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La Casa Blanca promete ayuda mientras convierte una tragedia en escaparate geopolítico, después de desmantelar la USAID y subordinar la cooperación al negocio.
LA AYUDA COMO PROPAGANDA DE GUERRA
Los dos terremotos que golpearon Venezuela el 24 de junio no solo abrieron grietas en edificios de Caracas y La Guaira. También dejaron al descubierto otra fractura más profunda: la de un poder estadounidense que dice acudir al rescate mientras calcula beneficios, alianzas y petróleo. La tragedia humana se mide en vidas atrapadas bajo el hormigón, familias buscando nombres entre ruinas y rescatistas peleando contra el reloj. Washington, en cambio, parece medirla también en influencia.
La Administración Trump ha presentado su respuesta como una operación “amplia, rápida, eficaz” e “integral del gobierno”, en palabras de Marco Rubio. El Departamento de Estado ha enviado tres equipos especializados de búsqueda y rescate urbano, ha desplegado un DART con más de 250 personas y ha prometido 150 millones de dólares en asistencia. Es mucho dinero. Es mucha logística. Y es también una puesta en escena cuidadosamente diseñada para demostrar que Estados Unidos sigue mandando en el hemisferio occidental.
Porque aquí no hablamos de una ayuda neutral, limpia, movida únicamente por la urgencia de salvar vidas. No. La ayuda exterior de Trump ya no se presenta como solidaridad, sino como contrato político. Venezuela se ha convertido en aliada después de la operación de fuerzas especiales de enero, cuando Nicolás Maduro fue capturado y trasladado a una cárcel en Nueva York para afrontar cargos federales por conspiración narcoterrorista y otros delitos. Su sucesora, Delcy Rodríguez, ha sido mucho más dócil con Washington. Y esa docilidad pesa. Pesa mucho.
Trump lo dijo con esa mezcla de brutalidad y chulería que ya ni sorprende. Habló de muertos en Caracas, de gente estadounidense ayudando sobre el terreno, de una “excelente relación” con Venezuela desde la captura de Maduro. Después soltó la frase que explica casi todo: Estados Unidos ha extraído “millones de barriles de petróleo” y ha “pagado la guerra con creces”. Mientras hay cuerpos bajo los escombros, el presidente habla de barriles. Mientras las familias esperan noticias, habla de rentabilidad. Luego remató diciendo que Venezuela vuelve a ser un país feliz y que la gente baila en las calles. Hay cinismos que no necesitan traducción.
La emergencia venezolana es la primera gran prueba de fuego para el nuevo modelo de Trump tras desmantelar la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, la USAID. Miles de trabajadoras y trabajadores humanitarios fueron despedidos. La asistencia ante desastres pasó al Departamento de Estado. La cooperación fue amputada y convertida en herramienta directa de política exterior. No es un detalle técnico. Es el corazón del problema.
Susan Reichle, exasesora de la USAID que trabajó en respuestas a desastres como el terremoto de Haití de 2010, lo resumió con claridad: esta es la primera prueba real por la magnitud de la catástrofe. Las primeras 72 horas tras un terremoto son decisivas para encontrar supervivientes. Cada vínculo roto con ONG locales, cada equipo despedido, cada estructura destruida por ideología tiene consecuencias. No en un PowerPoint. En cuerpos.
Antes de los recortes, la unidad estadounidense de asistencia exterior en Colombia tenía 144 personas. Ahora quedan 14 sobre el terreno. Esa cifra debería bastar para entender la mentira. No se puede destruir la infraestructura humanitaria y luego posar como salvador entre cascotes. Se puede improvisar una respuesta rápida, sí. Se puede mandar dinero, equipos y comunicados. Pero las redes de confianza, los contactos locales, la experiencia acumulada y la capacidad de sostener una recuperación no se reconstruyen con una rueda de prensa.
VENEZUELA NO ES UN TABLERO
La presidenta interina, Delcy Rodríguez, declaró el sábado que decenas de personas habían sido rescatadas con vida y que eso permitía reunirlas con sus familias. Cada rescate es una victoria. Cada persona viva bajo los escombros es una razón para seguir excavando. Pero el drama no puede servir para blanquear una relación construida sobre intervención, petróleo y cálculo estratégico. Venezuela no necesita tutelas imperiales. Necesita ayuda real, rápida, coordinada y sin chantaje.
El problema es que Trump ha convertido la política exterior en una caja registradora. Ya no se finge demasiado. La ayuda debe ser “mutuamente beneficiosa”, dicen. Traducido: nadie recibe nada gratis, ni siquiera cuando se cae una ciudad. Esa visión mercantil de la cooperación es una obscenidad. La vida humana aparece subordinada a la utilidad geopolítica. Si el gobierno sirve a los intereses de Washington, hay despliegue, dinero y cámaras. Si no sirve, sanciones, bloqueo, abandono o invasión diplomática.
Sam Vigersky, investigador del Consejo de Relaciones Exteriores y antiguo responsable de equipos estadounidenses de respuesta ante desastres, señaló que existe un componente político evidente. Estados Unidos tiene una relación con el gobierno interino y quiere que funcione, que se estabilice, que parezca capaz. Ahí está la clave. La ayuda también busca sostener un proyecto político favorable a la Casa Blanca. No solo levantar edificios. Levantar autoridad.
El historial tampoco ayuda. La retirada estadounidense de la Organización Mundial de la Salud provocó, según personas expertas en salud pública, retrasos de hasta 10 días en la información recibida por Washington sobre el brote de ébola en la República Democrática del Congo. Diez días en una crisis sanitaria pueden ser una condena. La arrogancia antiinternacionalista mata de forma lenta, burocrática, silenciosa. Luego llegan los discursos patrióticos para tapar el agujero.
Tampoco se olvida Puerto Rico. Durante el huracán María, en su primer mandato, Trump visitó la isla y lanzó rollos de papel higiénico a familias que vivían sin agua ni electricidad. El alcalde de San Juan lo llamó un gesto “terrible y abominable”. Era exactamente eso. Una coreografía de desprecio disfrazada de cercanía. Una postal colonial.
Ahora Venezuela es distinta porque interesa más. Interesa su petróleo, su posición, su utilidad como ejemplo de una nueva doctrina regional: intervención, captura, gobierno complaciente y ayuda condicionada. Todo envuelto en lenguaje humanitario. Todo con el dolor de la gente como telón de fondo.
La respuesta estadounidense puede estar siendo rápida. Puede incluso estar salvando vidas. Ojalá salve todas las posibles. Nadie decente desea lo contrario. Pero una cosa es reconocer el trabajo de rescatistas, médicas, médicos, enfermeras, enfermeros, bomberos y personal humanitario; y otra muy distinta es comprar el relato de una potencia que primero destroza sus propias herramientas de cooperación y después convierte la emergencia en propaganda.
Venezuela está bajo los escombros. Estados Unidos está ante el espejo. Y lo que se ve no es solidaridad: es un imperio intentando parecer humano mientras cuenta barriles.
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