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La escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán ha entrado en una fase en la que cada paso militar abre la puerta a un conflicto aún mayor, regional e incluso global.
La guerra que comenzó el 28 de febrero de 2026 ya no responde únicamente a una lógica militar. Se ha convertido en un campo de batalla político, económico y geoestratégico donde confluyen los intereses de Washington, la agenda territorial de Tel Aviv y la supervivencia del régimen iraní. Con más de 1.700 muertos y 11.000 heridos en apenas unos días entre Irán y el Líbano, el conflicto ha evolucionado desde ataques selectivos a una campaña sistemática contra infraestructuras civiles y energéticas. Ese cambio no es menor: indica que el objetivo ya no es solo debilitar a un adversario, sino transformar el equilibrio regional.
Las imágenes de Teherán cubierta por nubes tóxicas tras el bombardeo de refinerías simbolizan el nuevo momento del conflicto. Atacar instalaciones energéticas es una estrategia clásica de guerra total. Busca paralizar la economía del enemigo, provocar caos interno y, en el mejor de los casos para el agresor, desencadenar una crisis política que derrumbe al gobierno.
Pero esa lógica tiene un problema histórico: rara vez funciona como se espera.
UNA GUERRA QUE CAMBIA DE ESCALA
La eliminación del líder supremo iraní Alí Jameneí en el primer día de ataques fue interpretada por Washington y Tel Aviv como un golpe definitivo al sistema político iraní. Sin embargo, la rápida reacción de la Asamblea de Expertos, anunciando el consenso para elegir un sucesor, demuestra que el régimen posee mecanismos de continuidad incluso bajo bombardeos.
Esto explica por qué la guerra está cambiando de naturaleza. Si la caída del régimen no se produce, la única alternativa para quienes impulsan el conflicto es aumentar la presión militar. Y eso implica ampliar los objetivos, intensificar los bombardeos y asumir mayores riesgos regionales.
La respuesta iraní, aunque más limitada en términos de capacidad militar, también apunta en esa dirección. Los ataques contra una desalinizadora en Baréin y objetivos en Emiratos Árabes Unidos o Kuwait muestran que Teherán busca internacionalizar el coste de la guerra. No puede competir directamente con la superioridad aérea estadounidense e israelí, pero sí puede convertir el Golfo Pérsico en un espacio de inestabilidad permanente.
Ese es el escenario que preocupa a los mercados energéticos y a las cancillerías internacionales. El Golfo concentra cerca de un tercio del comercio mundial de petróleo. Si la guerra se expande hacia rutas marítimas o instalaciones energéticas estratégicas, el impacto económico global podría ser inmediato.
Al mismo tiempo, el conflicto tiene un segundo frente que rara vez aparece separado en el análisis: Líbano.
Israel ha intensificado los ataques contra posiciones de Hezbolá en el sur y el este del país, así como en Beirut. Oficialmente, el objetivo es neutralizar a la milicia chií aliada de Irán. Pero sobre el terreno los movimientos militares sugieren algo más ambicioso: la creación de nuevas zonas de control permanente en territorio libanés.
Para el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, la guerra ofrece una oportunidad política excepcional. Tras la devastación de Gaza y la anexión de facto de gran parte de ese territorio, el conflicto regional permite reforzar una narrativa de seguridad nacional que mantiene cohesionada a la sociedad israelí. Según una encuesta del Instituto para la Democracia de Israel (2-3 de marzo), el 93% de la población judía israelí apoya la guerra contra Irán y un 74% respalda la gestión de Netanyahu.
En ese contexto, la guerra deja de ser solo una respuesta estratégica y se convierte en un proyecto político.
EL RIESGO CRECIENTE PARA TRUMP
Mientras Israel parece obtener respaldo interno, la situación es muy distinta en Estados Unidos.
Las encuestas muestran un país profundamente dividido. Según el promedio publicado por RealClearPolitics, solo el 41,3% de los estadounidenses apoya la guerra mientras el 48,7% se opone. Otros análisis, como el del politólogo G. Elliott Morris, reducen ese apoyo hasta el 38%.
Ese nivel de respaldo es incluso inferior al apoyo retrospectivo a la invasión de Irak en 2003, uno de los conflictos más controvertidos de la historia reciente estadounidense.
El problema para Donald Trump no es únicamente militar. Es político.
La guerra coincide con un momento de incertidumbre económica. Informes citados por Axios advierten de varios factores que podrían erosionar aún más su posición: caída del empleo en febrero de 2026, volatilidad bursátil, aumento del precio del petróleo y tensiones comerciales derivadas de los aranceles estadounidenses.
En ese contexto, la guerra se convierte en un riesgo estratégico para la Casa Blanca. Si el conflicto se prolonga o exige un despliegue terrestre, el coste político podría ser enorme de cara a las elecciones legislativas del 3 de noviembre de 2026.
La incertidumbre aumenta además por el modo en que la administración estadounidense está gestionando la narrativa del conflicto.
El caso más polémico ha sido el bombardeo de una escuela de niñas en el sur de Irán, que causó cerca de 180 muertos, la mayoría menores. Trump afirmó que el ataque había sido perpetrado por el propio ejército iraní, pese a que informes preliminares del Pentágono y análisis satelitales apuntan a una operación estadounidense o israelí.
Organizaciones como Human Rights Watch y responsables de la ONU han señalado que el ataque podría constituir un crimen de guerra.
Ese tipo de episodios erosiona la legitimidad internacional de la intervención y aumenta la percepción de que el conflicto está gobernado por decisiones improvisadas y mensajes contradictorios.
A ello se suma otro elemento explosivo: la posibilidad de una intervención terrestre indirecta.
Informaciones procedentes del Kurdistán iraquí, especialmente de Erbil, apuntan a que asesores estadounidenses están incentivando a los kurdos iraníes, que representan aproximadamente el 15% de la población de Irán, a iniciar una rebelión contra el régimen. El objetivo sería abrir un frente interno que desestabilice al país.
Sin embargo, esa estrategia podría desencadenar una guerra civil regional o un conflicto prolongado similar a Irak o Siria.
La historia reciente muestra que las guerras iniciadas con la promesa de un desenlace rápido suelen transformarse en conflictos largos, imprevisibles y devastadores.
La guerra de Irán ha cruzado ya ese umbral. Cada nueva fase no acerca el final del conflicto, sino que amplía su alcance.
Y cuando las guerras empiezan a expandirse por lógica propia, dejan de responder a quienes dicen dirigirlas.
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