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El presidente que prometía acabar con las guerras eternas amenaza ahora con “volar por los aires” a uno de los aliados históricos de Washington mientras su imperio empresarial levanta un resort de lujo de 500 millones de dólares en el sultanato.
EL “PACIFISTA” QUE AMENAZA A OTRO PAÍS MÁS
Donald Trump volvió a quitarse la máscara el 27 de mayo. Y lo hizo con la misma delicadeza geopolítica de un matón de casino. El presidente estadounidense amenazó públicamente a Omán con bombardear el país si coopera con Irán para reabrir y gestionar conjuntamente el estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más importantes del planeta. Por ahí transitaba aproximadamente el 20% del petróleo mundial antes de la guerra ilegal impulsada por Estados Unidos e Israel contra Irán. Un detalle menor para quienes convierten Oriente Medio en un tablero petrolero privado.
“Nobody’s gonna control it”, dijo Trump. Nadie va a controlarlo. Luego fue más lejos. Mucho más lejos. “Omán se comportará como todos los demás o tendremos que volarlos por los aires”. Literal. Sin matices. Sin diplomacia. Sin el disfraz habitual de los comunicados ambiguos del Departamento de Estado.
Y no fue una filtración. No fue una mala interpretación. El propio Departamento de Estado publicó el vídeo subtitulado de las declaraciones. La amenaza era tan obscena que necesitaban oficializarla.
La escena resume bastante bien el estado actual del imperio estadounidense. Un presidente que llegó prometiendo el final de las “foreign wars” amenaza ahora con atacar a un aliado estratégico histórico porque intenta negociar con Irán sobre el control de una vía marítima internacional. Mafia diplomática en horario de máxima audiencia.
Omán no es precisamente un enemigo de Washington. Desde 1980, ambos países mantienen un acuerdo de cooperación defensiva que permite a las fuerzas estadounidenses utilizar bases militares omaníes para logística, vigilancia y operaciones regionales. También realizan maniobras militares conjuntas y colaboran en “seguridad marítima” y contraterrorismo. O dicho de otra manera: Omán ha sido durante décadas uno de los socios más fiables de Estados Unidos en el Golfo.
Da igual. En la lógica imperial, un aliado solo es útil mientras obedece.
Lo grotesco aparece cuando se mira el contexto completo. Porque mientras Trump amenaza con destruir Omán, su conglomerado empresarial está construyendo allí el Trump International Oman, un macrocomplejo de lujo valorado en 500 millones de dólares cerca de Mascate. Hotel, villas, golf y resort privado. La caricatura perfecta del capitalismo contemporáneo: amenazas militares arriba, inversiones inmobiliarias abajo. Bombas y campos de golf. Diplomacia y especulación mezcladas en el mismo negocio familiar.
El hombre que amenaza con “volar” un país también vende habitaciones con vistas en ese mismo país.
Cuesta encontrar una imagen más obscena del conflicto de intereses convertido en política exterior.
ORMUZ, EL PETRÓLEO Y EL NEGOCIO DEL MIEDO
El estrecho de Ormuz lleva décadas funcionando como uno de los puntos más sensibles del planeta. No por casualidad. Controlar ese paso significa influir directamente sobre los mercados energéticos mundiales. Y eso significa dinero. Muchísimo dinero.
La guerra de 88 días contra Irán ya ha provocado miles de muertos iraníes y una subida global de los precios energéticos. Pero incluso en medio de ese desastre, la prioridad de Washington sigue siendo la misma: mantener el control estratégico absoluto de la región. Aunque eso implique amenazar a sus propios socios.
Omán llevaba años actuando como mediador relativamente neutral entre Estados Unidos e Irán. De hecho, el ministro de Exteriores omaní, Badr Albusaidi, llegó a afirmar públicamente que un acuerdo para evitar la guerra con Irán estaba “al alcance”. Poco después comenzaron los bombardeos ordenados por Trump.
Otra vez el mismo patrón. Primero hablan de negociación. Luego llegan los portaaviones. Después las amenazas. Y finalmente los contratos de reconstrucción y los negocios privados.
La retórica de Trump tampoco surge en el vacío. Estados Unidos lleva décadas tratando las aguas internacionales como una extensión de su aparato militar. Cuando Trump dice “we’re gonna watch over it”, no habla de cooperación internacional ni de derecho marítimo. Habla de vigilancia imperial. De supervisión armada. De decidir quién puede comerciar, quién puede navegar y quién merece ser castigado.
Y mientras tanto, el discurso del “America First” sigue vendiéndose como aislacionismo patriótico para consumo interno. La gran estafa política de estos años. Porque el trumpismo nunca fue antimilitarista. Solo era unilateralista. Nunca rechazó las guerras. Solo quería guerras más rentables, más televisivas y más útiles para los intereses empresariales estadounidenses.
Por eso resulta tan grotesco escuchar todavía a ciertos gurús mediáticos presentar a Trump como un “presidente de paz”. Un presidente de paz que amenaza con destruir Omán. Un presidente de paz que participa en una guerra de 88 días contra Irán. Un presidente de paz bajo cuyo mandato miles de iraníes han muerto mientras los mercados energéticos se disparan y las empresas armamentísticas vuelven a frotarse las manos.
El problema nunca fue la guerra. El problema era quién cobraba las facturas.
Y ahí sigue el mundo. Pendiente de un estrecho marítimo convertido en polvorín global porque las grandes potencias siguen tratando Oriente Medio como un cajero automático militarizado. Hablan de estabilidad mientras amenazan países aliados. Hablan de libertad mientras patrullan aguas internacionales con destructores. Hablan de paz mientras convierten cada crisis en una oportunidad de negocio.
El mensaje de Trump fue brutal precisamente porque eliminó el maquillaje diplomático habitual. Dijo en voz alta lo que muchas administraciones estadounidenses llevan décadas practicando: obediencia o destrucción.
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