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La escalada entre Israel e Irán deja al desnudo una evidencia incómoda: Washington presume de mandar, pero Netanyahu sigue marcando el ritmo de la guerra.
UNA TREGUA QUE NACIÓ ROTA
Donald Trump ha pasado los últimos dos días haciendo horas extra en Washington para intentar salvar una tregua que ya parecía escrita sobre papel mojado. La escena tiene algo de farsa imperial: el mismo presidente estadounidense que empujó la guerra pretende ahora presentarse como bombero del incendio. Prende la mecha, mira cómo arde la región y después sale en Truth a pedir que todo el mundo deje de “disparar” inmediatamente. Como si Oriente Medio fuera una rueda de prensa y no un tablero sembrado de muertos.
La nueva escalada estalló después de que Irán lanzara el domingo 8 de junio varias oleadas de misiles balísticos contra Israel, en respuesta a los ataques israelíes sobre los suburbios de Beirut, que dejaron dos personas muertas al sur de la capital libanesa. Israel respondió bombardeando distintos puntos de Irán, entre ellos Teherán, Isfahán y Tabriz. Nada menor. No fue un aviso diplomático, ni una tensión abstracta, ni una mala tarde entre gobiernos. Fue otra demostración de que cada alto el fuego anunciado por Trump viene con letra pequeña, sangre civil y olor a petróleo.
El Ejército israelí llegó a afirmar que estaba preparado para varios días de combates contra Irán, o incluso para una campaña prolongada como la que abrió la guerra el 28 de febrero. Esa es la normalidad que vende la maquinaria bélica: se bombardea, se amenaza, se negocia y se vuelve a bombardear. Todo con la misma frialdad con la que los mercados miran el precio del crudo mientras las y los civiles cuentan muertos, desplazamientos y ruinas.
Trump necesita cerrar un acuerdo que devuelva calma al mercado del petróleo, especialmente tras la tensión provocada por el cierre del estrecho de Ormuz. Ahí está la clave. No es la paz lo que urge a Washington: es la estabilidad del negocio. La diplomacia imperial no mide la vida humana con la misma precisión con la que mide el barril. Si los misiles no alteran demasiado el precio, el dolor puede esperar. Si el petróleo tiembla, entonces sí, llamadas urgentes, mensajes privados, declaraciones públicas y gestos de autoridad.
Durante la semana pasada, Trump presionó a Benjamin Netanyahu para que no torpedeara un eventual acuerdo con Irán. Incluso llegó a decir al Financial Times: “No tiene otra opción”. Y remató con una frase que pretende sonar a mando, pero huele a inseguridad: “Yo tomo las decisiones. Él no toma las decisiones”. El problema es que Netanyahu lleva años demostrando que escucha a Washington cuando le conviene, lo desafía cuando puede y siempre cobra la factura en destrucción ajena.
ISRAEL GOLPEA, IRÁN RESPONDE Y TRUMP FINGE CONTROL
Irán ha dejado claro que no aceptará un acuerdo que ignore la situación en Líbano. Israel volvió a invadir el país vecino el mes pasado con el argumento de combatir a Hizbulá, aliado de Teherán, y ha ido ordenando evacuaciones cada vez más extensas en el sur del país. La resistencia ha sido más dura de lo esperado. Los bombardeos sobre Beirut terminaron activando una respuesta iraní que, según Teherán, ya ha quedado completada. De momento. Esa palabra vuelve una y otra vez como una amenaza.
El analista Trita Parsi, del Quincy Institute for Responsible Statecraft, ha señalado algo que debería avergonzar a cualquier diplomacia seria: desde la perspectiva iraní, un acuerdo con Washington vale poco si Estados Unidos no puede (o no quiere) frenar a Israel. La idea es demoledora porque toca el nervio central del problema. Trump está dispuesto a contener a Israel para conservar un acuerdo, pero no necesariamente para conseguirlo. Es decir, la paz como accesorio electoral, no como compromiso político.
Danny Citrinowicz, del Atlantic Council, fue en la misma dirección: si Trump quiere preservar una vía diplomática con Irán, tendrá que presionar a Israel para detener su campaña militar. Si no lo hace, Irán responderá a cada ataque. Y no solo Irán. Ahí entran sus socios regionales, sus terminales, sus aliados. El lunes 9 de junio, los hutíes de Yemen anunciaron un bloqueo a Israel en el mar Rojo en coordinación con Teherán. Otra pieza del dominó. Otra zona que se calienta mientras los grandes titulares hablan de “contención”.
Netanyahu compareció finalmente para decir que la campaña contra Irán terminaba “de momento”. No es una tregua, es una pausa armada. También amenazó con responder “con dureza” si Irán volvía a atacar y rechazó que Teherán impusiera una “nueva ecuación” regional. La palabra ecuación resulta casi obscena cuando se aplica a cuerpos, barrios, hospitales, casas y vidas rotas. Pero ese es el lenguaje del poder militar: convertir la matanza en fórmula estratégica.
Desde Irán, Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento y negociador clave, sostuvo que mientras Estados Unidos e Israel no tengan una voluntad real de generar confianza, la respuesta iraní será la misma. El presidente Masoud Pezeshkian lo expresó con claridad: la diplomacia y la defensa son “las dos alas del poder nacional”, y Teherán no abandona ni el campo de batalla ni la mesa de negociación. Dicho sin maquillaje: se negocia con una mano y se prepara el misil con la otra. La región queda atrapada en esa lógica criminal.
Pakistán, que encabeza el esfuerzo mediador, pidió contención “especialmente cuando el objetivo final está a punto de alcanzarse”, en palabras del primer ministro Shehbaz Sharif. El Soufan Center apuntó que Trump parece abrirse ahora a que no sea Estados Unidos quien reciba las reservas de uranio enriquecido iraní para inutilizarlas, una operación que el Organismo Internacional de Energía Atómica ya había considerado técnicamente compleja. Todo sigue en el aire. Absolutamente todo.
Y mientras tanto, Gaza y Líbano recuerdan que las treguas de Trump no son treguas. En Gaza ya son más de 900 personas muertas por bombardeos israelíes desde el alto el fuego que supuestamente entró en vigor en octubre. No hay fecha para la segunda fase del plan de paz entre Hamás e Israel, anunciado con pompa en una conferencia internacional al margen de la ONU, aunque con su aquiescencia. En Líbano, la farsa es todavía más transparente: el alto el fuego de la semana pasada entre Israel y el Gobierno libanés nació muerto porque no incluía a Hizbulá.
El ministro de Defensa libanés, Michel Menassa, afirmó el lunes 9 de junio que Israel ha bombardeado Líbano casi 3.500 veces desde el 16 de abril, fecha del anterior alto el fuego. Desde entonces han muerto 3.526 personas, según las cifras publicadas por la oficina del primer ministro Nawaf Salam. Esto no es diplomacia fallida: es una arquitectura de impunidad sostenida por quienes hablan de paz mientras arman la guerra.
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