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Cuando el barro se convierte en programa político, el país entero queda atrapado en la cloaca.
La política española parece empeñada en degradarse hasta el límite. Alberto Núñez Feijóo, que en junio presumía de ser el guardián de la “centralidad”, ha decidido hacer suyo el insulto disfrazado de lema que Isabel Díaz Ayuso lanzó en el Congreso. Lo ha hecho no en un debate parlamentario ni en un discurso político, sino en un bar de A Coruña, subido a un escenario, cantando “Mi limón, mi limonero” y acompañando el espectáculo con un texto en redes sociales: “Me gusta la fruta”. No es un desliz, es una decisión consciente. Es abrazar el insulto como identidad.
El líder del Partido Popular, que hace apenas tres meses decía que “nadie” le movería del centro, ha terminado en la trinchera del hooliganismo político. La llamada “fruta” no es un eslogan inocente: es la manera de transformar un insulto al presidente del Gobierno en marca electoral. Es el barro elevado a bandera.
EL BARRO COMO HERRAMIENTA POLÍTICA
La crispación no se esconde: se explota. Ayuso acusa a Sánchez de querer “el estallido social” con la migración. Tellado habla de “cavar la fosa” del Gobierno. Feijóo canta y sonríe sobre el insulto convertido en broma. Todo forma parte de un mismo libreto. La derecha ha descubierto que la política del fango moviliza más que cualquier programa económico o social. No importa si se degrada el debate público, lo esencial es alimentar el resentimiento.
En esa lógica, los problemas reales –vivienda, salarios, sanidad pública colapsada– desaparecen de la agenda. Lo que ocupa el espacio es el insulto coreado como un himno futbolero, la provocación como método, la mentira racializada sobre migración como cortina de humo. Se trata de agitar, no de proponer. De erosionar, no de construir.
El contraste es obsceno: un país con más de un 12% de pobreza severa y servicios públicos asfixiados por la privatización, reducido a la anécdota de un líder opositor cantando en un bar. El PP que un día se reclamaba de Estado ha decidido ser la comparsa del odio.
UN JUEGO PELIGROSO
Feijóo, Ayuso y Tellado forman un triángulo perfecto en esta deriva. El primero legitima el insulto. La segunda incendia con discursos sobre migración que recuerdan a la ultraderecha europea. El tercero remata con metáforas funerarias sobre la “fosa” del Gobierno. Entre tanto, los ministros socialistas entran al trapo con respuestas que perpetúan la crispación, y la ciudadanía asiste a una política convertida en espectáculo tabernario.
La estrategia es clara: desplazar el debate a un terreno en el que el insulto es válido, el racismo se normaliza y la confrontación sustituye a la propuesta. No es que la política esté en el barro: es que han decidido que el barro sea el único escenario.
Y lo más grave: lo celebran, lo graban y lo comparten en redes. Como si la degradación de la política fuera una conquista. Como si ser oposición equivaliera a ser animador de un bar. Como si el insulto fuera sinónimo de programa.
Porque cuando un líder opositor, que aspira a gobernar un país, comparte orgulloso un vídeo que convierte en lema un improperio, lo que está diciendo es que ya no importa el contenido, solo la crispación. Es el triunfo del barro como horizonte político.
La pregunta ya no es cuánto más se puede hundir el nivel, sino cuánto tiempo más soportará la ciudadanía que quienes deberían gobernar la res pública se dediquen a ensuciarla como si fuera un ring de taberna. Porque cuando la política se convierte en fango, lo único que avanza es el lodo.
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