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El jurado deliberará sobre el asesinato de Samuel Luiz, mientras las calles recuerdan el crimen homófobo que marcó un antes y un después.
La madrugada del 3 de julio de 2021 marcó una herida en la historia reciente de A Coruña. Samuel Luiz, un joven que sostenía una videollamada frente al paseo marítimo, fue brutalmente atacado al grito de “maricón”. Este crimen, cuya evidente motivación homófoba movilizó a miles, desenmascaró una sociedad que, aunque presume de avances en derechos, continúa albergando prejuicios letales. El sistema judicial, una vez más, está llamado a decidir si el odio será nombrado como tal o si la violencia queda diluida en tecnicismos legales.
Durante semanas, la Audiencia Provincial de A Coruña ha sido el epicentro de un juicio que no solo busca depurar responsabilidades individuales, sino también cuestionar los valores que sostienen un sistema incapaz de proteger a las y los más vulnerables. Los acusados, un grupo de cinco personas, han buscado desligarse de los hechos o minimizar su rol en una noche que terminó con la muerte de Samuel. Pero, como ha recordado la acusación, «lo que te gritan mientras te matan importa». Y a Samuel lo mataron con insultos que dejaban poco margen a la interpretación: fue una cacería homófoba.
Sin embargo, el debate en la sala ha girado en torno a tecnicismos, agravantes y atenuantes, relegando al olvido la naturaleza estructural de esta violencia. La defensa de uno de los principales acusados, Diego Montaña, ha llegado a rechazar el contexto homófobo bajo el pretexto de que el ataque fue fruto de un malentendido por una videollamada. Reducir un crimen de odio a un error de percepción no solo desdibuja la verdad, sino que perpetúa un mensaje de impunidad para quienes ejercen violencia por discriminación.
UN SISTEMA QUE AMPARA LA INDIFERENCIA Y LA VIOLENCIA
El asesinato de Samuel Luiz no es un hecho aislado, sino el reflejo de un sistema que normaliza la violencia hacia quienes se salen de los moldes heteropatriarcales. Este juicio, además, pone en evidencia las grietas de un sistema judicial que, lejos de garantizar justicia, sigue atascado en un modelo que prioriza los derechos de los agresores sobre los de las víctimas. ¿Por qué sigue siendo tan difícil llamar al odio por su nombre?
La homofobia y la misoginia no son meros prejuicios individuales, sino pilares de un modelo social que legitima la discriminación. No se trata solo de los gritos de “maricón” que acompañaron la paliza mortal, sino de cómo las instituciones tratan a las víctimas y sus familias. Desde los procesos judiciales hasta el tratamiento mediático, la carga recae una y otra vez sobre quienes son objeto de odio y violencia.
Mientras tanto, en el juicio, los abogados defensores han recurrido a estrategias que rozan la burla hacia la memoria de la víctima. Uno de ellos llegó a calificar a su cliente como “un chorizo y un tonto”, pero no un asesino. En otro momento, se sugirió que la orientación sexual de Samuel Luiz era irrelevante, como si el insulto que acompañó los golpes pudiera ser desvinculado del contexto. La banalización del odio en las salas de justicia no es solo un insulto a las víctimas, sino un mensaje de permisividad para quienes perpetúan la violencia.
En este escenario, el papel del jurado popular será determinante. Tienen en sus manos la oportunidad de sentar un precedente que nombre al odio por lo que es y otorgue a Samuel Luiz la justicia que merece. Sin embargo, como tantas otras veces, queda la duda de si el peso de las estructuras discriminatorias logrará diluir la responsabilidad de los agresores en un mar de atenuantes.
El grito de “justicia para Samuel” sigue resonando en las calles porque, para miles, su muerte no fue un hecho aislado. Fue el resultado de una sociedad que sigue permitiendo que las vidas no normativas sean tratadas como descartables. Si algo queda claro en este juicio es que la violencia no es solo de quienes la ejercen directamente, sino también de un sistema que la tolera y la perpetúa.
No habrá justicia si se ignora lo que gritaron mientras lo mataban.
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