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Xi pide a Sánchez plantar cara a la “ley de la selva” mientras se enfrían las relaciones con Estados Unidos
La escena estaba medida al milímetro. El Gran Salón del Pueblo de Pekín, este martes 14 de abril, volvió a acoger una imagen que ya se ha repetido varias veces en los últimos años: Xi Jinping y Pedro Sánchez frente a frente, rodeados de sus equipos, bajo cuatro banderas que simbolizan algo más que protocolo. Hay gestos, sí. Pero también mensajes. Y esta vez, el mensaje era especialmente claro.
El presidente chino no se anduvo con rodeos. Defendió que China y España son “países de principios” dispuestos a situarse “en el lado correcto de la historia”. Y fue más allá. Llamó a rechazar lo que definió como el retorno a la “ley de la selva” en las relaciones internacionales. Una frase que no suena neutra. No lo es. En un contexto global marcado por conflictos abiertos, tensiones comerciales y una creciente fragmentación política, la elección de palabras importa. Mucho.
Sánchez recogió el guante. Habló de reforzar el multilateralismo, de defender el derecho internacional, de evitar que se siga erosionando un sistema que, según dijo, se está debilitando “de manera recurrente y muy peligrosa”. No improvisó. La intervención estaba pensada. Y también dirigida.
Un mensaje con destinatario implícito
No hace falta que nadie mencione directamente a Estados Unidos para entender el contexto. Las palabras de Xi, y la respuesta de Sánchez, se producen en un momento delicado en las relaciones entre el Gobierno español y Washington. Hay tensiones. Se notan. Y este encuentro en Pekín funciona, en parte, como un gesto de posicionamiento.
El propio Xi insistió en la necesidad de reforzar la comunicación, consolidar la confianza mutua y estrechar la cooperación entre ambos países. Lo hizo subrayando que, pese a la complejidad del escenario internacional, las relaciones entre China y España se mantienen “muy estables”. Una estabilidad que, según el líder chino, también contribuye a sostener el vínculo entre China y Europa.
Ahí es donde Sánchez amplió el foco. No habló solo como presidente del Gobierno español. Se situó también como interlocutor europeo. Defendió la necesidad de construir un vínculo más sólido entre China y la Unión Europea, sugiriendo que una mayor cooperación entre ambas potencias tendría efectos positivos no solo para sus sociedades, sino también para la estabilidad global.
Es una idea que no es nueva, pero que cobra otro peso en el momento actual. Porque la relación entre Bruselas y Pekín lleva tiempo marcada por recelos, sanciones cruzadas y desconfianza estratégica. Y, sin embargo, aquí aparece España intentando abrir una vía distinta. O, al menos, matizar el tono.
España como puente, China como socio estratégico
Desde Pekín, esa actitud no pasa desapercibida. Un editorial del diario oficialista chino, el Global Times, ha señalado que para entender el futuro de las relaciones entre China y Europa quizá haya que mirar “más allá de Bruselas” y fijarse en España. No es un halago inocente. Es una forma de señalar a Madrid como interlocutor privilegiado dentro del bloque europeo.
El texto destaca las “frecuentes visitas” de Sánchez y su disposición a reconocer la complejidad del otro, a buscar consensos. Un enfoque que el presidente español ya había defendido en su intervención en la Universidad de Tsinghua, donde arrancó su agenda oficial en la capital china. La idea se repite: diálogo frente a confrontación.
Mientras tanto, la agenda sigue. Tras la reunión con Xi Jinping, Sánchez tiene previstos encuentros con figuras clave del aparato institucional chino, como Zhao Leji, presidente del Comité Permanente de la Asamblea Popular Nacional, y el primer ministro Li Qiang, que ofrecerá un banquete en su honor. No son reuniones simbólicas. En China, las decisiones económicas pasan por el Estado. Y estos encuentros sirven, precisamente, para eso: engrasar relaciones, facilitar inversiones, abrir puertas.
La delegación española lo sabe. Y por eso insiste en la importancia de estas citas. Porque detrás del lenguaje diplomático hay intereses concretos. Empresas, acuerdos, proyectos. Todo pasa por ahí.
Una visita marcada también por la política interna
El viaje, sin embargo, no ocurre en una burbuja. Mientras Sánchez desplegaba su agenda en China, en España se producía un movimiento judicial relevante: el procesamiento de Begoña Gómez, su esposa, en el marco de una investigación impulsada por el juez Peinado. La noticia le llegó ya en territorio chino. Y, al menos de cara a lo público, no ha alterado sus planes.
De hecho, el presidente mantuvo su actividad con normalidad. Incluso compartió en redes sociales una imagen desde un restaurante del chef español Lucas Garigliano en Pekín, al que describió como “un templo convertido en arte culinario”. Un gesto que puede parecer menor, pero que también forma parte del relato: continuidad, control, normalidad.
Antes del encuentro con Xi, Sánchez también mantuvo reuniones con empresarios chinos. Otro elemento clave del viaje. Porque más allá de los discursos sobre el orden mundial, lo que está en juego es también la posición económica de España en un escenario cada vez más competitivo.
La foto final es clara. Dos líderes que se muestran alineados en lo discursivo, en medio de un tablero internacional tensionado. Una España que intenta ganar margen de maniobra. Y una China que busca aliados —o al menos interlocutores cómodos— dentro de Europa. Todo bajo una idea que se repite, casi como consigna: no dejar que el mundo vuelva a funcionar bajo la lógica de la fuerza.
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