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La Unión Europea se niega a entrar en la cruzada militar de Trump contra Irán y exige una moratoria de ataques mientras el continente se prepara para las consecuencias económicas y humanitarias de la locura estadounidense.
LA GUERRA DE TRUMP, LOS DAÑOS DEL MUNDO
Europa no ha querido repetir el error de Irak. Frente a las amenazas y chantajes del presidente estadounidense para involucrarla en el nuevo conflicto abierto en el Golfo, los 27 países de la Unión Europea han respondido con una negativa clara: “Esta no es nuestra guerra”, en palabras de la alta representante para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas.
La frase no solo corta en seco la ambición imperial de Trump; también expone su aislamiento en una guerra que nació sin autorización del Congreso, sin objetivos definidos y sin otra justificación que el capricho de la Casa Blanca y las presiones de Israel.
El Consejo Europeo, reunido en Bruselas, ha optado por un tono que intenta conjugar diplomacia y realismo: pide “una moratoria sobre los ataques a instalaciones de energía y agua” y exige que “todas las partes” —sin nombrar directamente a Estados Unidos ni a Israel— cumplan el derecho internacional y protejan a las poblaciones civiles.
Es un gesto mínimo frente a una devastación creciente: los bombardeos sobre yacimientos de gas y petróleo en Irán, Qatar y otros países del Golfo han desatado un encadenamiento de represalias que amenaza con cerrar el Estrecho de Ormuz, por donde pasa una quinta parte del petróleo mundial.
Desde la Casa Blanca, Trump ha vuelto a tensar la cuerda: si Irán ataca de nuevo a Qatar, “volaremos por los aires la totalidad del yacimiento de gas”, advirtió desde el Despacho Oval. Una frase más cercana al farol de un magnate que a la prudencia de un jefe de Estado.
Sin embargo, el daño está hecho. El petróleo ha superado los 118 dólares por barril, el gas natural se ha disparado un 30% en Europa y las grandes corporaciones energéticas recogen beneficios récord mientras millones de personas se preparan para el invierno más caro en décadas.
Mientras tanto, Washington insiste en arrastrar a los europeos a su coalición militar para “asegurar la libertad de navegación” en el Estrecho de Ormuz.
El problema es que esa “libertad” fue puesta en riesgo precisamente por una guerra que Estados Unidos e Israel iniciaron sin consulta previa a sus aliados. Ni Francia, ni Alemania, ni España, ni Japón, ni Australia enviarán tropas.
Europa ha dicho basta. “La guerra de Irán no es la guerra de Europa”, reiteró Kallas en Bruselas, respaldada por el canciller alemán Friedrich Merz y el presidente del Gobierno español Pedro Sánchez.
LA DOBLE MORAL DE EUROPA Y LAS MIGAS DE SU PACIFISMO
Pero no conviene engañarse: Europa no se opone a la guerra por principios, sino por costes.
La moratoria que reclama sobre los ataques no frena la maquinaria bélica, solo busca estabilizar los precios del gas y el petróleo, mitigar la inflación y calmar a sus mercados. Las condenas del Consejo Europeo apuntan con dureza a Irán, pero evitan culpar abiertamente a Estados Unidos o a Israel, responsables de los bombardeos iniciales.
La fórmula “todas las partes” es la coartada diplomática de una estructura que teme más el colapso energético que la pérdida de vidas humanas.
Mientras pide contención, Bruselas apoya el despliegue, “cuando se cumplan las condiciones”, de buques europeos en el Estrecho de Ormuz para garantizar la libertad de navegación. Es decir: cuando Estados Unidos e Israel dejen de bombardear. Condicionalidad que en la práctica equivale a no hacer nada, pero mantener abiertas las opciones.
Francia, Alemania, Italia, los Países Bajos, Reino Unido y Japón firmaron una declaración conjunta de “disposición a contribuir”, acompañada de la creación de un «corredor seguro» de evacuación marítima por parte de la Organización Marítima Internacional (OMI.
La UE, una vez más, intenta jugar a dos bandas: se declara pacifista mientras respalda militarmente a sus aliados.
Por un lado, condena “los ataques indiscriminados de Irán” y expresa solidaridad con los países del Golfo, y por otro pide el “desarme de Hamás”, la retirada israelí de Gaza y una fuerza internacional de estabilización tras meses de destrucción total en la Franja y bombardeos sobre Líbano.
Incluso cuando la guerra apenas ha comenzado a mostrar su dimensión humanitaria, el Consejo Europeo prioriza “la vigilancia ante posibles flujos migratorios” y el “refuerzo de las fronteras externas”.
El mensaje es claro: podrán morir miles en Oriente Medio, pero lo que preocupa a Bruselas es que no lleguen a sus costas.
Europa ha decidido enfrentarse a Trump, sí, pero solo hasta el límite en que no amenace sus intereses internos. Ni moral ni valentía: cálculo. Entre el pacifismo que declaran y el servilismo que practican, solo queda una palabra que los define con precisión: complicidad.
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