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Las mentiras de Washington buscan justificar una invasión para robar el mayor tesoro energético del planeta.
LA GUERRA CONTRA LAS DROGAS COMO COARTADA IMPERIAL
El 21 de agosto la Casa Blanca anunció el despliegue de tres buques de guerra frente a las costas de Venezuela. El gesto fue acompañado de declaraciones altisonantes: Nicolás Maduro sería jefe del “cártel de los Soles”, narcoterrorista global y hasta aliado del cartel de Sinaloa. La acusación no se sustenta en informes sólidos ni en investigaciones de la ONU. De hecho, el último World Drug Report de Naciones Unidas no señala a Venezuela como un nodo central del narcotráfico internacional. El propio gobierno de México negó la supuesta conexión con el cartel más poderoso de su territorio.
Washington recurre a un guion ya usado en otras latitudes. En 1989, la invasión a Panamá se justificó con la necesidad de capturar a Manuel Noriega, acusado de narcotráfico. Afganistán fue presentado como un “santuario del opio” que financiaba al terrorismo. En Cuba, desde hace décadas, se han lanzado insinuaciones sin pruebas de vínculos con redes de droga. La retórica es siempre la misma: fabricar un enemigo vinculado al negocio de la cocaína y la heroína para vender a la opinión pública estadounidense una intervención militar como una cruzada moral.
La realidad es que el principal consumidor mundial de drogas es Estados Unidos. Más de 100.000 personas murieron allí en 2023 por sobredosis, la mayoría de opioides sintéticos producidos dentro de su propio territorio. Pero en lugar de mirar hacia sus farmacéuticas y sus redes internas, Washington prefiere apuntar con el dedo hacia el sur y preparar otra aventura bélica.
EL PETRÓLEO COMO BOTÍN DE GUERRA
Venezuela tiene la mayor reserva de crudo del planeta: 299.953 millones de barriles, un 18,17% de las reservas mundiales. Por delante de Arabia Saudí, Canadá o Irán. Ese dato basta para comprender la obsesión de Donald Trump, que ya en 2023 se quejaba de que su país tuviera que comprar petróleo a Caracas. “Si yo estuviera en el poder, habríamos tomado Venezuela y todo ese petróleo estaría al lado”, dijo en un mitin.
El relato del narcotráfico es un disfraz. Lo que se persigue es el control directo del recurso energético más codiciado. Mike Pompeo, secretario de Estado en la primera presidencia de Trump, lo reconoció con una frialdad escalofriante: las sanciones no buscaban combatir la corrupción, sino empujar al pueblo venezolano a rebelarse por hambre. Es decir, utilizar la miseria como arma de guerra económica.
El resultado ha sido devastador: caída histórica del PIB, hiperinflación, éxodo de millones de personas y un deterioro brutal de los servicios básicos. Todo diseñado desde Washington y aplaudido por Bruselas, siempre sumisa.
Hoy, con el envío de destructores a las aguas caribeñas, el guion se repite. La Casa Blanca habla de “liberar a Venezuela del narco-régimen”, pero lo que realmente se prepara es un escenario parecido al de Irak en 2003. El Washington Office on Latin America lo advirtió con claridad: una guerra de cambio de régimen acabaría dejando a Estados Unidos gestionando un país empobrecido, con instituciones rotas y frente a una insurgencia compuesta por militares leales, grupos criminales y guerrillas colombianas.
La intervención, de producirse, no llevaría democracia ni estabilidad, sino una catástrofe humanitaria comparable a Siria o Irak.
EL SUR GLOBAL NO SE CALLA
Nicolás Maduro respondió a las amenazas movilizando a 4,5 millones de milicianos en todo el país. Colombia, gobernada por Gustavo Petro, lanzó una advertencia que sintetiza el riesgo regional: “Los gringos están locos si creen que invadir Venezuela resolverá su problema. Arrastrarán a Colombia también a una guerra tipo Siria.”
La voz de China se sumó de inmediato, acusando a Estados Unidos de violar la Carta de la ONU y de pretender “una intervención armada inaceptable contra la soberanía de un Estado miembro”. Pekín dejó claro que no permitirá un desembarco militar estadounidense en el Caribe sin respuesta.
Los movimientos pacifistas de Estados Unidos, como CodePink, denuncian esta estrategia como una “militarización temeraria” que solo acerca a la región al abismo. Denuncian además el cinismo de un país que destruyó Irak en nombre de armas inexistentes y hoy repite la fórmula con la etiqueta de “narcoestado”.
El imperio necesita enemigos para justificar sus guerras. Venezuela no es un cártel: es un país con petróleo. Y esa es su verdadera condena.
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