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Su nombre sigue siendo sinónimo de dignidad, soberanía y justicia social en África Occidental.
EL CAPITÁN QUE QUISO ROMPER LAS CADENAS DEL IMPERIO
El 15 de octubre de 1987, Thomas Sankara y doce de sus compañeros fueron asesinados a sangre fría en el cuartel del Consejo Nacional de la Revolución. Detrás del golpe estaba Blaise Compaoré, su amigo convertido en verdugo, con respaldo directo de Francia. Así se apagaba, por la fuerza, una de las experiencias más radicales de emancipación africana del siglo XX.
Entre 1983 y 1987, Burkina Faso —rebautizada así por Sankara, “la tierra de las y los hombres íntegros”— se convirtió en un laboratorio de dignidad. El “Che africano” nacionalizó recursos, impulsó la alfabetización, prohibió los privilegios en el funcionariado, combatió la corrupción y vistió algodón local para demostrar que la independencia también era una cuestión de tejidos.
Su revolución se enfrentó de manera frontal al neocolonialismo económico. En Addis Abeba, julio de 1987, denunció que la deuda africana con el FMI y el Banco Mundial era una forma moderna de esclavitud: “No podemos pagar porque no somos responsables de esta deuda”. Tres meses después, lo mataron.
El mensaje fue claro: quien desafía al orden económico global, paga con su vida.
LA REVOLUCIÓN QUE FRANCIA QUISO ENTERRAR, PERO NO PUDO
Durante 27 años, Compaoré gobernó bajo represión, censura y alineamiento total con Occidente. Las imágenes de Sankara fueron prohibidas, sus discursos quemados, su nombre borrado de los manuales escolares. Pero la memoria popular resistió. Jóvenes como Simone Prosper se dedicaron a rescatar su legado y a mantener viva la voz del capitán revolucionario.
En 2014, una revuelta popular expulsó a Compaoré del poder y permitió reabrir el caso. Las investigaciones revelaron la participación directa de su guardia personal en el asesinato y la presencia de agentes franceses en Uagadugú al día siguiente del golpe. En 2022, un tribunal militar condenó al dictador a cadena perpetua. Blaise Compaoré vive hoy exiliado en Costa de Marfil, protegido por otro aliado de París, Alassane Ouattara.
Treinta y ocho años después, Francia sigue negando acceso a sus archivos sobre el caso. El silencio de la antigua metrópoli es tan elocuente como su injerencia en el Sahel.
Mientras tanto, Burkina Faso ha vuelto a citar el nombre de Sankara sin miedo. En mayo de 2025, el gobierno inauguró el Memorial Thomas Sankara en el mismo lugar donde fue asesinado. Allí reposan sus restos y los de sus doce compañeros. En ese suelo, donde la sangre se mezcló con la tierra, el actual presidente Ibrahim Traoré prometió continuar “la revolución interrumpida en 1987”.
EL RENACER DE UNA REVOLUCIÓN EN EL SAHEL
Traoré, al igual que Sankara, gobierna bajo asedio internacional. Su ruptura con París y la salida de las tropas francesas reactivaron las comparaciones. El 75% de la población de Burkina Faso tiene menos de 35 años, y para esa juventud, Sankara es un símbolo más vigente que nunca.
“El pueblo que no controla su tierra es un pueblo esclavo”, dijo el músico Oceán, antiguo militante de las escuelas revolucionarias fundadas en los ochenta. La soberanía alimentaria, la reforma agraria y la dignidad nacional siguen siendo pilares de un proyecto que el capital global lleva décadas intentando destruir.
Thomas Sankara comprendió que sin la emancipación de las mujeres no hay revolución. Treinta y ocho años después, su visión se refleja en el auge de mujeres policías, ministras, empresarias y líderes comunitarias. “Sankara lo previó, Traoré lo está cumpliendo”, afirma la educadora Mahi Kirikara.
Desde Oagadugú hasta Bamako y Niamey, su pensamiento inspira el eje Sahelino que busca romper con el tutelaje francés. Jóvenes coordinadores, como Lianhoué Imhotep Bayala, lo repiten sin miedo: “No queremos más héroes asesinados por Europa”.
El eco de Sankara resuena hoy como advertencia y promesa. Los pueblos africanos están cansados de obedecer. Ya no quieren préstamos, ni tropas extranjeras, ni paternalismos disfrazados de cooperación.
El capitán que soñó con una África libre de amos murió en 1987, pero su idea sigue marchando por las calles rojas del Sahel.
Porque cuando un pueblo aprende a llamarse “íntegro”, ningún imperio puede hacerlo arrodillarse.
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