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Otra guerra por energía camuflada de cruzada moral. Otra vez el Sur Global convertido en tablero de juego ajeno.
EL ORO NEGRO COMO DIOS DE GUERRA
Desde que se bombeó el primer barril industrial en 1859, el petróleo no ha dejado de dictar guerras, derrocar gobiernos y condenar pueblos enteros al estancamiento, al miedo o a la destrucción. El Estrecho de Ormuz es hoy el nuevo epicentro de esa vieja religión: la que adora al crudo por encima de las vidas humanas.
Tras el bombardeo ordenado por Donald Trump contra instalaciones nucleares iraníes, el Parlamento de Irán ha aprobado el cierre del estrecho por el que fluye el 20% del petróleo mundial. La cifra es concreta, cuantificable, con decimales incluso. Pero el sufrimiento humano que implicaría ese cierre no lo es. Porque cuando se bloquea Ormuz, no se bloquean solo barriles: se interrumpe la sangre del sistema-mundo.
Las cifras son elocuentes. Según la EIA, más de 20 millones de barriles diarios cruzan esa franja de agua entre Omán e Irán. Casi ningún canal tiene tal nivel de dependencia crítica: ni el Canal de Suez, ni el mar del Norte. En su informe más reciente, la EIA advierte que hay muy pocas alternativas viables en caso de cierre prolongado. Pero la atención no está en el impacto humano o ecológico, sino en las curvas del Brent, en la inflación residual, en las previsiones del BBVA.
La violencia energética se mide así: no en cadáveres ni en desplazados, sino en décimas del IPC. Nos hablan de seguridad internacional, de estabilidad geoestratégica, de amenazas nucleares. Pero el verdadero pánico lo provoca solo una cosa: que el grifo se cierre. Que el precio del crudo se dispare. Que los mercados tiemblen.
LA MENTIRA ETERNA: DEMOCRACIA, NUCLEARES Y CIVILIZACIÓN
Irán es el último nombre en una lista cada vez más larga de países que han sido señalados, demonizados y atacados en nombre de grandes principios que no son sino máscaras del saqueo. Irak fue invadido en 2003 por “armas de destrucción masiva” que nunca existieron. Libia fue bombardeada en 2011 para “proteger civiles”, y terminó convertida en un infierno de milicias y esclavitud moderna. Siria fue objeto de una guerra interminable en nombre de la “libertad” mientras se repartía su petróleo. Venezuela ha sufrido bloqueos, intentos de golpe y sabotajes bajo la bandera de la democracia.
Y ahora le toca a Irán. No es casualidad. Desde principios de 2025, China ha incrementado en un 12,5% su importación de petróleo iraní, según datos verificados de la EIA. India, Corea del Sur o Japón también dependen fuertemente del crudo que pasa por Ormuz. Europa y EE.UU., en cambio, han reducido su consumo procedente de la región. No por ética, sino porque han diversificado sus fuentes o porque simplemente prefieren que otros mueran por el petróleo que ellos luego queman.
El ataque de Trump ha sido justificado como “preventivo”, “quirúrgico”, “necesario”. La misma retórica con la que se vendió la masacre de Gaza. La misma lógica que convierte cada intervención militar en un acto supuestamente defensivo. Pero ningún misil lanzado por Washington lo es por seguridad: todos lo son por hegemonía.
Como advierte el Atlantic Council, el verdadero objetivo no es evitar una catástrofe nuclear, sino reconfigurar el tablero de poder en la región. ¿Y cuál es la pieza clave en ese tablero? El petróleo. Siempre el petróleo.
Los muertos no importan. Las economías destrozadas, tampoco. Solo importa si el flujo energético continúa. Solo importa si los tanques europeos se llenan. Si los consumidores no notan que en algún lugar del planeta alguien ha sido arrasado.
Hoy, mientras se aprueba el cierre de Ormuz, los analistas financieros se preguntan cuántos céntimos subirá el litro de gasolina. Mientras tanto, barcos cargados de gas licuado quedan a la deriva, los oleoductos alternativos no dan abasto, y países como Arabia Saudí, Irak o Emiratos Árabes Unidos ven peligrar su renta. Pero el foco no está ahí: el foco está en si Europa podrá mantener su inflación dentro de los límites marcados por el BCE.
Cuando la vida humana vale menos que una fluctuación bursátil, la palabra civilización debería sonarnos obscena.
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