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El alto el fuego entre Irán e Israel es un espectáculo más de la diplomacia narcisista del presidente de EE.UU., mientras Oriente Medio sigue ardiendo en silencio
UNA PAZ TELEVISADA PARA UNA GUERRA DE CLICS
Donald Trump ha vuelto a hacer de la política internacional un plató. Con tono mesiánico y cronómetro en mano, ha proclamado el final de la guerra entre Irán e Israel como si se tratara de un episodio más de The Apprentice. “En seis horas comienza la paz”, ha dicho. Y después, como quien detalla la agenda de una boda civil: 12 horas para que Irán deje de disparar, 24 para que Israel le imite, y a las 36, el mundo aplaude. No hay diplomacia, hay guion. Y el guion exige que la sangre se seque al ritmo que marquen las redes sociales del presidente de EE.UU.
Trump declara el fin de una guerra que comenzó con sus propios misiles, lanzados el sábado contra instalaciones nucleares iraníes. Un ataque preventivo, unilateral, propagandístico. Lo siguió una represalia de Teherán que, según el propio Trump, fue “débil”, “avisada” y, por tanto, merecedora de su agradecimiento. En otras palabras: una escenificación pactada, una performance bélica sin víctimas estadounidenses, convenientemente gestionada para poder vender luego la paz.
Pero la realidad no encaja en su retórica. El Organismo Internacional de Energía Atómica no puede confirmar los daños en la planta de Fordo. No se sabe si Irán ha cedido realmente en sus ambiciones nucleares o si, simplemente, ha encajado el golpe. Y mientras tanto, Trump presume de “haber destruido Oriente Medio menos de lo que podría haberlo hecho”, como si la paz se midiera por la cantidad de ruinas evitadas.
En este marco grotesco, se vuelve a invisibilizar a la población civil. Las víctimas no tienen nombre. Los refugiados no cuentan. Gaza y el sur del Líbano no figuran en el balance. Como si la guerra de “los doce días” fuera un enfrentamiento entre soldados invisibles en un tablero sin gente. Una ficción que solo existe en los discursos imperiales.
EL POPULISMO BELICISTA Y SUS PROPIAS GUERRAS INTERNAS
El bombardeo ha detonado algo más que objetivos militares. Ha abierto una brecha dentro del propio trumpismo. La congresista Marjorie Taylor Greene, icono MAGA y altavoz del aislacionismo reaccionario, ha atacado la operación con el argumento más rancio del trumpismo profundo: “Irán no ha matado a estadounidenses, pero el fentanilo y los migrantes, sí”. Lo que en el fondo dice Greene no es que le importe la paz, sino que no le sirve. Su guerra es otra: la guerra interior, la guerra contra los pobres, contra los y las migrantes, contra los derechos civiles. Es la ultraderecha convertida en sheriff del apocalipsis.
Enfrente, los neoconservadores de FOX News. La vieja guardia del halconismo republicano, ahora reciclada como justicieros del nuevo orden. Mark Levin, uno de sus voceros más agresivos, responde insultando a Greene, acusándola de ignorar a “los miles de estadounidenses asesinados y mutilados por Irán”. La extrema derecha se fragmenta entre quienes quieren guerra en el extranjero y quienes la quieren dentro de casa.
Este choque revela una verdad incómoda: Trump ya no controla su criatura. El trumpismo no es un movimiento unificado, sino un enjambre de sectas ideológicas que solo coinciden en la destrucción. En este caso, la destrucción no es solo militar: es simbólica. Porque cada bomba lanzada por Trump desactiva la narrativa de “Estados Unidos primero” que él mismo popularizó. Ya no es el defensor de la soberanía estadounidense, sino el emperador de un caos selectivo que desata a voluntad y detiene a golpe de tuit.
Mientras tanto, la ONU pide respeto al derecho internacional como quien grita en un pozo vacío. Y Catar muestra imágenes de misiles interceptados como si eso bastara para declarar la victoria. Pero no hay victoria cuando las guerras se firman sin justicia y se venden como acuerdos de márketing.
Trump no ha detenido una guerra: ha inaugurado una nueva forma de entenderla. Una guerra que no necesita razones, solo relato. Y un relato que no necesita paz, solo espectáculo.
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