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La guerra contra Irán ha puesto al descubierto una fractura que llevaba años incubándose dentro de la Unión Europea.
La escena es reveladora. Mientras Washington y Tel Aviv intensifican su ofensiva militar contra Irán, Europa discute consigo misma. No sobre cómo frenar la guerra, ni sobre cómo defender el derecho internacional, sino sobre quién tiene legitimidad para hablar en nombre de la Unión. La intervención de Ursula von der Leyen en la que dio por muerto el orden internacional basado en normas, ha actuado como un detonador político dentro de la UE.
Las críticas han llegado desde gobiernos, europarlamentarios y analistas. El reproche no es solo político. Es institucional. Se acusa a la presidenta de la Comisión de haberse extralimitado en política exterior, un terreno que, según los tratados europeos, corresponde principalmente a los Estados miembros y al Consejo Europeo.
Pero reducir el conflicto a una simple disputa burocrática sería ingenuo. Lo que está ocurriendo es mucho más profundo. La guerra de Irán ha reabierto la pregunta que Europa lleva años evitando: qué papel quiere jugar en un mundo cada vez más dominado por la lógica de las potencias militares.
UNA EUROPA ATRAPADA ENTRE WASHINGTON Y SU PROPIA DEBILIDAD
El discurso de Von der Leyen contenía una frase especialmente reveladora: “Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial”. La declaración es importante porque implica algo más que un diagnóstico geopolítico. Es una admisión implícita de que la Unión Europea ha renunciado a defender el sistema internacional que durante décadas dijo representar.
Ese sistema, basado en la Carta de Naciones Unidas, el multilateralismo y el derecho internacional, era el principal instrumento de influencia global de la UE. Europa no tenía el poder militar de Estados Unidos ni el músculo geopolítico de China. Su fuerza era normativa.
Pero ese equilibrio lleva años deteriorándose. La invasión rusa de Ucrania en 2022, el genocidio en Gaza iniciado en octubre de 2023 y ahora la guerra contra Irán han evidenciado una contradicción central: Europa exige respeto al derecho internacional cuando lo violan sus adversarios, pero guarda silencio cuando lo vulneran sus aliados.
Ahí reside el verdadero origen del malestar actual.
Cuando Von der Leyen justifica la ofensiva contra Irán y al mismo tiempo declara muerto el orden internacional basado en normas, lo que en realidad está haciendo es asumir la lógica del poder puro. La lógica que durante décadas Europa decía combatir.
Por eso la reacción de varios dirigentes europeos ha sido tan contundente.
El presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, respondió el mismo 11 de marzo de 2026 recordando que el problema no es que el orden internacional haya quedado obsoleto, sino que las potencias lo están violando deliberadamente. En su discurso ante embajadores europeos fue explícito: el nuevo desorden global tiene responsables, y entre ellos señaló tanto a Rusia como a Estados Unidos.
Es un mensaje que rompe con la diplomacia habitual de Bruselas, siempre cuidadosa de no incomodar demasiado a Washington.
LA CRISIS REAL: EUROPA NO TIENE UNA POLÍTICA EXTERIOR
El enfrentamiento institucional entre Von der Leyen, Antonio Costa y la alta representante Kaja Kallas revela algo que los analistas llevan años señalando: la Unión Europea no tiene una política exterior real.
Tiene estructuras, cargos y discursos. Pero no tiene una estrategia común.
La política exterior europea sigue dependiendo de los intereses nacionales de los Estados miembros. Francia defiende su autonomía estratégica. Alemania prioriza la relación transatlántica. Los países del Este ven a Estados Unidos como su principal garante de seguridad frente a Rusia.
El resultado es una Unión incapaz de actuar como actor geopolítico coherente.
Esta debilidad estructural se ha hecho especialmente visible desde el inicio de la guerra en Gaza tras los atentados del 7 de octubre de 2023. En aquel momento, Von der Leyen viajó a Tel Aviv y expresó su apoyo al gobierno de Benjamin Netanyahu en pleno inicio del asedio sobre Gaza. Aquella visita provocó un terremoto diplomático en Bruselas porque no había sido consensuada con los Estados miembros.
La escena se repite ahora con Irán.
Varios gobiernos europeos consideran que la presidenta de la Comisión está actuando como si representara la política exterior de la UE, cuando en realidad esa competencia no le corresponde.
El ministro francés de Exteriores, Jean-Noël Barrot, lo recordó de forma directa citando los tratados europeos: la política exterior común corresponde al Consejo y a la alta representante, no a la Comisión.
El problema no es solo jurídico. Es político.
Porque cuando Von der Leyen habla, lo hace en nombre de una institución que representa a 450 millones de ciudadanos europeos. Sus palabras, aunque no tengan mandato diplomático formal, tienen impacto global.
Y cuando esas palabras parecen alinearse automáticamente con Washington, muchos gobiernos europeos se preguntan si la Comisión actúa como portavoz de la Unión o como extensión política del eje transatlántico.
TRUMP Y LA ESTRATEGIA DE LA FRACTURA
En ese contexto aparece la figura de Donald Trump.
Desde su regreso al poder, el presidente estadounidense ha impulsado una política exterior basada en la presión directa sobre sus aliados. Aranceles comerciales, exigencias militares y decisiones unilaterales forman parte de una estrategia destinada a reforzar el liderazgo estadounidense.
La guerra contra Irán encaja en esa lógica.
No solo redefine el equilibrio de poder en Oriente Medio. También obliga a Europa a posicionarse. Y ahí es donde aparece la fractura.
Algunos gobiernos europeos consideran que la prioridad sigue siendo mantener la alianza con Estados Unidos frente a Rusia y China. Otros creen que la subordinación estratégica a Washington está erosionando la credibilidad internacional de la Unión.
Trump no necesita dividir Europa activamente. Basta con actuar unilateralmente. Las tensiones internas europeas hacen el resto.
La paradoja es evidente. La Unión Europea nació tras la Segunda Guerra Mundial con un objetivo central: evitar que las rivalidades geopolíticas volvieran a arrastrar al continente a una lógica de bloques y conflictos.
Hoy, mientras las bombas caen en Oriente Medio y las potencias compiten por la hegemonía global, Europa vuelve a debatir quién habla en su nombre y qué principios está dispuesta a defender.
El problema no es si el orden internacional ha muerto.
El problema es que Europa parece haber dejado de luchar por mantenerlo vivo.
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