelo no cambió. Argentina continuaba atrapada en la dependencia de las materias primas agrícolas y en la importación de manufacturas. El supuesto regreso de la “confianza” era humo. La motosierra cortó salarios, no privilegios; cercenó gasto público, no corrupción.
El resultado fue un círculo vicioso: capitales fugándose, reservas de divisas evaporándose y un peso que se hundía pese a las intervenciones desesperadas del Banco Central. Desde abril, la moneda perdió un 37 % de su valor. Hoy un dólar ya supera los 1.475 pesos. Desde la llegada de Milei a la Casa Rosada, el peso se ha devaluado un 75 %.
La historia es la misma de siempre en América Latina: promesas de “ordenar la economía”, deuda externa como droga de emergencia y la población pagando el precio de un experimento neoliberal.
TRUMP, EL ÚLTIMO SALVAVIDAS
El 7 de septiembre Milei recibió un golpe devastador: en las elecciones de la provincia de Buenos Aires, el peronismo arrasó con el 47 % frente al 34 % de La Libertad Avanza. El relato del “milagro” se derrumbó. En paralelo, las reservas del Banco Central cayeron por debajo de los 20.000 millones de dólares, un nivel crítico.
La motosierra se convirtió en un lastre político y económico. El Fondo Monetario Internacional, que en abril había inyectado 40.000 millones de dólares, se mostró incapaz de seguir sosteniendo la ficción. Los dólares desaparecían a la velocidad de la fuga de capitales: 10.000 millones salieron del país solo entre abril y mayo.
En este escenario, Milei acudió a su verdadero protector. El 22 de septiembre, el secretario del Tesoro de EE. UU., Scott Bessent, anunció que Washington ofrecería “todas las opciones” a Milei. Al día siguiente, el liberticida viajó a la capital estadounidense a rendir pleitesía a Donald Trump.
La operación es clara. Trump no pretende salvar a Argentina, sino convertirla en pieza de su tablero geopolítico. El país sudamericano, con petróleo, gas y litio, será mercado abierto para las corporaciones estadounidenses. La “ayuda incondicional” es un eufemismo: la condición es la subordinación total.
Argentina se transforma en Estado cliente. Milei lo venderá como “defensa de la libertad”, pero lo que está en marcha es un nuevo saqueo. Washington se asegura un aliado sumiso frente al Brasil de Lula y Milei obtiene oxígeno electoral para los comicios del 26 de octubre.
La motosierra ya no corta, pero el garrote de Trump se alza. Lo que sigue será más deuda, más recortes y más represión. El país está a un paso de convertirse en un protectorado económico con bandera ajena.
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