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El presidente del Real Madrid se presenta como víctima mientras señala periodistas, desprecia preguntas incómodas y convierte el poder mediático en un escudo personal
Florentino Pérez lleva décadas acostumbrado a mandar. A mandar mucho. En el Real Madrid, en ACS, en despachos políticos, en medios de comunicación, en palcos donde se mezclan empresarios, presidentes y grandes fortunas. Y quizá por eso resulta tan revelador verle reaccionar con esta mezcla de victimismo y soberbia cuando alguien osa cuestionarle. Porque lo que mostró el 13 de mayo no fue a un dirigente “herido”. Fue a un hombre incapaz de aceptar que ya no controla completamente el relato.
En su entrevista con Josep Pedrerol en LaSexta, Pérez insistió en que está sufriendo una “campaña orquestada” para apartarle del club. Otra vez la conspiración. Otra vez los enemigos. Otra vez el multimillonario más poderoso del fútbol español presentándose como un perseguido político. El viejo truco de quienes llevan años ocupando el poder y necesitan fingir que son víctimas para no rendir cuentas.
Según Florentino, todo forma parte de un intento de “desestabilización” impulsado por periodistas que quieren influir en el Real Madrid. Lo dijo sin pruebas concretas. Sin nombres claros en muchos casos. Pero con una idea muy definida: quien le critica es enemigo del club. Y ahí está el problema. Grave. Porque cuando un presidente convierte la crítica periodística en una agresión institucional, ya no está defendiendo al madridismo. Está construyendo una lógica autoritaria donde disentir pasa a ser traicionar.
EL PODEROSO QUE NO SOPORTA QUE LE LLEVEN LA CONTRARIA
La escena fue bastante significativa. Florentino Pérez defendiendo que llamar “esta niña” a una periodista de Fox no tiene nada de despectivo. Como si el problema fuera la sensibilidad ajena y no el tono paternalista con el que habló. Como si en 2026 todavía hubiera que explicar por qué un hombre de poder llamando “niña” a una profesional durante una rueda de prensa no es precisamente inocente.
Y no, no es una cuestión de corrección política exagerada. Es algo más básico. Tiene que ver con la condescendencia masculina incrustada desde hace décadas en ciertos espacios de poder. Ese tono de patrón que reparte legitimidad. Que decide quién sabe y quién no sabe. Quién merece hablar y quién debe esperar turno como una criatura a la que el adulto concede permiso.
Después vino la explicación sobre la periodista de ABC a la que dijo que “no sabía de fútbol”. Otra vez el mismo esquema. Pérez asegura que simplemente quiso decir que no era periodista deportiva habitual. Pero el mensaje fue otro. Lo entendió todo el mundo. Un hombre multimillonario desacreditando públicamente a una periodista porque la pregunta no le gustó.
Y mientras tanto, él insiste en que “todo se está sacando de madre”. Curioso concepto. Cuando el poder señala periodistas concretos, no pasa nada. Cuando las y los periodistas responden, entonces aparece la supuesta persecución.
Florentino llegó incluso a afirmar que él también tiene “la obligación” de “meterse con los periodistas”. La frase debería preocupar bastante más de lo que parece. Porque no la dice un tertuliano cualquiera. La dice el presidente del club más poderoso del mundo, con una maquinaria mediática gigantesca orbitando alrededor del Real Madrid y con relaciones privilegiadas en prácticamente todos los espacios de influencia del país.
No es alguien indefenso. Nunca lo ha sido.
LA ESTRATEGIA DEL MILLONARIO QUE SE DISFRAZA DE MÁRTIR
Hay un detalle especialmente llamativo en todo este episodio. Pérez asegura que recibe únicamente “mensajes de felicitación”. Solo apoyo. Solo aplausos. Solo admiración. Y ahí aparece la burbuja. Esa cápsula de poder donde las críticas siempre son inventos de enemigos y donde cualquier cuestionamiento se interpreta como una conspiración.
Porque alguien que realmente cree que no ha hecho nada mal después de esa rueda de prensa probablemente lleva demasiado tiempo rodeado de gente que jamás le contradice.
La entrevista dejó otra idea inquietante: la identificación constante entre Florentino Pérez y el Real Madrid. Como si criticarle a él fuese atacar directamente al club. Como si su figura estuviera por encima de la propia institución. “Hay periodistas enemigos del Real Madrid”, dijo. Pero en realidad hablaba de periodistas que le cuestionan a él.
Ese tipo de personalismo no aparece de la nada. Se construye durante años de concentración de poder. De ausencia de contrapoderes reales. De unanimidad interesada. De miedo a perder acceso. Y también de un ecosistema mediático deportivo que demasiadas veces funciona más como aparato de relaciones públicas que como periodismo.
Resulta especialmente irónico escuchar a Florentino hablar de manipulación mediática mientras acusa sin pruebas al diario ABC, a Relevo y a periodistas concretos de participar en operaciones coordinadas contra él. O cuando asegura que ciertos medios quieren hacer creer que está enfermo o agotado. El mismo Florentino que lleva décadas moviéndose con enorme comodidad entre grandes grupos empresariales y mediáticos ahora se presenta como víctima de una prensa todopoderosa que conspira para destruirle.
Cuesta sostener el personaje.
Y luego apareció Negreira. Otra vez. Pérez aseguró que el Barça participó en una “corrupción sistémica” y llegó a afirmar que, en realidad, debería haber ganado 14 Champions y no 7, porque las otras “se las robaron”. La frase resume bastante bien el momento. Un dirigente multimillonario, con un poder casi absoluto en el fútbol europeo, convencido de que el sistema conspira contra él.
Ese es el verdadero problema de las élites cuando pasan demasiados años sin límites. Acaban creyendo que cualquier crítica es odio. Que cualquier discrepancia es una agresión. Que cualquier periodista incómodo forma parte de una operación política.
Y así terminan. Encerrados en una burbuja tan gigantesca que confunden privilegio con persecución y poder con victimismo.
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