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La guerra contra Irán muestra cómo las potencias en decadencia recurren a la violencia para retrasar lo inevitable.
El 28 de febrero, aviones de guerra de Estados Unidos e Israel bombardearon objetivos en Irán. Entre las víctimas había decenas de niñas y niños asesinados en ataques que alcanzaron al menos dos escuelas. Las imágenes circularon por todo el mundo como una escena ya conocida: cuerpos pequeños bajo los escombros, familias desesperadas buscando a sus hijas e hijos entre el polvo de la guerra.
No fue un accidente aislado. Fue la consecuencia lógica de una estrategia militar que asume la muerte civil como daño colateral aceptable. Cuando las potencias bombardean, los cuerpos que aparecen bajo las ruinas rara vez pertenecen a quienes toman las decisiones.
El ataque se produjo en el contexto de una ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra infraestructuras iraníes, una operación que se presentó ante la opinión pública como una acción preventiva contra el programa nuclear de Teherán. Sin embargo, como tantas otras guerras del último medio siglo, la narrativa oficial se sostiene sobre una mezcla de miedo, propaganda y cálculo geopolítico.
Porque la historia demuestra que los imperios no se vuelven pacíficos cuando pierden poder; se vuelven más violentos.
CUANDO LOS IMPERIOS ENTRAN EN PÁNICO
Existe una constante histórica que atraviesa siglos de política internacional. Cuando un imperio comienza a perder su posición dominante, su reacción rara vez es la retirada ordenada. La respuesta suele ser la escalada.
Roma lo hizo.
El Imperio británico lo hizo.
Y ahora el patrón vuelve a repetirse.
Estados Unidos ha pasado las últimas décadas encadenando guerras que prometían estabilidad y dejaron caos. Afganistán, Irak, Libia o Siria son recordatorios de cómo las intervenciones militares suelen producir exactamente lo contrario de lo que prometen.
En este contexto, el bombardeo de Irán no aparece como un episodio aislado sino como parte de un patrón mayor. Washington ha utilizado repetidamente la fuerza militar para sostener su influencia en regiones estratégicas, especialmente aquellas vinculadas al control energético y las rutas comerciales.
Pero el resultado de estas operaciones rara vez ha sido la consolidación del poder estadounidense. Al contrario, muchas de estas guerras han debilitado la legitimidad internacional de Estados Unidos y han acelerado la emergencia de un mundo más multipolar.
Israel, por su parte, atraviesa su propia crisis estratégica. Durante décadas contó con un apoyo casi automático de las potencias occidentales. Sin embargo, la guerra en Gaza y la creciente denuncia internacional de sus políticas hacia Palestina han erosionado profundamente su imagen global.
Entre las generaciones más jóvenes de Europa y Estados Unidos, el respaldo político a Israel ha caído de forma notable. Cada vez más voces lo describen como un sistema de privilegio étnico incompatible con los estándares democráticos que Occidente dice defender.
Cuando la legitimidad comienza a erosionarse, la respuesta de muchos gobiernos no es la reforma sino el endurecimiento. La violencia se convierte en una forma de aplazar el declive.
GUERRAS QUE SILENCIAN A LOS PUEBLOS
Hay otra consecuencia menos visible de estas intervenciones militares: el efecto que tienen sobre las sociedades del país atacado.
Durante años, sectores de la población iraní han protagonizado protestas contra su propio gobierno. Mujeres, estudiantes y trabajadores han salido a las calles para exigir reformas políticas y sociales. Sin embargo, los ataques extranjeros suelen tener el efecto contrario al que dicen buscar.
Cuando un país es bombardeado desde fuera, las tensiones internas se congelan. Las críticas al gobierno se perciben como traición en un contexto de agresión externa. La oposición pierde fuerza y las élites gobernantes se presentan como defensoras de la nación.
La historia reciente está llena de ejemplos.
Las intervenciones militares rara vez han fortalecido los movimientos democráticos internos. En muchos casos los han debilitado.
Por eso el bombardeo de Irán puede terminar consolidando precisamente a las facciones más duras del régimen iraní. Las bombas extranjeras no traen democracia; suelen reforzar a quienes gobiernan bajo la lógica del asedio.
Mientras tanto, los líderes que ordenan los ataques proyectan una imagen de fuerza ante sus electorados. La guerra, en muchos casos, también cumple una función política interna.
El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu lleva años enfrentando investigaciones por corrupción. Donald Trump, por su parte, regresó a la presidencia tras múltiples procesos judiciales que amenazaban su carrera política.
En contextos así, la escalada militar puede funcionar como una cortina de humo. La seguridad nacional desplaza el debate público. Las preguntas incómodas quedan enterradas bajo discursos patrióticos.
No es una estrategia nueva. A lo largo de la historia, las guerras han servido muchas veces para reforzar liderazgos cuestionados en casa.
Mientras tanto, el coste humano lo pagan quienes nunca estuvieron en la sala donde se tomó la decisión.
Las madres y los padres que buscan a sus hijas e hijos bajo los escombros de una escuela.
Las familias que ven partir a soldados hacia un frente lejano.
Las poblaciones civiles atrapadas entre misiles y discursos.
Los imperios pueden tardar décadas en desaparecer. Pero la historia sugiere algo que suele olvidarse en los despachos del poder.
Cuando un sistema comienza a caer, lo último que pierde no es su capacidad de matar.
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