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La ocupación israelí ya no se disfraza de defensa: se presenta como derecho permanente a destruir, desplazar y decidir quién puede vivir en su propia tierra.
EL ALTO EL FUEGO QUE ISRAEL USA COMO PAPEL MOJADO
El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, lo dijo sin demasiados rodeos el 15 de junio: Israel “no se retirará de las zonas de seguridad en el Líbano sin límite de tiempo”. La frase no era un desliz. Era un programa político. Una declaración de ocupación indefinida pronunciada justo cuando el preacuerdo de paz entre EEUU e Irán, alcanzado en la madrugada de ese mismo 15 de junio, incluía el fin de las hostilidades en el sur de Líbano.
La trampa es vieja. Se firma una tregua, se invoca la seguridad, se bombardea igual. Tel Aviv y Beirut habían anunciado un alto el fuego el 16 de abril, pero esa tregua nació torcida. No incluyó a Hezbolá en la mesa y dejó abierta una puerta enorme: Israel podía actuar en “defensa propia” ante amenazas inminentes. Ya sabemos cómo traduce Israel esa cláusula. Amenaza inminente significa lo que convenga. Defensa propia significa ataque preventivo. Seguridad significa ocupación.
Desde entonces, los ataques no han cesado. El sur de Líbano se ha convertido en un laboratorio más de la doctrina israelí: castigo colectivo, demolición de infraestructuras civiles, desplazamiento forzado y una línea invisible que la población local no puede cruzar sin convertirse en objetivo. Gaza como método. Líbano como siguiente escenario.
Las cifras son una bofetada. La guerra entre Israel y Hezbolá en Líbano, derivada de la agresión lanzada por EEUU e Israel contra Irán el 28 de febrero, ha dejado 3.711 muertos y 11.483 heridos en el lado libanés, según datos del 11 de junio del Ministerio de Salud Pública de Líbano. Entre las personas muertas hay 247 menores. Casi 250 niños y niñas. La palabra daño colateral aquí es una obscenidad.
También hay alrededor de 700.000 personas libanesas desplazadas, según estimaciones de ACNUR. Algunas no volverán nunca. Porque no se desplaza solo a la gente: se destruye la posibilidad material del regreso. Según el Programa de la ONU para el Desarrollo, las fuerzas israelíes han destruido unas 464 infraestructuras, muchas de ellas civiles. Y una investigación de Bellingcat ha documentado que al menos 46 de las 54 ciudades y pueblos del territorio libanés ocupado por las IDF han sufrido daños graves o han quedado completamente arrasados.
No es una operación quirúrgica. Es una amputación territorial. Del lado israelí, los ataques de Hezbolá han causado la muerte de 30 soldados israelíes y tres civiles, según The Guardian a 9 de junio. También importan esas vidas. Precisamente por eso hay que decirlo claro: la seguridad de una población no puede construirse sobre la devastación permanente de otra.
LA PAZ ESTORBA A NETANYAHU
El sur de Líbano se ha convertido en una pieza central de la paz regional porque Irán ha buscado incluir el fin de las hostilidades en todos los frentes dentro del acuerdo con EEUU. Y ahí aparece el problema. Para Israel, la paz no siempre es una buena noticia. Para Netanyahu, muchas veces es una amenaza. Una guerra abierta permite aplazar responsabilidades, cerrar filas, alimentar miedo y mantener en marcha una maquinaria política que necesita enemigos como necesita oxígeno.
Leyla Hamad Zahonero, politóloga e investigadora asociada del CEARC, lo resume con crudeza: EEUU es el único actor con capacidad real para frenar a Israel. Europa llama, ruega, lamenta, se fotografía con cara seria y vuelve a comprar tiempo. Los países árabes presionan, pero chocan con la arquitectura de impunidad que Washington ha sostenido durante décadas. Si Israel sigue actuando como si el derecho internacional fuera un trámite para débiles, no es solo por Netanyahu. Es porque se lo han permitido.
