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El presentador denuncia que fue agredido por tres ultras en plena calle mientras la violencia política se blanquea cada día en tertulias, parlamentos y platós
Hay un momento especialmente revelador en las palabras de El Gran Wyoming en La noche de Aimar. No es cuando cuenta que “tres gilipollas” le insultaron y le pegaron en plena calle. Tampoco cuando relata que le llamaron “rojo” e “hijoputa”. Lo más grave llega antes. Cuando admite que decidió ocultarlo. Que prefirió decir que le habían dado “un codazo jugando al baloncesto”. Como si la víctima tuviera que protegerse del ruido. Como si reconocer una agresión política fuese, todavía, incómodo. O peor: inútil.
Porque eso es lo que lleva años ocurriendo en España. Se ha ido normalizando un clima de odio donde señalar, acosar o incluso agredir físicamente a alguien por sus ideas ya no escandaliza como debería. Hay demasiada gente jugando con fuego desde tribunas mediáticas y escaños parlamentarios. Demasiados profesionales del insulto convertidos en referentes políticos. Demasiados agitadores cobrando por fabricar enemigos internos.
Y luego pasa lo que pasa.
Wyoming contó el episodio durante una conversación con Aimar Bretos que se emitirá completa este miércoles a las 23:00 horas en laSexta. Uno de los avances ya ha dejado una confesión demoledora. Bretos le pregunta si teme que algún día le agredan por la calle debido a su ideología. Wyoming responde que eso ya ocurrió “hace poco”. Sin dramatismo. Casi resignado. Como quien describe algo que ya entra dentro de lo posible.
“Yo iba por la calle y ‘eh, hijoputa, rojo, no sé qué’. Me volví y les dije: ‘¿Qué pasa? ¿Cuál es el problema?’. Y me calzaron una hostia y me dieron la vuelta”, relata el presentador de El Intermedio.
Tres tipos. Tres cobardes. Y una palabra usada como detonante político: “rojo”.
DEL “ROJO DE MIERDA” AL NEGOCIO DEL ODIO
Aquí conviene dejar algo claro. Esto no aparece de la nada. No nace espontáneamente en una esquina cualquiera. Hay una maquinaria política y mediática alimentando diariamente esta atmósfera. Cuando se llama “enemigos de España” a periodistas, humoristas o rivales políticos. Cuando se habla de “traidores”, “vendidos” o “criminales” con absoluta normalidad. Cuando desde algunos micrófonos se fantasea con depuraciones, ilegalizaciones o deportaciones ideológicas. Cuando el insulto deja de tener consecuencias.
Después llegan los puñetazos.
Y nadie quiere asumir la responsabilidad colectiva. Todo se reduce a “unos exaltados”. A “casos aislados”. A “la crispación”. Esa palabra tan útil para diluir culpabilidades. Como si la crispación fuese una tormenta meteorológica y no una estrategia política rentable para ciertas derechas y ultras.
Durante años se ha construido un ecosistema donde ser “rojo” vuelve a presentarse como una provocación merecedora de castigo. Lo hacen tertulianos multimillonarios que luego hablan de libertad. Lo hacen partidos que se victimizan mientras señalan objetivos diariamente. Lo hacen medios que convierten el odio en audiencia y la deshumanización en entretenimiento.
Luego aparece un tipo por la calle creyéndose un soldado cultural. Y pega.
No es casualidad que Wyoming diga que Ana Pastor quedó “horrorizada” al escuchar su relato, especialmente porque este tipo de situaciones son “más habituales de lo que mucha gente cree”. Ahí está la clave. Mucha gente sabe perfectamente que esto ocurre. Periodistas acosadas y acosados. Humoristas amenazados. Activistas perseguidas. Políticas y políticos recibiendo insultos constantes en la calle o en redes. Personas migrantes convertidas en saco de boxeo electoral.
Y aun así seguimos escuchando discursos sobre “dictadura woke” mientras quienes reciben hostias son casi siempre los mismos.
LA EXTREMA DERECHA YA NO NECESITA DISIMULAR
Lo inquietante no es solo la agresión. Es el contexto. Wyoming no es precisamente una figura marginal. Lleva décadas en televisión. Es uno de los rostros más conocidos del país. Si alguien así termina agredido en plena calle por su ideología y decide ocultarlo, la pregunta es evidente: ¿qué pasa con quienes no tienen cámaras, focos ni altavoces detrás?
Porque la extrema derecha española ya no siente necesidad de disfrazarse. Ya no juega únicamente a la ambigüedad. El insulto político bruto vuelve a ocupar espacio público sin demasiados costes sociales. Y eso tiene consecuencias reales. Físicas. Tangibles.
Mientras tanto, parte del debate mediático sigue obsesionado con presentar a los ultras como simples “provocadores”, casi como un fenómeno folclórico. Como si todo fuese una cuestión estética o generacional. Pero no. Lo que ocurre tiene impacto directo sobre la convivencia. Sobre la seguridad. Sobre la capacidad de mucha gente para expresarse sin miedo.
Cuando alguien recibe una agresión por ser llamado “rojo”, lo que está en juego no es una disputa ideológica cualquiera. Es la legitimidad misma de la violencia política.
Wyoming también hablará en el programa de su infancia vinculada a la Falange y al Opus Dei, así como de su amistad con Joaquín Sabina y Pablo Carbonell. Detalles biográficos que probablemente servirán para entender mejor su trayectoria pública. Pero lo verdaderamente importante ya lo ha contado en ese fragmento de apenas unos segundos.
España lleva demasiado tiempo jugando a banalizar el odio. A convertir el señalamiento en espectáculo. A tolerar que se llame “enemigos” a quienes simplemente piensan distinto.
Y al final siempre aparecen tres gilipollas creyendo que tienen permiso para pegar.
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