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Un blanco estadounidense asesinó a dos migrantes y dejó heridos a otros antes de quitarse la vida. Mientras tanto, el Gobierno de EE UU sigue obsesionado con blindar las fronteras y no con detener la espiral de violencia que él mismo alimenta.
EL ATAQUE Y LAS VÍCTIMAS
El miércoles 24 de septiembre, a las 7 de la mañana, Dallas amaneció con sirenas y disparos. Desde la azotea de un edificio cercano, Joshua Jahn, un hombre blanco de 29 años, abrió fuego contra las oficinas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). El resultado: un migrante muerto y dos más heridos, uno de ellos de nacionalidad mexicana. Minutos después, el atacante se quitó la vida. Ningún agente federal resultó herido.
Las contradicciones oficiales marcaron la jornada. Primero se habló de dos muertos, luego de uno. Las autoridades del Departamento de Seguridad Nacional se enredaron en versiones mientras el FBI confirmaba que las balas halladas junto al cuerpo de Jahn contenían mensajes de odio contra el ICE. Una violencia que apunta a la maquinaria migratoria, pero que golpea a los eslabones más débiles: personas encerradas en los engranajes de un sistema diseñado para criminalizar la pobreza y la migración.
Los inmigrantes afectados se encontraban en el área del “sally port”, un espacio de tránsito donde las y los detenidos esperan su traslado a cárceles de migrantes. Esa oficina de ICE no es un centro de detención permanente, pero representa la antesala del encierro. Allí, el azar y la brutalidad decidieron quién vivía y quién moría.
UN PATRÓN DE VIOLENCIA EN TEXAS
No es un hecho aislado. En lo que va de 2025, al menos tres ataques armados se han dirigido contra instalaciones de ICE o de la Patrulla Fronteriza en Texas. El 4 de julio, varios tiradores abrieron fuego contra un centro de detención en Alvarado; el 7 de julio, otro hombre disparó contra agentes en McAllen; y el 25 de agosto, un estadounidense de 36 años fue arrestado tras amenazar con detonar una bomba en la misma oficina de Dallas que hoy es escenario de duelo.
Texas es un laboratorio del odio, donde el trumpismo ha convertido la xenofobia en política de Estado. La gobernación de Greg Abbott y la agenda de deportaciones masivas de Donald Trump alimentan una atmósfera en la que los migrantes son tratados como invasores. El resultado es previsible: el racismo armado encuentra terreno fértil para disparar contra personas desarmadas.
La respuesta institucional insiste en reforzar la seguridad del ICE. El vicepresidente J. D. Vance pidió “poner fin a los ataques obsesivos contra las fuerzas del orden”. El gobernador Abbott prometió que “Texas apoyará plenamente al ICE” y que nada detendrá las detenciones y deportaciones. Ni una palabra sobre las víctimas, sobre el miedo sembrado en familias migrantes, ni sobre la responsabilidad política en una violencia que crece día a día.
El presidente Trump, tan rápido en alardear en redes de cualquier otro asunto, ha preferido callar. Un silencio que también es una declaración.
LA DOBLE MORAL Y EL COSTE HUMANO
El perfil del atacante derrumba la narrativa oficial. No era un “inmigrante ilegal”, no era un afroamericano, no era un transgénero. Era un hombre blanco nacido en Estados Unidos, criado en Texas y Oklahoma. El mismo perfil que protagoniza la mayoría de los tiroteos masivos en el país. Pero el discurso dominante seguirá apuntando a otras comunidades, criminalizando a quienes llegan buscando sobrevivir.
El Gobierno de México ya ha confirmado que al menos uno de los heridos es de nacionalidad mexicana. Miles de familias migrantes viven cada día con el temor de ser deportadas o de morir en el intento de cruzar una frontera que les ofrece cárcel o bala. En medio de esta crisis, no suena descabellado que México emita una alerta de viaje hacia Estados Unidos, un país donde los tiroteos masivos superan los días del calendario.
La contradicción es obscena: Estados Unidos exige seguridad fronteriza mientras no puede garantizar la vida de quienes pisa su suelo. Se protege más a las armas que a las personas. Y quienes terminan pagando el precio son las y los migrantes, convertidos en carne de cañón de un sistema que se alimenta del odio y de la sangre.
Porque en Dallas no murió solo un inmigrante. Murió la prueba de que la violencia no necesita papeles para disparar, pero sí encuentra siempre a los mismos cuerpos para caer sobre ellos.
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