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Del lujo inmobiliario al diseño geopolítico: el yerno de Trump que reescribe Oriente Medio a medida de los colonos y los fondos de inversión.
UN NEGOCIO DE GUERRA Y CONSTRUCCIÓN
Jared Kushner nunca fue diplomático. Fue promotor inmobiliario, especulador y heredero de una fortuna manchada por evasión fiscal. Desde ese perfil nació su plan para “la paz” en Oriente Medio. Lo que en realidad vendía era la colonización del siglo XXI, legitimada con el lenguaje del desarrollo y el capital.
El actual proyecto para Gaza, respaldado por Donald Trump y aplaudido por Benjamin Netanyahu, lleva su sello. Kushner ha reactivado su influencia desde la sombra, reuniéndose con el Gobierno israelí y colaborando con Tony Blair, todavía marcado por la invasión de Irak. Juntos, presentan su plan como una “reconstrucción posguerra”. Pero detrás del eufemismo hay un intento claro de convertir la Franja en un territorio tutelado, desmilitarizado y abierto al negocio extranjero.
Desde hace meses, Kushner se ha sentado en las reuniones del gabinete israelí, mientras la cifra de asesinatos en Gaza supera las 67.000 personas. En Tel Aviv, habló de “valores” y “resiliencia” mientras el ejército israelí arrasaba hospitales y campos de refugiados. Para él, la devastación no es una tragedia: es un punto de partida para invertir.
Su modelo de paz es el de los rascacielos: limpiar el terreno, desalojar a la población y vender el espacio reconstruido a quienes puedan pagarlo. Lo hizo en Manhattan. Lo aplica ahora sobre Palestina.
DE LOS ACUERDOS DE ABRAHAM AL PLAN DE LOS COLONOS
En 2019, Kushner presentó su hoja de ruta bajo el título “Peace to Prosperity”. El nombre ya era un insulto. Prometía un Estado palestino a cambio de la rendición total: sin ejército, sin fronteras, sin derecho de retorno y sin soberanía real. Israel mantendría el control de seguridad, el Valle del Jordán y el 97% de los asentamientos ilegales en Cisjordania. A cambio, ofrecía una lluvia de dinero —50.000 millones de dólares— procedente de inversores del Golfo.
El plan fue rechazado por la Autoridad Palestina, pero aplaudido por los fondos. Kushner no se detuvo: impulsó los Acuerdos de Abraham, por los cuales Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Marruecos normalizaron sus relaciones con Israel en 2020. Arabia Saudí estaba a punto de hacerlo cuando estalló el actual asedio a Gaza.
La operación fue presentada como diplomacia. En realidad fue una alianza regional de élites financieras para blanquear el apartheid israelí y consolidar el dominio económico de Estados Unidos en la región.
Tras dejar la Casa Blanca, Kushner fundó el Abraham Accords Peace Institute, que este año ha sido absorbido por la Heritage Foundation, el think tank ultraconservador que impulsa el Project 2025, la hoja de ruta para desmantelar el Estado federal estadounidense y devolver el poder político al capital privado.
Todo queda en familia: antiguos asesores del Consejo de Seguridad Nacional y directores del propio instituto ocupan ahora puestos clave en la futura administración trumpista. Kushner, como “voluntario” del Gobierno, evita cualquier control ético o fiscal. Se reúne con líderes árabes, cierra acuerdos energéticos y prepara el terreno para una nueva economía del despojo: reconstruir Gaza sin palestinos.
UNA “PAZ” HECHA DE CEMENTO Y APARTHEID
Lo que Kushner llama paz es la continuidad del proyecto colonial israelí. Su plan elimina el derecho al retorno de 5,6 millones de refugiadas y refugiados palestinos, borra su estatus legal y les condena al olvido. Es un rediseño geopolítico de Oriente Medio en clave neoliberal: donde antes había pueblos, habrá infraestructuras; donde hubo resistencia, habrá turismo.
No se trata de reconciliación, sino de urbanismo armado. Gaza se presenta como un terreno baldío para el capital. Un laboratorio donde se ensaya el futuro del capitalismo autoritario: control absoluto del territorio, disolución del derecho internacional y privatización de la reconstrucción.
Kushner es el rostro amable de ese modelo. No bombardea, invierte. No ordena ataques, diseña planes. No habla de genocidio, sino de “reconfiguración”. Pero su legado no será la paz, sino el apartheid definitivo, legalizado, firmado y financiado por las potencias que aún se atreven a llamarse democracias.
La diferencia entre Jean-Yves Ollivier —el empresario francés que ayudó a desmantelar el apartheid sudafricano— y Jared Kushner es abismal. Uno negoció para liberar. El otro negocia para perpetuar el cautiverio.
El mundo lo llama plan de paz. Palestina lo reconocerá como lo que es: un plan de ocupación con fachada de progreso.
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