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La fragilidad tecnológica de Europa queda al desnudo ante el regreso de un presidente imprevisible.
UN CABLE EN WASHINGTON, UN APAGÓN EN BRUSELAS
No hace falta apretar un botón rojo. Basta con una llamada desde el Despacho Oval para que las luces se apaguen en los servidores de media Europa. No es ciencia ficción: es la arquitectura real del poder digital. Y Donald Trump lo sabe.
Europa vive conectada por un cordón umbilical digital que termina en Silicon Valley y se enchufa en la Casa Blanca. Tres empresas estadounidenses —Amazon, Microsoft y Google— concentran más del 70% del mercado cloud europeo. Cualquier administración pública, banco, fábrica o universidad que aloje sus datos en esos servicios está, en última instancia, supeditada a la voluntad política de Washington.
Lo vimos en mayo: la fiscalía del Tribunal Penal Internacional, tras emitir órdenes de arresto contra Netanyahu y su ministro de Defensa, perdió el acceso al correo electrónico de su fiscal jefe, Karim Khan. ¿El motivo? El servicio estaba gestionado por Microsoft, que fue presionada desde EE. UU. tras la imposición de sanciones. Aunque la compañía lo niegue, el mensaje ya quedó claro: si incomodas a nuestro presidente, desconectamos tu internet.
Europa ha mirado hacia otro lado durante décadas, adormecida por la comodidad de una dependencia que disfrazó de colaboración. Pero ahora que el trumpismo ha vuelto, con su mezcla de unilateralismo, chantaje comercial y desprecio institucional, la amenaza digital ha dejado de ser una hipótesis y se ha convertido en un peligro inmediato.
“Trump odia Europa. Cree que la UE existe para fastidiar a EE. UU.”, advierte Zach Meyers, del think tank CERRE.
El riesgo no es nuevo, pero su escala sí lo es. Como advirtió el CEO de OVHcloud, la principal empresa de servicios cloud francesa, “esto es como un grifo: ¿qué pasa si lo cierran?”. La metáfora es inocente. Lo que se juega aquí no es una ducha fría, sino el apagón de los hospitales, los semáforos y las administraciones públicas. Lo que se juega es la soberanía misma.
SOBERANÍA DIGITAL O VASALLAJE TECNOLÓGICO
Europa no tiene infraestructura digital autónoma porque no quiso tenerla. Y ahora quiere construirla a contrarreloj, en un mundo cada vez más inestable y con un socio transatlántico que ya no se comporta como aliado, sino como extorsionador.
La propuesta bautizada como “EuroStack”, respaldada por varias instituciones y gobiernos europeos, pone cifras al desafío: 300.000 millones de euros para construir una nube soberana, desde los cables hasta el software. Una inversión titánica que no solo requiere fondos, sino voluntad política sostenida. Es decir, justo lo que ha faltado hasta ahora.
La paradoja es obscena: Europa, que presume de defender la privacidad, la regulación y los derechos digitales, sigue entregando su infraestructura crítica a empresas subordinadas a leyes extranjeras. El Cloud Act estadounidense permite al Gobierno de EE. UU. acceder a los datos almacenados en servidores de sus empresas, estén donde estén. Da igual que el servidor esté en París, si pertenece a Amazon, es territorio digital norteamericano.
Y no, no hay garantía alguna de que esas empresas puedan resistir las órdenes de Trump. Como reconoció la economista Cristina Caffarra, “si el entorno político se vuelve hostil, ¿qué empresa va a enfrentarse a su propio presidente?”.
Mientras tanto, los lobbies estadounidenses maniobran en la sombra para frenar cualquier intento europeo de limitar su poder. Una investigación de Politico reveló que el Departamento de Estado de EE. UU. presionó activamente a la Comisión Europea desde 2023 para tumbar un etiquetado de ciberseguridad que, en la práctica, dejaría fuera a los hyperscalers norteamericanos.
El documento fue clasificado. Según Bruselas, su publicación “socavaría la confianza mutua con EE. UU.”. Como si la desconfianza no estuviera ya más que justificada.
Francia se ha puesto al frente del contraataque, exigiendo blindajes legales que impidan que una orden ejecutiva desde Washington pueda cerrar el grifo digital europeo. Pero países como Países Bajos, más alineados con los intereses de las big tech, han frenado cualquier avance real. La fragmentación europea es el mejor aliado de Trump.
La conclusión es tan clara como inquietante: Europa es digitalmente dependiente, políticamente impotente y estratégicamente ingenua. Ha confundido la globalización con la rendición. Y mientras discute cuotas y certificaciones, el interruptor sigue en manos de alguien que ya ha demostrado que no le tiembla el pulso para usarlo.
Y la próxima vez puede que no sea un fiscal. Puede que seamos todas.
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