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El presidente de Hazte Oír se lanza contra Iglesias y Montero con insultos que rebasan el límite de la difamación.
LA ULTRADERECHA CATÓLICA PIERDE EL DISFRAZ
Ignacio Arsuaga, presidente de Hazte Oír y viejo agitador del integrismo católico español, ha cruzado otra línea más en su cruzada contra todo lo que huela a derechos, feminismo o pluralismo. En un arranque de odio, ha utilizado sus redes para llamar “pederasta” a Irene Montero y “terrorista” a Pablo Iglesias. No se trata de un exabrupto aislado, sino de un paso más en la estrategia de criminalización de quienes han sido símbolos del cambio político y social de los últimos años.
El detonante fue un vídeo manipulado de una intervención de Montero sobre la educación sexual. En él, la ex ministra defendía la “obligatoriedad de la educación sexual como derecho de las y los menores”, señalando que todos tienen derecho a conocer su cuerpo y a protegerse frente a abusos. Arsuaga, fiel a la tradición de la mentira piadosa y el montaje mediático, tergiversó sus palabras hasta afirmar que Montero justificaba el sexo entre un niño de 5 años y un adulto de 40. La distorsión fue tan grosera que rozó el delirio, pero cumplió su función: generar ruido, odio y clics entre los suyos.
A partir de ahí, Arsuaga pasó de la calumnia al acoso. Escribió que Montero debía “ir a la cárcel por apología de la pederastia” y remató con el clásico “dejad a los niños en paz”, lema habitual del fundamentalismo católico cuando se siente amenazado por cualquier avance educativo. Lo grave no es solo el insulto, sino el intento deliberado de equiparar educación sexual con abuso, un discurso que se repite desde los púlpitos reaccionarios de Vox, Hazte Oír o CitizenGO y que forma parte de la ofensiva global contra la agenda feminista y de derechos sexuales y reproductivos.
EL ODIO COMO PROYECTO POLÍTICO
No satisfecho con su ataque a Montero, Arsuaga decidió arrastrar también a Pablo Iglesias al fango. Respondió a su propio tuit para llamar “terrorista” al ex vicepresidente, una acusación sin base alguna, lanzada tras un vídeo en el que Iglesias analizaba los incidentes en la Universidad Autónoma de Barcelona. En esa intervención, Iglesias denunciaba que “los antidisturbios solo pegan a la gente de izquierdas” y criticaba la impunidad con la que agitadores ultras como Vito Quiles actúan en los campus.
Arsuaga, ajeno a los matices y al periodismo, convirtió esas declaraciones en munición para su guerra personal. Lo que en realidad era una reflexión política sobre la violencia de la ultraderecha y el papel de los medios, fue presentado por él como una incitación al odio. El mismo discurso que desde hace años alimenta una red de desinformación y acoso coordinada por colectivos como Hazte Oír, NEOS o CitizenGO, con ramificaciones en partidos, lobbies religiosos y canales mediáticos ultraconservadores.
Hazte Oír no es una asociación cualquiera. Es una organización con millones en donaciones internacionales, vinculada a campañas contra los derechos LGTBI, la educación pública, el aborto y la igualdad de género. Su presidente no opina: actúa como un operador político que intenta imponer por la vía del odio lo que no logra por la vía democrática. Arsuaga ha hecho de la calumnia una herramienta de movilización, del insulto una forma de fe, y del acoso digital una práctica habitual contra periodistas, activistas y representantes públicos.
UNA CAMPAÑA CONTRA LA DEMOCRACIA
No se puede leer este episodio como una simple “bronca de redes”. Forma parte de una estrategia que lleva años construyéndose: la demonización del adversario político como enemigo moral, una táctica importada del trumpismo y adaptada por la ultraderecha ibérica. Arsuaga, con su lenguaje de cruzada, busca crear un clima de persecución moral donde el pensamiento progresista se asocie a corrupción, perversión o violencia.
La campaña contra Montero e Iglesias no pretende debatir, sino destruir reputaciones. Los mismos que claman por la “libertad de expresión” cuando difunden bulos son quienes intentan silenciar cualquier voz que cuestione su modelo de sociedad jerárquica, patriarcal y teocrática. Lo que defienden no es fe, es poder. No es moral, es control.
El problema no es que Arsuaga piense así, sino que tenga altavoces dispuestos a amplificar su odio. Cadenas afines, plataformas digitales y trols coordinados reproducen sus mensajes, generando un ecosistema donde las mentiras se convierten en opinión pública y el acoso se normaliza. La extrema derecha española ha aprendido que no necesita partidos para influir: le basta con manipular el discurso público desde sus trincheras mediáticas y religiosas.
Y mientras tanto, la Justicia calla. Ni las denuncias previas contra Hazte Oír por campañas homófobas ni las acusaciones de incitación al odio han frenado a su presidente. Su impunidad es también la de un sistema que permite que la injuria se disfrace de “debate de ideas”.
En el fondo, lo que Arsuaga teme no es a Montero ni a Iglesias. Teme que sus hijas y sus hijos crezcan en un país libre, feminista y laico. Teme perder los privilegios que le dan sentido a su cruzada. Teme que España deje de parecerse al pasado que él añora.
Porque cuando un fanático pierde el poder, se aferra al insulto como último refugio.
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