El 13 de junio, una hora antes de que EEUU e Irán alcanzaran un memorándum de entendimiento, Israel atacó un cuartel general de Hezbolá en Beirut. Murió el jefe de telecomunicaciones de la milicia chií. Donald Trump, según Axios, dijo estar “muy cabreado” con Netanyahu y le acusó de no tener “ningún puto criterio”. La escena tiene algo de grotesco: el pirómano principal del orden mundial llamando imprudente a su socio más incendiario.
Pero aquí no hay inocentes en la cúspide. Trump no se ha convertido de pronto en garante de la paz. Ha entendido que la guerra desgasta. Su popularidad ronda el 35% desde mayo, según Reuters/Ipsos, su peor cifra desde el inicio del mandato. Y las elecciones de medio mandato en noviembre pesan. Netanyahu también mira al calendario: tiene elecciones en octubre. Dos líderes reaccionarios, dos cálculos internos, miles de muertos en medio. Así funciona el mundo cuando la geopolítica se administra como una cuenta de resultados.
En Israel, el clima belicista ha tenido apoyo social. A principios de mayo, el Instituto de Democracia de Israel de la Universidad de Tel Aviv señalaba que el 64% de la población israelí apoyaba sin fisuras la guerra contra Irán y otro 18% la respaldaba parcialmente. El Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de Israel publicó el 12 de abril otro dato demoledor: el 69% de las y los israelíes apoyaba continuar la campaña en Líbano independientemente de lo que ocurriera en Irán.
Ese es el suelo político sobre el que Netanyahu pisa. No está solo. No actúa en el vacío. Lo sostiene una coalición de ultraderecha, militarismo, miedo social y colonialismo normalizado. Y lo acompaña un proyecto más amplio: el llamado Gran Israel, descrito por Moisés Garduño, miembro del Consejo Académico del CEARC, como un proyecto territorial expansionista y maximalista. Fronteras flexibles, hechos consumados, israelización del territorio. Dicho de forma menos académica: ocupar primero, justificar después.
Líbano tiene además una carga simbólica para Israel. En los años noventa, Hezbolá logró derrotar a Israel tras 15 años de enfrentamientos y matanzas. Fue la única guerra que Israel perdió formalmente desde su fundación en 1948. Ahora, como plantea Hamad Zahonero, Israel intenta cerrar aquella herida histórica. Acabar lo que no pudo terminar entonces. Y lo hace con una receta ya conocida: convertir zonas enteras en lugares inhabitables.
Gaza está ahí como advertencia. Desde octubre de 2025, la reducción relativa de la intensidad de los ataques no ha significado paz, sino cronificación del horror. Bajo un supuesto alto el fuego, la comunidad internacional ha ido normalizando los ataques contra población civil. El último citado mató a una enfermera y a su hijo menor. Las enfermeras y enfermeros, las niñas y niños, las familias enteras convertidas en notas al pie de una diplomacia que siempre llega tarde y siempre habla bajo.
Los ataques de EEUU e Israel contra Irán también han empeorado la vida en Gaza: menos ayuda humanitaria, menos evacuaciones médicas, más abandono. La guerra se expande y la compasión oficial se contrae. Es la lógica imperial de siempre. Un mapa lleno de recursos, corredores, bases, alianzas y zonas de influencia. Y debajo, la gente. La gente que muere, huye, cava entre escombros o espera una ambulancia que quizá no llegue.
Ahora la pregunta no es si Israel quiere quedarse en el sur de Líbano. Ya lo ha dicho. La pregunta es quién va a impedírselo. Y, sobre todo, cuánto tiempo más aceptará la comunidad internacional que un Estado convierta cada frontera en una coartada y cada tregua en una pausa administrativa para seguir destruyendo.
A esto no se le llama seguridad: se le llama impunidad armada con permiso occidental.
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