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La batalla interna del gobierno argentino revela las fracturas profundas de la extrema derecha en el poder.
El 12 de agosto de 2025, el enfrentamiento entre el presidente Javier Milei y su vicepresidenta Victoria Villarruel dejó de ser un duelo verbal para convertirse en un conflicto judicial abierto. Villarruel presentó dos denuncias penales contra figuras clave del círculo mileísta, incluyendo al ideólogo Nicolás Márquez, a la diputada Lilia Lemoine y al comunicador español Javier Negre, acusándolos de amenaza de rebelión, intimidación pública y atentado contra el orden público.
Este choque expone las dos almas de la ultraderecha argentina: la derecha económica ultraliberal, ligada a élites financieras y empresariales, frente al conservadurismo militarista y nacionalista. Tradicionalmente rivales, ambas corrientes sellaron alianzas en las dictaduras del siglo XX. Hoy, vuelven a mirarse como enemigas.
INSULTOS, VETOS Y ACUSACIONES DE TRAICIÓN
El 23 de julio, en el festival ultra Derecha Fest, Milei rompió toda tregua al llamar a su vicepresidenta “bruta traidora”. Lo hizo después de que el Congreso aprobara una suba de las jubilaciones y la declaración de emergencia en discapacidad, medidas que ya ha anunciado que vetará. En una entrevista con Radio Mitre, Milei acusó a Villarruel de “habilitar una sesión ilegal para romper el Gobierno” y responsabilizarla de la suba del dólar. “Roma no paga traidores”, remató, marcando un antes y un después.
Villarruel, abogada y defensora de represores de la dictadura, pasó de un año de silencio a la contraofensiva. Sostiene que existe un plan para “descabezar” el Senado y “aniquilarlo como contrapoder”. Sus denuncias apuntan a una campaña de hostigamiento desde el propio Ejecutivo, amplificada en redes y medios afines al presidente.
La tensión se amplifica con la figura de Karina Milei, secretaria de la Presidencia y hermana del mandatario, a quien se considera la persona con más poder real en el Gobierno. Ambas —descritas incluso por aliados como “mujeres macho alfa”— han chocado desde el inicio por desconfianza y competencia política.
UNA ULTRADERECHA UNIDA POR EL PASADO Y ROTA POR EL PRESENTE
Pese a sus diferencias actuales, Milei y Villarruel comparten un pasado ideológico marcado por el negacionismo de la dictadura. Villarruel ha presidido el Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (Celtyv), que promueve la “memoria completa” (tesis militar que equipara crímenes de Estado con delitos de organizaciones armadas) y cuestiona la cifra de 30.000 desaparecidos. El mileísmo respalda esa visión, pero en el Día de la Memoria de 2024 excluyó a Villarruel de todo acto oficial.
El vínculo roto con Nicolás Márquez tiene también una historia: ambos estudiaron contraterrorismo en EE.UU., pero hoy él la acusa de recibir financiamiento de Roberto Guillermo Bravo, uno de los autores de la Masacre de Trelew en 1972, un crimen de lesa humanidad. La conexión entre viejas estructuras represivas y la nueva ultraderecha se entrelaza con redes de financiación privadas y contactos militares internacionales.
En paralelo, Javier Negre —denunciado en esta batalla interna— dirige La Derecha Diario, medio que ha sido pieza de propaganda del mileísmo y que ahora se suma a la ofensiva contra la vicepresidenta.
La ruptura es ya irreversible. Lo que fue presentado como un frente sólido para “salvar la patria” se revela como un campo de batalla por el control del poder, donde las lealtades duran menos que un ciclo mediático y los insultos se convierten en sentencias políticas.
La extrema derecha argentina se devora a sí misma.
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