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El presidente de Estados Unidos asegura que Irán está «derrotado» mientras su Administración mendiga fondos al Congreso, alivia sanciones al petróleo ruso y venezolano, y amenaza con volar el mayor yacimiento de gas del mundo.
LA GUERRA MÁS CARA DE LA HISTORIA PARA «MATAR A LOS MALOS»
Hay algo profundamente obsceno en la forma en que la Administración Trump gestiona su aventura militar en Irán. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, ha justificado la petición de 200.000 millones de dólares extra al Congreso con una frase que resume la moral de este gobierno: «Hace falta dinero para matar a los malos». Así de simple. Así de brutal. Así de vacío de cualquier reflexión sobre las consecuencias de lanzar a un país a una guerra que nadie pidió y que ningún informe de inteligencia respaldaba como necesaria.
El propio Joe Kent, el ya dimitido responsable antiterrorista de EEUU, ha confirmado lo que muchas y muchos sospechábamos: no existían pruebas de que Irán representara una amenaza inminente para Estados Unidos. Kent ha revelado que Trump tomó la decisión de atacar apoyándose en un pequeño círculo de asesores, que Israel «dobló el brazo» al presidente, y que a los principales responsables de la toma de decisiones «no se les permitió acudir y expresar su opinión». No hubo debate sólido. No hubo análisis riguroso. Hubo una decisión tomada en la trastienda del poder, lejos de cualquier escrutinio democrático.
La directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, ha admitido ante la Cámara de Representantes que los objetivos de EEUU y de Israel son «diferentes». Mientras Washington dice centrarse en destruir la capacidad militar iraní, el gobierno de Netanyahu persigue un objetivo propio: eliminar la cúpula del régimen iraní, empezando por el ayatolá Alí Jameneí, asesinado en los primeros bombardeos. Dos países, dos agendas, una sola guerra pagada con sangre estadounidense e iraní. Y Trump, que prometió sacar a EEUU de los conflictos eternos de Oriente Medio, arrastrado como un títere por el primer ministro israelí.
En apenas tres semanas, la «excursión» —así la llama Trump— ha costado la vida a 14 soldados estadounidenses, ha disparado el precio del barril de petróleo hasta los 118 dólares, y ha llevado la gasolina por encima de los 3,5 dólares el galón. Hace menos de un mes, la Casa Blanca presumía de precios cercanos a los dos dólares. Era mentira entonces, pero al menos era una mentira sostenible. Ahora ni siquiera pueden mantener la ficción.
EL IMPERIO IMPROVISA MIENTRAS EL MUNDO ARDE
Lo verdaderamente revelador de esta crisis no es solo la incompetencia militar, sino la absoluta falta de previsión económica. Trump ha aliviado dos veces las sanciones al petróleo ruso y una al venezolano en veinte días de guerra. Ahora el secretario del Tesoro, Scott Bessent, desliza la posibilidad de aliviar también las sanciones al petróleo iraní. Léanlo otra vez: Estados Unidos está en guerra con Irán y considera levantar sanciones al petróleo iraní para mitigar las consecuencias económicas de esa misma guerra. El absurdo elevado a doctrina de Estado.
«Pensé que los precios subirían más de lo que subieron», ha confesado Trump desde el Despacho Oval, admitiendo que lanzó al país a una guerra asumiendo un golpe económico para su ciudadanía del que nunca avisó. «Quise apagar ese incendio», dice el pirómano que prendió la cerilla.
Mientras tanto, los precios del gas natural en Europa se han disparado un 30%. Los ataques iraníes han dañado la terminal de Ras Laffan en Qatar, la planta de gas natural licuado más grande del mundo. Esos ataques fueron una represalia por un bombardeo israelí contra South Pars, un importante yacimiento de gas. Trump aseguró en Truth Social que «Estados Unidos no sabía nada sobre este ataque en particular», pero Israel ha desmentido esa versión: Washington fue informado antes de que se produjera. Y el propio Trump, en el Despacho Oval, pareció confirmar que había hablado con Netanyahu al respecto. Otra mentira que se desmorona en cuestión de horas.
La deuda nacional estadounidense ha superado ya los 39 billones de dólares. Los 200.000 millones que ahora pide el Pentágono se suman a los 150.000 millones adicionales que la megaley fiscal de Trump ya asignó al Departamento de Defensa el año pasado, aquella misma ley que disparaba los recortes sociales en la misma medida que los gastos en defensa y fronteras. Dinero para bombas, recortes para hospitales. La vieja receta del capitalismo de guerra.
Nadie en Europa ni en Asia quiere sumarse a esta locura. Trump busca aliados para garantizar la seguridad de los petroleros que crucen el estrecho de Ormuz, pero se encuentra con el rechazo de los europeos y los asiáticos. Presume de que Japón «está dando un paso al frente», pero su primera ministra, Sanae Takaichi, guarda silencio. No confirma nada. No se compromete a nada. El emperador va desnudo y el resto del mundo prefiere mirar hacia otro lado antes que vestirlo.
Y mientras el Congreso sigue sin autorizar formalmente la guerra, mientras las y los congresistas más conservadores se resisten a aprobar gastos descomunales, mientras las y los demócratas exigen planes detallados que nunca llegan, Trump amenaza con «volar el mayor yacimiento de gas del mundo si Irán vuelve a atacar Qatar». Una guerra sin objetivo claro, sin estrategia de salida, sin respaldo internacional, pagada con dinero prestado y sostenida únicamente por la arrogancia de quien cree que el poder es sinónimo de impunidad.
Irán está «derrotado», dice Trump, pero necesita 200.000 millones más para seguir derrotándolo: así funciona la lógica de un imperio que ya solo sabe ganar guerras en los titulares.
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