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De salvador anticasta a sospechoso de corrupción: el mito Milei se desmorona con la misma velocidad con la que fue fabricado.
DE CANDIDATO MILAGRO A PRESIDENTE MERCANCÍA
En menos de dos años, Javier Milei pasó de ser el “mesías anticasta” al presidente cercado por acusaciones de corrupción, caos económico y una creciente bronca social que ya no se puede ocultar. El contraste es tan brutal que hasta sus antiguos fans repiten resignados que “era obvio”.
Su ascenso fue el guion perfecto de un reality político. La televisión lo moldeó como un personaje extremo, gritón, con frases que sonaban a revolución pero que escondían un programa económico dictado por el manual neoliberal más cruel. Las cadenas lo repetían a todas horas: el león contra la casta, el loco que decía verdades incómodas, el outsider que venía a dinamitar privilegios. Los medios fabricaron un mito con rating, y el mito acabó en el sillón de Rivadavia.
El Milei candidato era un espectáculo rentable. El Milei presidente, en cambio, se encontró con la realidad de gobernar un país con 45 millones de personas, una inflación desbocada y un Estado que no se arregla con motosierra en un plató. El discurso del hombre incorruptible que venía a acabar con los privilegios se desmoronó en pocos meses, cuando su hermana Karina —presentada como la figura austera que lo cuidaba de todo mal— quedó señalada en una presunta red de sobornos. El “nada gratis” que ella repetía en campaña ahora suena a confesión involuntaria.
El propio Milei terminó rodeado de los mismos que decía combatir. Empresarios, políticos de siempre y operadores judiciales ocupan los despachos de su gobierno. La motosierra nunca tocó los privilegios del poder: solo cayó sobre jubilados, estudiantes y trabajadoras.
DE FANATISMO A DECEPCIÓN COLECTIVA
Lo más demoledor no es solo la crisis económica, sino la fractura simbólica. Ese electorado que lo adoraba como salvador ha comenzado a despertar con una mezcla de rabia y vergüenza. Pasaron de los cánticos en plazas y estadios a los cacerolazos frente a la Casa Rosada. Pasaron de los carteles de “Viva la libertad, carajo” a las pintadas que lo llaman estafador.
El fenómeno Milei tuvo algo de religión. El “mesías liberticida” prometía expulsar demonios y abrir una era nueva. Muchos lo creyeron. Pero la fe se quebró cuando vieron que detrás del rugido solo había humo. El Milei que decía ser un león terminó comportándose como un político domesticado, balbuceando excusas mientras se rodeaba de la misma casta a la que juró destruir.
La frase que más se repite en la calle es la más letal para cualquier dirigente: “era obvio”. Era obvio que no había un plan serio para bajar la inflación en 24 horas. Era obvio que los gritos no sustituyen a la gestión. Era obvio que el hombre que vende entrevistas, entradas y actos no podía ser inmune a la lógica de los negocios turbios.
El paso del fanatismo a la decepción colectiva no es nuevo en la política argentina, pero pocas veces se dio con tanta rapidez. En menos de un año, Milei perdió lo único que lo sostenía: la épica del outsider incorruptible. Hoy es apenas un presidente más, con el agravante de que en su cruzada de humo dejó al país más endeudado, más desigual y más dividido.
Las y los trabajadores del sector público, que vieron salarios pulverizados. Las y los docentes y estudiantes, que sufren universidades desfinanciadas. Las enfermeras y enfermeros, que enfrentan hospitales colapsados por los recortes. Cada sector social acumula motivos para sentirse traicionado. Y todos confluyen en la misma conclusión: el león no rugía contra la casta, rugía contra el pueblo.
LA RUPTURA DEL RELATO
El mito Milei funcionaba porque encajaba en la narrativa global de la ultraderecha. Era el argentino excéntrico que imitaba a Trump y Bolsonaro, el showman que hablaba con perros muertos y prometía liberar al país con insultos televisados. Pero el relato se quiebra cuando las promesas se enfrentan a la vida real.
Los supuestos logros de su política económica —presentados con gráficos y gritos en cadena nacional— chocan con el dato irrebatible: la pobreza aumentó, el desempleo creció y la desigualdad se profundizó. Mientras tanto, los amigos del poder se enriquecieron y la corrupción volvió a ocupar portadas con nombres y apellidos del propio entorno presidencial.
Lo que queda ahora es un vacío. La épica del mesías anticasta murió. El Milei que se presentaba como el terror de los poderosos es hoy un presidente débil, sostenido por pactos con los mismos poderes fácticos que decía combatir. La decepción es tan grande que ni siquiera sus seguidores más fanáticos logran justificarlo sin caer en el ridículo.
No es casual que su imagen pública se haya desplomado en los sondeos. El despertar colectivo tiene algo de catarsis: millones empiezan a admitir que se dejaron engañar por un vendedor de humo que usó la bronca como trampolín.
Y aunque intente seguir disfrazándose de león, lo cierto es que Milei ya no es el mesías anticasta. Es un político más, embarrado en corrupción, incapaz de cumplir sus promesas, con el agravante de haber dejado al país más roto que antes.
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