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La moción de confianza contra Bayrou desnuda el agotamiento de Macron y la incapacidad del sistema para dar respuestas estables.
LA CRISIS DE UN GOBIERNO SIN MAYORÍA
El lunes 8 de septiembre de 2025 puede marcar el final del Gobierno de François Bayrou, primer ministro condenado de antemano a la derrota en la Asamblea Nacional. La cuestión de confianza convocada por iniciativa propia para salvar los presupuestos es, en realidad, un salto al vacío. Todo indica que los diputados tumbarán al Ejecutivo, obligando a Bayrou a presentar su dimisión a Emmanuel Macron.
No es un hecho aislado. Desde las legislativas anticipadas de 2024, convocadas tras el ascenso de la extrema derecha en las europeas, Francia vive en un estado de inestabilidad permanente. Ni Michel Barnier ni ahora Bayrou han logrado sobrevivir a la fragmentación parlamentaria. El ciclo recuerda a una república fatigada, atrapada en la lógica de la aritmética parlamentaria y los vetos cruzados.
Los números hablan por sí solos. El PIB francés apenas crecerá un 0,6% este año, el consumo sigue estancado y el desempleo vuelve a repuntar. No hay margen para discursos catastrofistas sobre la deuda pública cuando la realidad es que Francia puede financiarse en los mercados sin grandes dificultades. Sin embargo, Bayrou ha convertido la deuda en el centro de su retórica, presentándola como un “peligro mortal”, en palabras que varios economistas califican de “profecía autocumplida” (Fondation Copernic, Le Monde).
El veterano centrista ha intentado ganar tiempo ofreciendo austeridad, reformas y “responsabilidad”. Pero ni la izquierda ni la extrema derecha quieren avalar un plan que recorta 44.000 millones de euros hasta 2029. El resultado es una derrota segura. La única incógnita es qué hará Macron después: nombrar a otro primer ministro o abrir la puerta a nuevas elecciones legislativas, posibilidad que por ahora descarta.
MACRON Y LOS SOCIALISTAS, UN MATRIMONIO DE CONVENIENCIA
Mientras Bayrou se resigna a su caída, Macron juega otra partida. El presidente ha reunido en el Elíseo a Édouard Philippe, Gabriel Attal y al propio Bayrou para advertirles de la necesidad de pactar con los socialistas. La centralidad macronista ya no se sostiene sin un aliado externo. Y el PS, que fue clave en febrero para salvar a Bayrou mediante la abstención, ya prepara su propio plan alternativo.
La propuesta socialista apunta a reducir el déficit en 21.700 millones de euros en 2026, la mitad de lo planteado por el Gobierno, y a alcanzar el 3% en 2032, tres años más tarde de lo que exige Macron. Un calendario menos agresivo, más compatible con mantener cierta inversión social y empleo.
Pero la negociación no será sencilla. El PS exige impuestos a las grandes fortunas y a las multinacionales, algo que Macron rechaza de plano. También quiere revertir la reforma de las pensiones de 2023, un tótem del macronismo. La pregunta es si los socialistas están dispuestos a convertirse en muleta de un presidente que nunca ocultó su desprecio hacia ellos.
En paralelo, Marine Le Pen exige elecciones anticipadas y se prepara para capitalizar el desgaste institucional. Cada vez que un Gobierno cae, la extrema derecha gana terreno en la opinión pública. Macron y su bloque centrista lo saben, pero su margen de maniobra se estrecha. Francia vive pendiente de las matemáticas parlamentarias mientras el malestar social crece.
Un país atrapado en la parálisis, un presidente sin base popular y un sistema político que convierte cualquier debate presupuestario en una ruleta rusa.
La inestabilidad francesa ya no es un accidente, es la norma.
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